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Compatriotas:
Hace doscientos años las colonias españolas en América fueron sacudidas por grandes convulsiones sociales y políticas. Hito histórico que marcó el inicio de la última etapa del proceso de emancipación de las colonias. Más de trescientos años de heroicas luchas y tenaz resistencia patriótica que llegó a su punto culminante en los campos de Ayacucho.
Tres siglos de despótica y brutal dominación extranjera; de robo y saqueo de los inmensos y preciados recursos que la naturaleza regaló al suelo americano; tres siglos durante los cuales los naturales de estas tierras debieron soportar, sin llegar a resignarse jamás, las más aberrantes formas de explotación, de discriminación, de humillación y degradación humana. De esclavitud.
Trescientos años durante los cuales se configuró un modelo de sociedad colonial ajustado a los intereses económicos y políticos de la metrópoli. Sociedad colonial preñada de contradicciones que fueron combustible para el conflicto que terminó por desenvolverse en forma de guerra de independencia y que al culminar con el triunfo del ejército libertador, sentó las bases de nuestra nacionalidad. .
Grandes dificultades encontraron las provincias rebeldes al dar sus primeros pasos en el difícil camino hacia su conformación como naciones independientes. Además de los enemigos externos, es evidente, que aunque había unidad de las clases sociales que conformaban la sociedad americana, en cuanto a la necesidad de obtener la independencia económica y política frente a la corona española, otra era la realidad al momento de entrar a definir el camino a recorrer de ahí en adelante.
Unas eran las aspiraciones de las grandes masas de esclavos, indios y campesinos pobres que soportaban sobre sus espaldas todo el peso de la explotación y dominación española, condenados a una subsistencia que los mantenía al borde de la muerte por física hambre; y otras, las del notablato criollo, descendiente directo de los españoles, poseedor de haciendas, comercios, minas y riquezas, cuya aspiración era tomar el control de la administración del Estado y la derogación de medidas impuestas por la corona, que los gravaba con impuestos y limitaba su participación en la vida económica y en consecuencia los privaba de enormes ganancias.
Esa contradicción fue determinante en el curso de los acontecimientos que se desencadenaron con las insurrecciones de 1809-10. Es esta la causa que terminó por enfrentar al Libertador Simón Bolívar y su genial proyecto político de independencia y revolución social, frente a la aristocracia criolla, cuyo patriotismo apenas le alcanzaba para ver en la liberación del colonialismo una forma de apuntalar sus intereses. Choque que para nuestro infortunio, terminó por resolverse a favor de estos últimos, quedando postergado en el tiempo la culminación del proyecto político revolucionario bolivariano. Tarea que aún tenemos pendiente las actuales generaciones.
Descendientes directos de los primeros españoles llegados a América, la naciente burguesía criolla, muy pronto dio a conocer su aventajada capacidad para reproducir, casi de manera genética, los peores vicios de sus ancestros europeos. Tropa delincuencial, aventureros sin Dios ni ley, caballeros de horca y cuchillo, la ambición y la codicia son el motor que los impulsa en su empresa de conquista bajo la enseña de la casa real española, que en pago a sus servicios les entregó, por medio de mercedes reales, extensos territorios usurpados a los aborígenes, rentas, dominios, cargos administrativos y títulos honoríficos. El crimen se vistió de cortesano. Tal fue el origen de sus fortunas, tal el linaje de la actual clase dominante.
UNA HISTORIA DE DEPENDENCIA ECONÓMICA Y EXPOLIACIÓN DE NUESTROS RECURSOS
Era tan poco su sentido de patria, que aún sin haberse sellado de manera definitiva la independencia de España, corrieron a contratar con Inglaterra un oneroso préstamo que terminó dejándonos bajo su dominio y cuyo monto nunca llegó en su totalidad a las arcas de la nación. Práctica que se extiende hasta hoy; y que nos mantiene bajo la férula de FMI, atados a una inmoral deuda externa cuyos intereses se comen el 27 por ciento del presupuesto nacional, verdadera rémora para nuestro desarrollo y cuyos condicionamientos nos impiden definir de manera autónoma la política económica del país. Situación de dependencia que se irá a profundizar con la firma del cacareado TLC con los Estados Unidos y que terminará por sepultar lo poco que nos queda de industria, dejando tendidos en el campo los pequeños y medianos empresarios y miles de trabajadores sin empleo.
Con su mentalidad de mercachifles, las administraciones de los últimos 20 años, se han dedicado a subastar las empresas y recursos estratégicos de la nación, enajenando nuestra soberanía, y malbaratando el capital allí representado, fruto del trabajo de varias generaciones de colombianos. Así, la energía, las carreteras, los puertos, las comunicaciones, los servicios públicos, han ido a parar a manos de empresas privadas fundamentalmente de capital extranjero. Todo esto, parapetados tras teorías y recetas económicas aprendidas por sus tecnócratas en escuelas e institutos del exterior, donde los llevan “becados” para que vengan a ponerlas en práctica en beneficio del capital foráneo. Uno de esos embelecos traídos de fuera, denominado pomposamente “apertura económica”, terminó costándonos la privatización de la salud, las pensiones y las cesantías, entre otros muchos males para la economía nacional.
Su venalidad los ha llevado a convertir los recursos naturales en presa de sus ambiciones. Jamás han sentido reparo alguno en entregarlos a las potencias extranjeras a cambio de míseras coimas que agrandan sus fortunas mientras arruinan la nación. El oro, el carbón, las esmeraldas, el petróleo, las maderas, el níquel, la biodiversidad, el gas, los bosques y óigase bien, el agua; en sus manos, dejan de ser fuente natural de riqueza para convertirse en maldición, gracias a su intrínseca capacidad para trastocarlo todo. Nunca ha pasado por sus mentes colonizadas que riquezas tan abundantes, explotadas de manera racional y de acuerdo con el interés nacional, puedan servir para la creación de una base industrial que nos saque del atraso y nos proyecte por el camino del desarrollo económico y el bienestar social. Al contrario; hoy en día, vamos de regreso a la condición de país minero.
Como su insaciable avaricia nunca les ha permitido sentirse satisfechos, han recurrido a todo tipo de artimañas para ensanchar sus posesiones de manera fraudulenta. Primero abarcaron más tierras de las entregadas en los títulos reales, más tarde la acometen contra los resguardos indígenas, luego usurpan los baldíos de la nación, después aprenden a falsear los títulos, se dan mañas para correr linderos y terminan por hacer de la tierra el principal botín de su guerra contra el pueblo.
Quién lo creyera, en pleno siglo XXI protagonizan la más sangrienta y feroz contra- reforma agraria: se calculan por millones las hectáreas arrebatadas a campesinos, indígenas y comunidades afro, expulsados de manera violenta de sus fincas por hordas criminales al servicio de latifundistas, terratenientes, narcotraficantes y compañías transnacionales, con el objetivo de explotarlas a través de mega proyectos agroindustriales. Es tan grande su cinismo, que esa misma casta oligárquica y criminal aparece ahora beneficiada con jugosos subsidios del Estado por su “patriótica” labor en desarrollo del campo colombiano.
Anclados en su feudal concepción de la sociedad, jamás han consentido en una reforma agraria que incorpore la tierra al desarrollo económico del país por la vía de entregarla a quienes la trabajan. Hecho que nos tiene importando millones de toneladas de alimentos cada año, que los campesinos están en capacidad de producir para garantizar nuestra soberanía alimentaria, lo que además permitiría alejarlos de la necesidad de cultivar hoja de coca y amapola como único recurso para subsistir, entre otros muchos beneficios que una medida de esta naturaleza le traería al país.
El ahorro nacional, fruto del esfuerzo y la tenacidad del pueblo trabajador, lo han encauzado hacia la especulación en beneficio de tres o cuatro usureros, que cada año ven crecer sus ruines capitales en billones de pesos, mientras con sus altos intereses arruinan los deudores y apoyados por la fuerza pública, expulsan de casas y apartamentos centenares de familias víctimas de su vampirezca actividad.
UN MODELO SOCIAL QUE LO ÚNICO QUE PRODUCE ES POBREZA.
Cuando el Libertador les imploró por la liberación de los esclavos respondieron negando su petición con infames argumentos. Esa misma mentalidad de negreros es la que guía su trato para con los trabajadores hoy día. Pisotean sus más elementales derechos, esquilman sus fuerzas al prolongar hasta el cansancio la jornada laboral, regatean cada peso de su salario; al tiempo que inventan miles de argucias para arrebatarle sus conquistas: pensiones, pago de horas extras y dominicales, primas, estabilidad laboral, derechos de organización y huelga. Son tan aventajados empresarios que cuando ven amenazadas sus ganancias por las exigencias laborales, con escalofriante cálculo financiero, no vacilan en contratar los servicios de un sicario que por menos pesos, les garantiza el margen de rentabilidad que consideran merecer.
Su modelo de país, lo único que nos ha dejado son 30 millones de colombianos en la pobreza, la mitad de los cuales arrastran una existencia miserable, viendo pasar la vida frente a sus ojos, sin alcanzar a percibir lo mínimo necesario para participar de la misma. Desempleados, desplazados de sus tierras, obligados a vivir del rebusque o resignados a emplearse a cualquier precio. Violentados, excluidos, todavía deben soportar la humillación de interminables filas cada mes, para recibir una insultante limosna estatal concebida con la perversa intención de tenerlos amarrados como potenciales votantes.
Millones de hijos de esta patria que todos los días se acuestan con hambre, que carecen totalmente de vivienda o malviven en covachas sin acceso a los servicios básicos, incluida el agua potable. Tomar agua directamente del grifo es una decisión de alto riesgo en la mayoría de municipios del país a pesar que ocupamos el séptimo lugar en el mundo en cuanto a reservas de este recurso.
Víctimas de la falta de empleo y oportunidades, otros 4 millones de compatriotas han tenido que emigrar en busca de sustento para sus familias, las más de las veces, forzados a desempeñar indignantes trabajos y a padecer la persecución de las autoridades de otros países.
El clamor del Libertador por hacer de la educación del pueblo la herramienta fundamental para su verdadera liberación sigue sin ser oído por las élites gobernantes. Por el contrario, se han cuidado de mantenerlo en la ignorancia para que no tome conciencia de su situación. Más de 6 millones de colombianos analfabetas así lo testifican. Con los billones de pesos que anualmente gastan en la guerra, alcanzaría para solucionar 35 veces las necesidades financieras de la universidad pública. Para formar un estudiante universitario el Estado invierte cada año 8 millones de pesos; en la “formación” de un soldado profesional se tira 60 millones.
Las minorías étnicas; indígenas, afro, históricamente tratadas con desdén y secularmente relegados por el régimen, subsisten gracias a su tenacidad y decisión de resistencia. Los más pobres entre los pobres, lo que es mucho decir si tenemos en cuenta que Colombia está entre los cinco países más desiguales del mundo. Abandonados en los rincones de la patria, la clase dominante se acuerda de ellos, únicamente para ir a expulsarlos de sus tierras o comprarles el voto a cambio de un bulto de cemento.
UN RÉGIMEN POLÍTICO VIOLENTO, CORRUPTO Y EXCLUYENTE
Para garantizar su dominación han erigido un régimen de terror que mezcla violencia estatal y paraestatal, militarización de la sociedad, control mediático de la opinión, con monopolio de la vida política y corrupción.
En períodos recientes de nuestra historia no vacilaron en desatar la más cruel orgía de sangre atizando odios y sectarismo dentro del pueblo, mientras en las alturas zurcían un pacto para la repartición equitativa y alternada del poder. Jamás sintieron el más mínimo reato en recurrir a los medios más bajos para conseguir sus fines. Calumnias, amenazas, chantaje, atentados, asesinatos, masacres, desplazamientos, desapariciones, detenciones masivas, y ahora último la extradición, forman el largo expediente sobre las prácticas de la casta gobernante, contra las masas y la oposición revolucionaria al régimen.
Nunca han escatimado recurso alguno. La intriga y la mentira hacen parte de su arsenal, por estos caminos han transitado siempre. Con la bendición de la alta jerarquía de la iglesia católica y apoyados en los medios masivos de información; la radio, la prensa, la televisión y ahora la Internet, generan y manipulan opinión pública en una permanente, sistemática y bien diseñada campaña que les garantiza su hegemonía ideológica y la prevalencia de su dominación. Su método predilecto: la difamación. Atribuir a los adversarios políticos todos los vicios y conductas reprochables que le son propios.
Entre sus víctimas siempre encontraremos los mejores hijos de la patria, aquellos que en cada momento de nuestra atropellada historia han asumido la defensa de los intereses populares o han abogado por transformaciones democráticas. Apelando a semejantes procedimientos han logrado prolongar por 200 años su permanencia en el poder, respondiendo a cada reclamo, a cada exigencia, a cada solicitud de cambios, por mínima que sea, con todo el peso de su malignidad.
Fue lo que sucedió con la Unión Patriótica, organización política de izquierda surgida de los Acuerdos de La Uribe firmados entre las FARC-EP y el gobierno de Belisario Betancur, en representación del Estado. Más de 4 mil de sus dirigentes y militantes inmolados en el mayor genocidio político de que se tenga noticia en los tiempos presentes. Lo que importa, es no permitir ninguna opción política que pretenda cambios estructurales en la sociedad colombiana.
Recurriendo a la fuerza y a su capacidad de perversión han garantizado para sí el monopolio del escenario político y la administración del país. Apoyados en el bipartidismo liberal conservador, han copado los espacios de la vida pública. Absolutamente todos los cargos del Estado al servicio de su rapacidad y como bolsa de empleo de sus familias. Al leer los expedientes que vinculan connotados personajes de la política y funcionarios públicos con el narco-paramilitarismo repugnan tanto sus crímenes como el evidenciado nepotismo. Un primo del presidente, un hermano del ministro del interior, el papá y un hermano de la ex ministra de relaciones exteriores, una hija de un ex parlamentario, vicepresidente y ex ministro de defensa, primos entre sí; todos, bajo la lupa de las cortes. Y la lista sigue.
A eso se reduce su idea de la democracia. En su entender, los partidos políticos no son más que maquinarias para la puja por la repartija burocrática; las elecciones, una mascarada que cada cierto tiempo hay que repetir para validar su aparente legitimidad; un espectáculo que incluye desfile de reinas, artistas, caballistas, traquetos, payasos, prestidigitadores y títeres.
Conocida es su habilidad para corromper y comprar conciencias, y, si este procedimiento no funciona, siempre queda el recurso de la violencia. Así sucedido con los guerrilleros amnistiados en décadas anteriores. Aquellos que no se pusieron al servicio del régimen para perseguir a sus antiguos compañeros de armas, fueron asesinados.
Esa es su concepción de la paz, así entienden la solución política del conflicto social y armado. Sarcásticamente lo definieron los combatientes dos décadas atrás, parodiando un comercial: “casa, carro y beca” a cambio de la renuncia de los principios y la traición. De lo contrario, plomo corrido. O como ocurrió en el Caguán, según lo reconoce el ex presidente Pastrana, en su libro. Una estratagema, para ganar tiempo en los planes de reingeniería y reestructuración de las fuerzas armadas, contemplados en el Plan Colombia; engendro gringo que bajo la excusa de combate al narcotráfico, lo que busca es profundizar el enfrentamiento fratricida en nuestro país en el cual medran sus intereses.
Para no abordar la discusión y solución de los problemas estructurales del país, causantes del conflicto social y armado que desangra al pueblo colombiano, en las sucesivas conversaciones con la insurgencia, pretextando cualesquier motivo, se han levantado de la mesa de conversaciones escamoteando los acuerdos pactados.
Consecuentemente, alegando razones de Estado, maquiavélica concepción de la política, se han negado a firmar acuerdos humanitarios que pudieran traer un poco de alivio a familiares y prisioneros de guerra de ambos bandos. En cambio, han preferido recurrir al malabarismo lingüístico para convencer a propios y extraños que militares y policías capturados en combate son secuestrados.
Y mientras el país se desangra, duele saber que con los recursos gastados en su guerra contra el pueblo, más un poco de voluntad política y algo de cordura, el Estado hubiese podido solucionar los problemas económicos, políticos y sociales generadores del conflicto.
UNAS FUERZAS ARMADAS Y UNA DOCTRINA MILITAR AJENAS A LOS INTERESES NACIONALES.
Para desembarazarse de la amenaza que representaba para sus intereses el Ejército Libertador, como pueblo en armas, no dudaron en desintegrarlo; hoy en día, para sostenerse en el poder han montado una gigantesca máquina de guerra, ejército de ocupación al servicio de sus mezquinos intereses y a órdenes del Pentágono norteamericano cuya doctrina de seguridad nada tiene que ver con nuestras necesidades como nación; pero que en cambio ha terminado por envilecer las Fuerzas Armadas, responsables hoy por hoy de crímenes y atropellos contra el pueblo: masacres, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones, entre muchas otras formas de violación de los derechos humanos de los colombianos.
Cada año se destinan billones de pesos para los cuerpos represivos: fuerzas militares, policía, organismos de seguridad y justicia. Son cuatrocientos treinta mil hombres armados, entre ejército y policía cuya misión es contener mediante la represión las fuerzas sociales que desde las distintas regiones de la geografía nacional, y de las más variadas formas, propugnan por cambios progresistas al régimen político y por mejoras en sus condiciones de vida. Para garantizar su gobernabilidad, complementan este gigantesco aparato militar, con grupos paramilitares en favor de los cuales han subrogado parte del poder regional, dejando en sus manos, y al arbitrio de sus criminales ambiciones, extensos territorios con sus recursos e inermes poblaciones.
Bandas de asesinos, encargados de mantener el control por medio de terror contra la población civil, de donde se deriva un modelo de Estado de corte fascista, que combina una gigantesca maquinaria de guerra contrainsurgente con aparatos criminales de guerra anti-popular al servicio del mismo fin: evitar por medio de la violencia institucional y paramilitar el avance de las fuerzas patrióticas y de cambio. En pago, dichos grupos reciben del Estado patente de corso para cobrar impuestos, usurpar tierras, robar, matar, implantar leyes, sobornar, amenazar, extorsionar, y claro, beneficiarse del negocio del narcotráfico; todo esto, en asocio con caciques políticos regionales, los mismos que tienen asiento en el Congreso de la República o desempeñan altos cargos en las otras ramas del poder público, incluida la Presidencia.
Por arriba, complementa esta estrategia de dominación la intervención gringa; tercera cabeza del monstruo. Dólares, tecnología, diseño y conducción de planes, entrenamiento, asesoría militar y lo que sea necesario para sostener el corrompido y resquebrajado régimen colombiano. A cambio, la soberanía, la dignidad, los recursos naturales de la nación, el territorio, los mares, el espacio aéreo y el espectro electromagnético, todo a su disposición para convertirnos en ficha dentro del despliegue geoestratégico de sus fuerzas de intervención; pero además, el vergonzoso e indigno papel como peón de brega de sus planes de desestabilización contra los gobiernos progresistas del continente. Este sólo hecho, devela la calaña de la oligarquía colombiana.
DOSCIENTOS AÑOS MÁS DE DEPENDENCIA.
No sucedió como lo soñaron y pelearon nuestros libertadores. Al contrario, obtenida la liberación de España fuimos a caer a manos del imperio inglés y posteriormente del imperialismo norteamericano. A lo largo de estos 200 años de vida republicana se ha incrementado nuestra dependencia, mutando en sus formas pero manteniendo su esencia y profundizándose cada vez más.
Hoy día podemos decir, y no es una exageración, que no hay un solo aspecto de la vida de la nación que no pase por el tamiz de la dependencia con respecto al imperialismo norteamericano. La política económica, incluidas la parte monetaria y de hacienda pública, la deuda externa, la explotación de los recursos naturales y las privatizaciones, el manejo ambiental, la propiedad y utilidad de la tierra, la contratación pública, la compra de maquinaria y equipos, la doctrina militar y de seguridad, los organismos de seguridad, la policía nacional, las fuerzas armadas, la política antinarcóticos, la compra de armamentos, la justicia, el régimen carcelario, la educación, el régimen laboral y pensional, la cultura, los tratados internacionales, la extradición de nacionales, el régimen político, los partidos, las relaciones exteriores. Y lo que nos es más caro: la soberanía y dignidad conquistadas en los campos de batalla a costa de la vida de miles de compatriotas que no vacilaron en regar su sangre para darnos patria.
En consecuencia, hoy más que nunca, la clase en el poder, lleva al país en dirección contraria a los vientos de transformaciones democráticas, progresistas y antiimperialistas que soplan por toda Latinoamérica y el Caribe. Cada vez más aislados, haciendo el papel de Caín de nuestra América. Desvergonzada oligarquía, no conoce límites en su caída hacía el basurero de la historia. Tan funcional es su papel a los intereses gringos, que se han propuesto replicarlo en otros países de la región donde todavía cuentan con la aquiescencia de las burguesías nacionales.
Todo, con el propósito de impedir, al precio que sea, la consolidación de los procesos emancipadores que se vienen adelantando en el continente y que cobran vida en nuevos y esperanzadores órganos de interlocución entre pueblos y estados, lejos de la manipulación e injerencia imperialista.
POR LA SEGUNDA, REAL Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA.
186 años han transcurrido desde cuando el Mariscal Antonio José de Sucre, al frente del Ejército Libertador sellara con la victoria de las armas patriotas nuestra independencia de España. En su proclama, valorando la trascendencia del triunfo americano dijo el Libertador: "Soldados, habéis dado la libertad a la América Meridional y una cuarta parte del mundo es el monumento de vuestra gloria: ¿donde no habéis vencido? Colombia os debe la gloria que nuevamente le dáis, el Perú vida, libertad y paz. La Plata y Chile también os son deudores de inmensas ventajas. La buena causa: la causa de los derechos del hombre ha ganado con vuestras armas su terrible contienda contra los opresores; contemplad pues, el bien que habéis hecho a la humanidad con vuestros heroicos sacrificios".
No eran ajenas al Libertador las dificultades que todavía habría que vencer para consolidar la libertad conquistada a tan alto precio y con tan enormes sacrificios. En el transcurso de 14 años de guerra, había conocido hasta la saciedad la sinuosa conducta de la aristocracia criolla y sabía perfectamente que expulsada España de territorio americano, era necesario completar la obra de la liberación con una revolución social que acabara con la esclavitud, que redimiera de su condición a los indígenas comenzando por devolverles sus tierras, que llevara educación al pueblo y que hiciera del ejército garante de la soberanía y bastión de respeto por los derechos ciudadanos, entre otros propósitos. En esa brega, donde la intriga, la traición y la componenda, son las armas de sus enemigos; donde, ya no la gloria y la libertad, sino las ambiciones personales de sus opositores son el objetivo, el Libertador, necesariamente tenía que ser derrotado. Allí, en esos sórdidos terrenos, solamente podían triunfar los genios del mal. Como efectivamente ocurrió.
Las consecuencias para nuestro pueblo no pudieron ser peores, el paisaje que se dibuja ante nuestros ojos así nos lo confirma. Transformarlo, culminar la obra de nuestros libertadores, es la tarea que nos corresponde a las actuales generaciones.
De forma paralela al historial de agravios, nuestro pueblo ha ido escribiendo gloriosas páginas de heroísmo y resistencia; corre por nuestras venas sangre libertaria. Jamás ha sido el pueblo colombiano de aquellos que se resignan o se doblegan dócilmente. Contamos entre nuestros antepasados con la historia de bravos indios guerreros que prefirieron la muerte a la conquista; indómitos negros que escaparon de minas y plantaciones para fundar en la selva comunidades libres; recios campesinos que nunca han vacilado en soltar el azadón para empuñar las armas contra la tiranía; laboriosos artesanos fundadores de sociedades democráticas; obreros radicales en la defensa de sus derechos; valerosas mujeres dispuestas para el sacrificio necesario en aras de la libertad; hombres de letras que han sabido poner sus conocimientos al servicio de los humildes; jóvenes prestos a jugarse la vida por un mañana mejor; sacerdotes rebeldes en comunión con las necesidades de su pueblo; artistas que con su obra nos dan luces para descifrar la realidad.
Romper para siempre las cadenas de la opresión, es un imperativo moral y político del momento actual. 200 años de ignominia tienen que ser suficientes para que los distintos sectores y matices componentes de la nación, comencemos a juntarnos decididos a tomar en nuestras manos las riendas del país. Unidad en la diversidad, esta, debe ser la divisa.
El objetivo, construir un gran acuerdo que recoja el sentir y las aspiraciones de todos y cada uno de los sectores que nos comprometamos en este histórico proceso. Proyecto que no puede ser otro que la suma de los distintos programas, plataformas, agendas y propósitos que guían el cotidiano batallar del pueblo colombiano, recogiendo su diversidad y riqueza, uniendo bajo una sola bandera las ancestrales aspiraciones y anhelos de los indígenas, comunidades afro, Rom, campesinos, obreros, empleados, profesionales, artistas, intelectuales, pequeños y medianos empresarios, mujeres, LGBT, desempleados, jóvenes, deportistas, luchadores sociales, defensores de derechos humanos y del medio ambiente, desplazados, víctimas de la violencia estatal, cristianos, clero progresista, pensionados, militares y policías inconformes con el actual régimen, destechados, víctimas del sistema financiero, estudiantes universitarios y de secundaria, insurgencia, partidos y movimientos políticos de izquierda y democráticos.
Comenzar por intercambiar propuestas y visiones de país desde las propias perspectivas, a través de encuentros, talleres, marchas, campamentos, mingas, seminarios, simposios, mesas redondas, reuniones, asambleas; cuanta forma de contacto tengamos la oportunidad de convocar, sin sectarismos, sin exclusiones, sin macartismos, sin señalamientos ni censuras de ningún tipo. Terminar con la fragmentación de las luchas, hacer a un lado lo que nos distancia y superar la división impuesta por los enemigos de la nación que han pretendido separarnos creando un falso dilema entre buenos y malos, totalitarios y democráticos y otros calificativos que inyectados por los medios de información de la burguesía siembran discordia, cuando encuentran oídos que, por ignorancia o interés personal o de grupo, les hacen eco, con grave daño para la causa popular.
El bicentenario del grito de independencia debe ser el detonante que nos convoque a todos los colombianos en torno al objetivo supremo de nuestra liberación real y definitiva.
Recuperar la soberanía, para formular desde la propia realidad y necesidades de la nación colombiana, el desarrollo económico del país; el aprovechamiento racional de los recursos naturales y la protección del medio ambiente; la propiedad y utilidad de la tierra, el control de los sectores estratégicos.
Recuperar la soberanía, para trazar de manera autónoma el camino que redima de su condición los millones de colombianas y colombianos que hoy viven excluidos socialmente, para diseñar entre todos un modelo de sociedad donde trabajo, salud, vivienda, educación sean derechos inalienables.
Recuperar la soberanía, para edificar un nuevo régimen político, realmente democrático, que comience por garantizar la vida de todos los colombianos sin distingos de raza, credo, posición social, género, convicción política; que forme al ciudadano en la tolerancia y el respeto por la diferencia; que garantice la participación directa del pueblo en las decisiones fundamentales de la sociedad; que haga del ejercicio de la política la más enaltecedora forma de servicio a la comunidad; que nos permita superar el conflicto social y armado por la vía política, sin injerencias extranjeras; sobre la base de erradicar las causas económicas, políticas y sociales que lo generaron y alimentan.
Recuperar la soberanía, para que el suelo patrio no siga pisoteado por tropas extranjeras, lo que nos pone en la humillante condición de amenaza para los pueblos hermanos. Asumir nuestra condición de nación libre, digna de respeto en el concierto internacional, cuyas relaciones exteriores estén cimentadas en el derecho de los pueblos a su autodeterminación, la no intervención en los asuntos internos de otros estados, la amistad y la solidaridad con todos los pueblos.
Para que Colombia comience a ser protagonista de primer orden de los procesos de emancipación y transformación social que se viven en el continente y que han de llevarnos a materializar el sueño de nuestros padres libertadores y fundadores de la nación.
 
Con miras a ese histórico y patriótico fin, ponemos a consideración de las colombianas y colombianos nuestra Plataforma Bolivariana por la Nueva Colombia y nos comprometemos a impulsar y promover el diálogo con todos los sectores del país, interesados en el mismo propósito, en esa dirección orientamos a todas las estructuras guerrilleras, partidarias y del Movimiento Bolivariano a avanzar en los contactos necesarios con organizaciones, partidos, movimientos, personalidades, líderes populares y pueblo en general, en el más amplio espíritu de unidad y fraternidad, manteniendo la compartimentación y clandestinidad necesarias, aportando lo que esté a nuestro alcance, para tender puentes y generar los mecanismos de coordinación indispensables a las luchas del pueblo y al logro de los objetivos señalados.
 
En la conmemoración del bicentenario, de nuestro grito de independencia, ratificamos ante el pueblo colombiano y pueblos hermanos, la decisión irrevocable de mantener enhiestas las banderas de la causa por la liberación de los pueblos de nuestra América y el Caribe, como fue enseñanza de nuestros libertadores y el ejemplo que nos legaron Manuel, Jacobo, Nariño, Raúl, Iván, Jorge Eliecer Gaitán, Rafael Uribe Uribe, el padre Camilo Torres, Jaime Pardo Leal y todos nuestros héroes y mártires, a quienes rendimos tributo de honor, al lado de todos los patriotas colombianos, latinoamericanos y caribeños que ofrendaron su vida en el transcurso de estos doscientos años de luchas por la segunda, real y definitiva independencia.
 
 ¡Por la Nueva Colombia soberana, en paz y con justicia social!
 
 ¡La patria se respeta, fuera yanquis de Colombia!
 
Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia
 
 Bogotá, Colombia, Julio 15 de 2010.

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