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CARNAVAL Y DEMOCRACIA.

De Rebolo y San Roque, del Barrio Abajo y Montecristo, de Carrizal, Ciudadela 20 de Julio, Carlos Meisel, 7 de Agosto, Nueva Colombia, La Paz, Mequejo, etc.; es decir, de los barrios humildes de Barranquilla bajan los hacedores del carnaval; su Majestad la Cumbia, crisol triétnico de galanteo y seducción; el Congo, danza emblemática y guerrera de África; las festivas Marimondas, “recocheras y jodonas”; el colorido Garabato, victorioso sobre la “huesúa”; las danzas negras con su baile sensual de caderas cimarronas; coyongos, paloteos, entre muchas otras, son expresiones paridas y crecidas en las pobrerías de la Arenosa y poblaciones vecinas.


De esos rincones de carencias, de las casas de tablas y las calles destapadas, emerge tumultuoso el Carnaval, auténtico escenario de construcción democrática, colectiva y solidaria que, paradójicamente, tiende a ser apropiado por particulares en beneficio de unos cuantos: el carnaval es hechura popular y colectiva, pero su disfrute se convierte en exclusividad de unos pocos privilegiados.


Los que han asistido a estas fiestas durante los últimos años saben a qué me refiero; los que no han ido, trataré de explicárselo: como todo lo bueno, el Carnaval de Barranquilla ha sido objeto de una apropiación cada vez más evidente y, si se quiere, descarada, por parte de un sector social con mucha solvencia económica que, para no caer en eufemismos, denominaré oligarquía local. Estas familias, conocedoras de lo bueno, han sabido apoderarse del carnaval y sus escenarios predilectos, y como toda apropiación trae consigo un despojo, pues en este caso el despojado ha sido el pueblo barranquillero.


Despojado y desplazado, porque, por ejemplo, en lo que hoy llaman “el cumbiódromo de la vía 40” ya no hay espacio para los pobres, porque los palcos, especie de tribunas cuya entrada oscila entre los ciento cincuenta y cuatrocientos mil pesos, copan todo el espacio y quienes no tienen para pagar no encuentran ni una hendija por donde asomarse para ver el desfile (Batalla de Flores o Gran Parada) que en otrora podía ser visto por “cualquier cristiano”.


Podrá decirse que no se puede gozar el carnaval sin plata, cosa de la que difiero y que me mueve a escribir estas líneas, porque el carnaval es de esencia cultural, pública y popular, que puede y debe ser apreciada por quien, incluso, no lleva los ciento cincuenta mil pesos en el bolsillo. Pero hasta la cultura, léase bien, hasta la cultura es privatizada y apropiada por unos cuantos y, entonces, si no tienes los ciento cincuenta o más, no tienes nada que hacer en la vía 40, como si apreciar la cultura fuera exclusivo de quienes cargan plata.       


Ahora, como todo despojo de las oligarquías el del carnaval tiene una “audaz” cobertura. Hay opciones, se dice: desfiles en la carrera 44, para los de clase media, y en la calle 17 para los más pobres. Ahí está la estratificación, odiosa por naturaleza o, más bien, odiosa por antinatural. En “el cumbiódromo” desfilan lujosas carrozas de artistas y gentes del espectáculo y las agrupaciones galardonadas con el Congo de Oro que, por supuesto, son compuestas por la gente humilde que desfilan para entretener a los ricos que en ambiente exclusivo disfrutan del evento en el cómodo palco. Carrera 44  y calle 17: carnaval del bordillo, es decir, el público ubicado en las aceras espera emocionado el desfile de lo que les deja ver la oligarquía.   
No siempre fue así: hace varios años en la vía 40 no existían los palcos que hoy día en carnavales ocupan el largo de esa importante arteria; la gente del pueblo se agolpaba en las aceras y podía disfrutar del bello desfile sin pagar más de lo que el calor le arrancaba del bolsillo para cervezas y refrescos.


Pero lo de los palcos no es lo único, en los otros eventos también se hace evidente la estratificación y la exclusión. En la Lectura del Bando1, para mencionar otro ejemplo, solo el 30% del espacio fue designado para los pobres y, como es sabido, a muchos metros de distancia de la tarima, separados de los “privilegiados” por vallas de seguridad. Las boletas para VIP tenían un valor de setenta mil pesos.


La coronación de la reina del carnaval se celebró en el estadio Romelio Martínez. La tarima del engalanado Romelio se ubicó en el extremo sur del terreno de juego, quedando toda la extensión del mismo destinada como zona VIP, con un valor de noventa mil pesos por persona.


Asimismo, en el carnaval se ha generado lo que llaman “dinastías reales”: familias que año tras año se turnan para tener entre sus niñas a la reina del carnaval2. Estas son las mismas familias que también se turnan el poder en la alcaldía distrital y se reparten desde las cámaras y senado, hasta los contratos y la burocracia: Char, Gerlein, Nule, Diazgranados, Cepeda, Tarud, Donado, Abuchaibe, Lacouture, Dávila, entre otras cuanticas.


Son muchachas muy simpáticas, bien preparadas y muy alegres, no pretendo aquí desconocer eso. Pero, paralelamente a la designación de la reina del carnaval, las chicas humildes se preparan para ser reinas de su respectivo barrio y concursar para ser la reina popular que es escogida entre las reinas de los barrios por su alegría y soltura al bailar. Esta reina popular, por hermosa y diestra en el baile que sea, queda en un segundo plano respecto a la linda representante de la familia oligarca de turno.


Ahora mismo no puede ser distinto: las familias de las reinas del carnaval se gastan millones de pesos en los eventos, actividades y vestuario3, gasto que no puede solventar una familia humilde por más que quiera cumplir el sueño de su hija, porque en el carnaval los sueños también están supeditados a la chequera.


El carnaval fue declarado por la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, de la humanidad, no de una clase o unas cuantas familias. El carnaval es producto y reflejo de la cultura popular, no de las élites, por lo tanto no puede derivar en una propiedad privada que lo castre de su verdadera esencia y, a punta de antidemocracia, lo acabe.  Debiese ser que quienes desde los sectores humildes realizan el carnaval, decidan sobre él, para hacer de esta importante cita cultural y de tradición un espacio democrático que garantice su vida, desarrollo y aporte.


No es difícil reflexionar que lo lógico sería que los distintos grupos de danzantes y disfraces cierren filas en torno a la democratización del carnaval: que, por ejemplo, se nieguen a desfilar por “el cumbiódromo” hasta que no se eliminen los palcos y la gente humilde pueda disfrutar de lo que los bailarines preparan durante todo el año. O exigir que el carnaval no siga siendo organizado y administrado por Carnaval S.A., sino por una junta democrática constituida por dos delegados de cada una de las agrupaciones y disfraces(4). Que esos delegados a la junta sean escogidos democráticamente en el seno de cada una de las agrupaciones; que esa junta vele por la continuidad del carnaval, porque su verdadera esencia, significados e importancia se enseñen en las escuelas como propagadoras de este legado de riqueza inigualable.


Que esta Junta Democrática del Carnaval promocione a los jóvenes que en escuelas y barrios muestren más aptitud para la investigación, estudio y dinámicas del carnaval; que estos jóvenes sean formados e  incentivados con la posibilidad de vivir de cerca otras expresiones culturales y carnavaleras del mundo, para enriquecer su educación y que sean estos jóvenes quienes después de ese proceso regresen a formar nuevas generaciones de hacedores y promotores del carnaval. El costo de una iniciativa de ese carácter pensada para perpetuar la vida y la alegría, de seguro no superará el valor económico de unos cuantos aviones de guerra, armas y bombarderos que se emplean para perpetuar la muerte.


¿Por qué no puede ser la reina del carnaval la misma reina popular escogida entre las representantes de los barrios y patrocinada con recursos públicos del distrito? ¿Por qué no puede abrirse el carnaval a quienes lo hacen? ¿Por qué no pueden ser los hacedores del carnaval quienes decidan sobre este? Afortunadamente, en el carnaval hay quienes aún tienen esta preocupación y dan duras peleas por mantener viva la esencia popular del mismo; peleas desiguales y muchas veces con resultados ingratos, pero que siguen siendo impulsadas a través de espacios alternativos que se abren, no como una “audaz” cobertura para el despojo, sino como escenarios al alcance de tod@s l@s humildes que no tienen los ciento cincuenta mil pesos en el bolsillo.


En la Nueva Colombia será así: la cultura, el arte, la ciencia y la educación al servicio y disfrute de las mayorías; la cultura, el arte, la ciencia y la educación privilegiados sobre la guerra, al mejor estilo alegórico de nuestra Danza del Garabato: la vida triunfando sobre la muerte.

Movimiento Juvenil Bolivariano.
Barriadas populares de Barranquilla.
Martes de carnaval, 04 de marzo de 2014.

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1 Lectura del Bando: en este evento la reina del carnaval da inicio oficial a los pre-carnavales a través de un bando que promulga la alegría y el disfrute de las carnestolendas.

2 Reina del Carnaval: es la figura más destacada del carnaval, preside y encabeza los desfiles y promociona los eventos siendo el referente femenino de las fiestas. Tiene su par masculino en el Rey Momo.

3 En el mencionado evento de la Lectura del Bando la familia real gastó o invirtió cerca de ochenta millones de pesos, sólo en música y sonido. La actual reina rompió el record en vestuario al usar cerca de cuarenta y cinco vestidos diseñados por reconocidos personajes como Alfredo Barraza, Amalín de Hazbún, Julie de Donado, entre otros. Se calcula que uno solo de estos vestidos pudo costar seis millones de pesos. Por supuesto, ninguna de las familias reales lo ha confesado, pero, según cálculos conservadores, la inversión que hacen estas familias por cumplir el sueño de su niña es de quinientos millones de pesos, mínimo. No obstante, este año esa cifra pudo superarse de lejos si se tiene en cuenta que en la coronación de la reina del carnaval se presentó el dominicano Juan Luis Guerra, quien por concierto cobra cerca de trecientos cincuenta mil dólares (aproximadamente setecientos millones de pesos).     

4 Carnaval S.A.: en el sitio web de esta entidad (www.carnavaldebarranquilla.org) se lee: “Somos una organización, desde un modelo público-privado, encargada de administrar y organizar el Carnaval de Barranquilla (…)”. En el mismo sitio se encuentra la composición de su directiva, en la que los hacedores del carnaval tienen una mínima participación. En esta directiva se destacan la alcaldesa distrital, representantes de los accionistas designados por la Cámara de Comercio y la Fundación Mario Santo Domingo y otros representantes del sector privado.

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