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Tres meses después de ingresar a las FARC, se nos concentró a los nuevos en el campamento de La Reserva, un lugar frío y boscoso arriba de Ciénaga, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí pude tratar directamente con el comandante del Frente, Adán Izquierdo, y un Ayudantía del Estado Mayor Central enviado por el Secretariado, Oscar Narváez. También encontré otros copartidarios conocidos que habían ingresado después que yo.

Uno de ellos era Ricardo Palmera, quien solo meses después decidiría llamarse Simón Trinidad. Éramos buenos amigos en la ciudad, y creo que a partir de entonces lo fuimos más. Quizás seríamos una veintena de alumnos. Para el caso nuestro teníamos la particularidad de ser en la mañana instructores ideológicos y políticos, para asumir el rol de cursantes el resto del tiempo, dedicado a la preparación militar. En ese lugar desarrollé mis primeros afectos con el mundo guerrillero.

Había un negro grande, Domingo Biojó, con quien construí una gran amistad. Era descendiente directo de un dirigente de la huelga de las bananeras de 1928. Julián Conrado, con dos o tres años en filas,  era el profesor de filosofía y también cantaba en las horas culturales sus propias composiciones. Para entonces no tocaba aún la guitarra. Y había un muchacho samario, Sánchez, histriónico, risueño y soñador, con quien desarrollé una confianza cercana a la hermandad.

Eran, junto con Alberto y otros pocos, los cuadros políticos. Los demás eran campesinos, muchachas y muchachos de excelente humor, de quienes aprendí el sentido real de la fraternidad. Físicamente lo superaban a uno en todo, con una facilidad sorprendente. Eran los más aptos para el medio ambiente en que nos desenvolvíamos. Pero enseñaban y ayudaban risueños a quienes nos costaba trabajo aprender y cumplir las cosas prácticas.

Al recordar aquellos tiempos mi mente escarba desesperada en busca de los nombres de los sobrevivientes. La suerte de Simón la conocemos. Creo que a excepción de Julián y de Jairo Quintero, quien fuera nuestro brioso instructor militar, de todos aquellos que estaban en mi curso básico no queda ningún otro vivo. Y en condiciones de contar la historia sólo hay tres o cuatro guerrilleros o mandos de entonces. Hasta los jefes más importantes murieron luego.

La guerra devora poco a poco. A unos porque se fueron, desertores, renegados, traidores. A otros porque murieron en combate o fueron asesinados en cumplimiento de misiones. Ahora que lo pienso, la constante en la vida guerrillera fue siempre esa. Un peligro inminente de morir o caer en prisión si se contaba con suerte. De no ser por la capacidad de renovación permanente de la guerrilla, esta hubiera sido aniquilada muchas veces.

Siempre y en todas partes había rostros nuevos. Gente que llegaba a filas, mujeres y hombres del pueblo, que por una razón y otra se echaban también al monte como lo había hecho yo. Pasé cinco años en la Sierra Nevada y luego ocho en el Magdalena Medio, sur de Bolívar y el Nordeste de Antioquia. Por eso siento tan cercano el actual paro de los mineros de Segovia y Remedios. Después viviría la experiencia del Caguán durante los diálogos de paz.

Pasé más de diez años entre los Bloques Sur y Oriental de las FARC, en etapas muy intensas de la confrontación, antes de vivir otros cuatro en la región del Catatumbo. El proceso de paz con Santos terminaría por llevarme a La Habana. Aquí y allá vi rostros alegres de guerrilleras y guerrilleros enfrascados en sus tareas. A una gran parte de ellos se los llevó la guerra, quizás serán soldados anónimos de la revolución para siempre. Cada sobreviviente debe recordar muchos.

Afuera también asesinaron a muchísima gente. Exterminaron a la UP y otros movimientos políticos y sociales. La simbiosis entre narcotráfico y clases dominantes tradicionales alcanzó figuras prominentes de estas últimas, como Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado. El paramilitarismo gozó de todas las libertades estatales, para bañar en sangre el país y facilitar la apropiación de tierras por parte de empresarios, latifundistas e incluso compañías extranjeras.

Un alto porcentaje de las muertes en las filas guerrilleras quedó en el silencio. Si la tropa no llevó sus cuerpos para enterrarlos en fosas comunes, la propia guerrilla los sepultó en tumbas perdidas en la mitad de la selva. Un día propuse que intentáramos un cálculo del número de combatientes que habían perecido, el cual podría extenderse al número de colombianos que habían sido en algún momento integrantes de las FARC. ¿Cuántos fuimos los guerrilleros, cuántos murieron?

Tales cifras resultan imposibles de precisar. Llegamos a tener más de ochenta frentes operando en todo el país, el menos con un centenar de miembros. Al mismo tiempo que unos morían por cuenta de las balas enemigas, otros estaban ingresando a filas. Y no puede decirse que las muertes alcanzaran solo al personal de base o mandos medios. Muchos jefes también perecieron. Compañías, Columnas, Frentes y Bloques fueron adoptando sus nombres.

Nunca hubo tantas unidades para bautizar con los nombres de los muertos. Sin contar los que quedaron por obra de las enfermedades, los accidentes, los suicidios. Los asesinados por traidores, los que hubo que fusilar tras los consejos de guerra. Fueron también muchos los que cayeron a la cárcel y tras pasar un tiempo en ella jamás volvieron a filas. Medio siglo largo de lucha guerrillera no fue solo de victorias, también sufrimos graves y dolorosos fracasos.

Lo cual deja sembrada una idea, la que sobrevive como tal es la organización, o por decirlo de otro modo, la lucha organizada de los de abajo. Lo que cuenta, y lo único que va a contar, es la obra, como diría Fidel Castro, no los nombres de quienes la consiguieron. Entre otras cosas porque resulta completamente injusto atribuir a un solo individuo, o a un grupo selecto de ellos, lo que en realidad es producto del esfuerzo mancomunado de miles y miles de seres humanos.

Los que consiguieron la firma del Acuerdo Final de La Habana no fueron los miembros de la delegación de paz y sus asesores. Fue todo ese conjunto de guerrilleras y guerrilleros que soportaron durante tantos años la inclemencia de la guerra, los que murieron levantando la bandera de la lucha, los que pagaron en prisión muchos años sin desistir de la causa. Todos ellos encarnan el espíritu de rebeldía del pueblo que los condujo a las filas de la revolución.

Y por eso que el Acuerdo Final es sagrado. Porque reúne y sintetiza el esfuerzo incesante de una cifra indeterminable de combatientes de ambos sexos, de las más diversas procedencias y con las más disímiles historias de vida. Pertenece a un pueblo que luchó durante décadas sacrificándolo todo, y que ha logrado arrancarle a la oligarquía de su país, el compromiso solemne de proscribir la violencia, como recurso para responder a sus clamores sociales y políticos.

No es cualquier cosa lo que se conquistó con ese Acuerdo Final. Las clases dominantes de nuestro país han jurado ante el país y la comunidad internacional que habrá toda clase de garantías para la lucha social y política, que extirparán el cáncer del paramilitarismo y el crimen, que harán todo cuanto esté a su alcance para nadie perezca en nuestro país por causa de sus ideas políticas. Y todavía más, firmaron la creación de los mecanismos materiales para hacerlo posible.

Es evidente entonces que el paso siguiente de quienes consiguieron semejante compromiso, es el de trabajar consciente y organizadamente por hacerlo cumplir. La puerta que hemos abierto a la lucha política y social en Colombia está esperando a un pueblo movilizado por el ejercicio de sus derechos. Y somos nosotros, por nuestra condición de profesionales revolucionarios, quienes tenemos el deber de orientarlo y dirigirlo hacia ese objetivo. La oligarquía no va a hacerlo.

Flaco servicio le prestan a esta causa quienes pregonan a los cuatro vientos que los Acuerdos de La Habana son cosa de poca monta, que es imposible que puedan ser aplicados. Justo ahora, cuando requerimos de más fe en nuestra obra, de estudiarla a cabalidad para comprender su exacto significado y salir a movilizar a Colombia entera con ellos, cualquier ataque a lo aprobado en la Mesa, en nuestra Conferencia y nuestros Plenos debe ser rechazado de plano.

Sencillamente es la lucha histórica de un pueblo la que sigue adelante. Esa lucha es de clases, contra el poder casi omnímodo del capital, contra todas sus armas y triquiñuelas. Por tanto no será fácil. Dejamos a un lado los fusiles porque ahora contamos con un arma poderosísima si la sabemos valorar, el Acuerdo Final. Tenemos atrapada de su parte más débil a la oligarquía colombiana, es ahora cuando más hay que apretar y saber hacerlo.

La clase dominante cumplirá si la obligamos a ello. Y para obligarla tenemos que echarle un pueblo encima. Un pueblo que ha aprendido de tantos años de violencia y muerte, que no desea oír las voces que lo llaman otra vez a la guerra. Que anhela un discurso distinto, que seguirá a quien sepa elaborarlo, a aquellos que le hablen de efectivas paz justicia, que demuestren en la realidad ser diferentes, que posean una transparencia total y a toda prueba.

Vamos a convidar a un pueblo a la vida y la alegría. Ese es el propósito que perseguiremos con el nuevo partido. La muerte y el terror pertenecen a nuestros adversarios. Cada vez que se manchen sus manos con sangre, cada vez que violenten y opriman, el repudio en su contra debe ser general. Tenemos que aislarlos, develar su condición criminal y corrupta ante los ojos de todos. Y al tiempo descubrirnos como la opción para nuestro país, la de la convivencia pacífica y la decencia.

Es esa la tarea que nos espera.

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