El régimen ha dado a conocer desde ya su nueva estrategia para acabar con la insurgencia de las FARC - EP: más énfasis en el aspecto político, en ganarse a la población, más énfasis en neutralizar la actividad clandestina de la insurgencia (es decir, el Movimiento Bolivariano y el Partido Comunista Clandestino) y para ello utilizará sus armas legales e ilegales, las visibles y las invisibles.

 

¿A qué se debe este cambio de estrategia de nuestros grandiosos generales y héroes de la patria que se condecoran a ellos mismos en ceremonias por demás ilegítimas y aisladas de las masas?1

 

¿Por qué desilusionan de repente a los lacayos enfermos mentales que añoraban la muerte de nuestro comandante Alfonso cano? Porque, de nuevo, cayeron en su propia trampa, cayeron en la vorágine propagandística y han quedado como unos idiotas. Empezaron con una mentira, luego con otra, y con otra, hasta que de repente, las acciones armadas de la insurgencia les taparon la boca y les dieron una bofetada. Pero de todas formas, el “cambio de estrategia” no se debe solo a la cuestión del desmantelamiento de sus mentiras, sino al desenvolvimiento mismo de la guerra.

 

Seríamos realmente ingenuos si pensáramos que se trata de estrategias nuevas. Se trata más bien de reencauchar viejas concepciones sobre cómo combatir a la insurgencia bajo un nuevo discurso mucho más prometedor. Prometen acabar con la insurgencia y con el movimiento popular en pocos años. El método: aniquilar la base social de la insurgencia y su influencia política.

 

Para demostrar la irracionalidad de la “nueva doctrina” basta demostrar el propósito de pretender aniquilar la base social de la insurgencia y su influencia política, precisamente en este momento, precisamente en este país, en Colombia, porque nuestros oligarcas están tremendamente alejados de la realidad.

 

En primer lugar, la autoridad política, la influencia, o la simpatía que genera la insurgencia en las más amplias masas de la población es un hecho real, aunque los oligarcas no están dispuestos a reconocerlo. Por supuesto, el apoyo que existe en este momento todavía no alcanza para lograr la revolución, pero sí alcanza para alentar la lucha del pueblo entero y para sostener a todos los guerrilleros de las FARC en lucha contra el régimen. Por otro lado, esta influencia y simpatía no está basada en una sumisión ciega, institucional, a la insurgencia, sino en saber que los fusiles de las FARC son los fusiles del pueblo colombiano en lucha por los cambios, y esto no es más que el programa político de la insurgencia reflejando acertadamente la realidad nacional y los verdaderos anhelos de las masas populares. ¿Cómo hará la oligarquía para que el pueblo colombiano no deteste al Estado, si ya estamos hablando de nuevo de una crisis económica en escala global? ¿Cómo no odiar al Estado en medio de tanta pobreza, hambre, miseria y represión? ¿Cómo pretende el Estado que no se desarrolle la más mínima lucha espontánea de las masas, y que esas luchas se tornen cada vez más conscientes, más revolucionarias?

 

El pueblo que apoya a las FARC lo hace porque conoce el origen popular de cada uno de sus integrantes, su amor al pueblo, humildad, abnegación y sacrificio en la lucha. Qué lástima que no podamos decir lo mismo del ejército oficial, donde los rencores, odios y rencillas internas están a la orden del día, donde las alianzas con narcoparamilitares son casi que un requisito para el éxito en la carrera militar.

 

Aniquilar la base social de la insurgencia es lo que pretendió el Estado cuando adoptó la estrategia paramilitar. De ahí que sus actuales afirmaciones sobre aniquilar dicha base, o bien son el aviso del advenimiento de una novísima y brillante doctrina militar (que ni siquiera los gringos han podido descubrir) o, por otro lado, no son más que la afirmación de que el paramilitarismo volverá elevado al cubo. Y la verdad es que hay fuertes razones para creer que es lo segundo y no lo primero.

 

En primer lugar, porque la inteligencia colombiana se conoce más por su corrupción, violación a los derechos humanos y paramilitarismo que por su inteligencia. En segundo lugar porque ya han convertido a las principales ciudades en caldo de cultivo de paramilitares, con su estrategia de los “cuadrantes”, que no es otra cosa que el acoso permanente de la población que piensa diferente, porque la violencia “cotidiana” no ha mermado ni siquiera un poco. En tercer lugar, porque el paramilitarismo jamás se acabó, se reencauchó gracias a un montaje mediático – judicial cuyo resultado fue la legalización de la expropiación de la tierra por parte de multinacionales y empresas criollas contra humildes campesinos.

 

Pero la formulación de la “nueva estrategia” todavía genera muchos interrogantes. ¿Cómo así que materializar los triunfos militares en triunfos políticos? ¿Acaso no les basta tener a todo el congreso sojuzgado? ¿Y a los medios masivos de comunicación como instrumentos doblegados de propaganda de guerra? ¿Acaso no les basta todo el aparato del Estado? ¿Acaso no votaron “9 millones de colombianos” por el actual dictador mafioso? ¿Acaso no demuestran estas afirmaciones que la elección presidencial fue una farsa electoral? Y si son de verdad triunfos militares ¿por qué entonces, la necesidad de una “nueva estrategia”?

 

Esta situación se parece más bien a la de un ejército que cada vez pierde más terreno, que cada vez se hunde más en la derrota. La situación se parece más a la de un Estado descompuesto, ilegal e ilegítimo, que observa cómo la lucha popular e insurreccional se sigue desarrollando como si nada luego de la barbarie uribista. La oligarquía está preocupada, y mucho, porque quemado el cartucho de Uribe ya no saben qué hacer. La insurgencia, lejos de doblegarse se fortaleció, y el movimiento popular se siente cada vez más. ¿Dónde está el 80% de los colombianos que apoya el actual gobierno? Si contamos a los colombianos que por obvias razones no apoyarían a Santos, como las personas en situación de indigencia (8 millones), los desplazados (5 millones), las víctimas de los falsos positivos (10.000) las víctimas de los paramilitares (10 millones) y le sumamos las gentes de clase media que lo detestan por querer privatizar la educación, la salud y los servicios públicos, y los colombianos que apoyan al Partido Comunista Clandestino, al Movimiento Bolivariano, a la insurgencia y a la izquierda en general… ya llevamos más del 50%!!!

 

La razón por la que nombramos esta farsa es porque no se puede ganar la guerra a punta de encuestas y de propaganda, y el Estado ya se dio cuenta de esto, por eso cacarea con “materializar el triunfo militar como triunfo político”, además porque puede llegar la hora en que no sea tan fácil, a causa de la indignación popular, el fraude electoral, la encuesta falsa, la puesta en escena mediática, la corrupción, en fin, todo lo que les permite controlar el aparato del Estado. Es decir, no sólo es necesario que “parezca” que la situación está bajo control, sino que efectivamente “esté” bajo control.

 

“Ganarse a la población” como lo ha repetido mucho últimamente el ministro de defensa y el comandante de las FFMM, es algo que los gringos jamás pudieron hacer en Iraq y Afganistán, y que es imposible lograr en zonas donde el Estado solo llega repartiendo plomo con sus paramilitares, asesinando civiles y amenazando con derribar casas. Pareciera que el Estado se está creyendo sus propias mentiras sobre el “fin del fin” de la insurgencia y sobre el supuesto “repudio” que a ésta le tiene la mayoría de la población, ignorando que es precisamente el apoyo popular lo único que ha sostenido y puede sostener un ejército popular tan grande como el de las FARC – EP. El tiempo nos dirá si sólo con propaganda se puede ganar una guerra.