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Mi nombre es José Enoc Pérez Molina, nací en 1974 en el corregimiento de Puerto Esperanza, Ariari; es un municipio del Castillo, Departamento del Meta. Nací en una familia de origen campesino, mis padres eran de Rovira, Tolima. Mi abuelo era de las guerrillas liberales, y después militó en el Partido Comunista. Llegaron a los Llano desplazados del Tolima donde habían sido despojados de sus propiedades por los paramilitares conservadores y las fuerzas militares del gobierno de turno.

Ellos en el Ariari hicieron parcela a punta de machete y hacha, y con el tiempo, las convirtieron en fincas con cultivos de plátano, yuca, frijol, maíz, arroz y otros cultivos.

Eramos 7 hermanos, 5 hombres y 2 mujeres. Comencé a estudiar a los 10 años con mi hermana, ella tenía 9 años. La escuela quedaba como a 30 minutos de la finca, eramos apróximadamente 50 alumnos de primero a quinto de primaria. Estudié hasta cuarto de primaria con mi hermana y el quinto de primaria lo hicimos en el colegio Jorge Eliécer Gaitán de Granada, Meta.

Estando viviendo en la finca, conocí a la guerrilla de las FARC-EP. Era un señor como de unos 50 años, de rasgos indígenas, se llamaba Teófilo. Cuando él llegaba a la finca mi mamá nos advertía que nadie podía saber. Había que mantener un estricto secreto.

En ese tiempo muchos jóvenes de la región ingresaron a la guerrilla, entre ellos un hermano mío, un primo y dos primas. A mi madre le dio muy duro la ida de ellos porque quedamos prácticamente solos. Mi hermano quedó en la finca y nosotros nos fuimos a vivir al pueblo. Habían ya pasado varios años cuando un señor que venía de parte de uno de mis hermanos nos trajo una carta de parte de ellos. Nos mandaron a recoger para llevarnos donde estaban ellos. Viajamos al departamento del Guaviare y allá tuvimos la oportunidad de encontrarnos con ellos; mi mamá estaba muy contenta porque volvió a ver a sus hijos. Estuvimos como unos 20 días con ellos y luego regresamos a la casa. Mi mamá no volvió a saber nunca más de ellos. Luego se enfermó hasta que murió.

En ese tiempo la arremetida de la fuerza pública en la región fue muy fuerte, los habitantes sufrían los maltratos del ejército y nos tildaban de ser colaboradores de la guerrilla, solo por vivir en una zona de conflicto.

Además de la represión contra la gente de la región, el Estado nos tenía en un abandono total. No habían puestos de salud; el más cercano quedaba a 4 horas en mula. Todas esas situaciones generaron que mucha gente de la región ingresara  a la guerrilla porque no había otra alternativa para salvar la vida, y además poder luchar por nuestros derechos y los de nuestro pueblo.

Entonces es el mismo Estado el determinador y causante de que yo ingresara a la guerrilla.

Ingresé al Frente 16 de las FARC-EP, y fui posteriormente trasladado para el Frente 43, donde cumpliendo una misión fui capturado por miembros de la policía -DIJIN-. Fui víctima de torturas, me aplicaron corriente eléctrica y me amenazaron y golpearon con armas de fuego. Posteriormente fui víctima de la Fiscalía Regional de Oriente ya que no me practicaron unas pruebas que eran fundamentales y claves para mi defensa.

Fui recluido en una cárcel en la que no había espacio ni para dormir; tampoco había agua. En las cárceles los guardianes del INPEC cometen toda clase de atropellos contra la población reclusa, llegando al caso de torturas e incluso a la muerte, como ya ha sucedido varias veces en este penitenciaría de “La Tramacúa” en Valledupar.

Así se refleja nuevamente la violación de los Derechos Humanos por parte del Estado. Desde que nacimos hemos sido víctimas del Estado, y seguimos siéndolo, una y otra vez.

Fui procesado por delitos que no se cometieron, siendo víctima de falsos testigos, desertores a los que la Fiscalía les prometía rebajas de pena y dinero. Por lo único que debí ser condenado es por Rebelión, no por narcotráfico.

Es evidente el atropello que se comete contra los prisioneros políticos, alejándolos de sus lugares de orígen y siendo enviados a las penitenciarías más lejanas como es el caso mío y de muchos compañeros. Llevo 6 años y 7 meses peleando un traslado para poder estar cerca de mi familia, pero no ha sido posible.

En “La Tramacúa” se cometen toda clase de violación a los derechos humanos. La temperatura llega a veces a 40° y nos impiden tener un ventilador. No hay agua. No dan ninguna clase de vajilla para recoger lo poco de agua que se pueda conseguir. Uno se las ingenia, pero cuando logra recoger algo de agua la guardia la riega o la decomisa en las requisas. Cuando uno pide una cita médica u odontológica se la dan para dentro de 3 meses; cuando hay medicinas las dan incompletas; si te dan una cita con el especialista o te mandan un exámen o radiografía, nunca te llevan por medidas de seguridad.

Así mismo es en los aspectos jurídicos. Los Derechos de petición y otra clase de recursos nunca los contestan. Todo toca a través de la presentaciones de acciones de tutela.

Los alimentos son de muy mala calidad y mal preparados. Las porciones no las dan completas, y se da el caso de almorzar a veces a las 16:00 horas.

Aún cuando la violación de los derechos humanos en esta y otras penitenciarías es evidente, la situación cada día empeora más y es evidente la intención del gobierno de degradar aún más nuestras condiciones.

Son precisamente estas condiciones las que nos permiten afirmar, que hoy, con mucha más razón y los argumentos de nuestra parte, seguiremos luchando contra este régimen de terror por nuestros derechos y los derechos de todo el pueblo colombiano.

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