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Durante la década de los 80 y 90, a las clases populares de la Europa periférica les hicieron creer que era mejor ser cola de león que cabeza de ratón. Y como decía el Che en su artículo “El socialismo y el hombre en Cuba”, los obreros de los países imperialistas pierden su “espíritu internacional de clase al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los países dependientes...”

 A cambio de la privatización de todos los sectores estratégicos públicos, de Europa llegaron millones a pedir subsidios agrarios e infraestructuras. Como decíamos en el artículo anterior, si el Estado español estuvo entre las 10 primeras economías del mundo fue por la gran cantidad de crédito que entró en el país. Ese crecimiento no estaba asociado a una mejora de las condiciones de vida de las clases populares, porque los salarios no paraban de bajar, mientras el endeudamiento subía.

 Pero “se iba tirando”, y esa generación vivió mejor que ninguna otra. Por otro lado, las organizaciones populares por activa y por pasiva se hicieron cada vez más minoritarias y nada representativas, el bipartidismo se había institucionalizado. Por activa, porque las principales organizaciones sindicales CCOO y UGT se vendieron a la patronal y al gran capital, aceptando una reforma laboral tras otra, y los partidos de izquierda se institucionalizaron. Por pasiva, porque el Estado puso toda su maquinaria mediática, educativa y propagandística para generar la idea de que “España va bien”, de que estamos en “la Champions League” de la economía internacional.

 Pero ese sueño se acabó. La economía, “de la noche a la mañana”, se derrumbó y en poco más de un año se destruyeron dos millones de empleos, llegando en la actualidad al 26% de desempleo oficial. De unos 47 millones de habitantes trabajan menos de 17 millones. El 21% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.

 Pero, ¿y qué pasa con las clases populares, no se resisten?

 El 15 de mayo del 2011, una plataforma apenas conocida, convoca manifestaciones en las principales ciudades del Estado. Nadie podía imaginar que a esas manifestaciones más adelante irían millones de personas a protestar contra los recortes, la corrupción, y por una democracia real. Contra todo pronóstico, las manifestaciones ahora ocupan y acampan en las plazas de las ciudades. Se forman decenas de asambleas permanentes. Por primera vez, miles de personas pueden expresarse y debatir abiertamente en las plazas de las ciudades. La política vuelve a estar en boca de todo el mundo.

 Así surge el 15M, los indignados. Una explosión “espontánea”, cegadora, que desconcierta a todo el mundo, a la izquierda y la derecha. Hay un antes y un después del 15 de mayo del 2011 en la historia del país.

 Algunos ya predecimos entonces que el movimiento desaparecería, o se haría minoritario si no cambiaba dos cuestiones fundamentales: la organización y los objetivos. La estructura horizontal, asamblearia que tomó el movimiento, se convirtió en una religión. La falta de liderazgo, estructura, votaciones (todo era por consenso), alianzas, sin análisis político ni memoria histórica, generó una estructura compuesta de individuos anónimos que requería de mucho voluntarismo y tiempo libre, además de conocimiento y cultura. Esto tuvo dos consecuencias. Una era que la represión policial fuera muy efectiva. Las plazas fueron barridas con una violencia casi inédita en los últimos 30 años. Y otra que las asambleas estuvieran compuestas principalmente por capas medias, estudiantes, profesionales, etc. Por tanto, sus prácticas y sus inquietudes no reflejaban a las clases populares sin cultura, sin educación universitaria, o con pocos recursos. Ese 21% de pobres no podían sentirse identificados con un movimiento formado por personas con una alta formación y con unas dinámicas y prácticas que no eran las suyas.

 Pero el 15M, tras los desalojos voluntarios o a la fuerza de las plazas, hizo una maniobra inteligente: salió para los barrios. Y en esa situación se encuentran ahora. Sin la misma atención mediática, hay grupos que siguen con las mismas dinámicas sectarias y no integran a los sectores más populares, mientras que otros, cada vez más, han entendido que sólo la organización lenta, paciente e incluyente unirá a los explotados contra el fascismo y el capital.

 

 EJEMPLOS DE LUCHA Y RESISTENCIA NO VIOLENTA

 Pondré dos ejemplos de luchas no violentas que suponen un antes y un después en la lucha contra el capital en España.

 El SAT, un Sindicato campesino y popular.

 En el sur de España, tradicionalmente agrícola, el 53% de la tierra pertenece al 4% de los propietarios. Desde antes de la muerte del dictador, un grupo de campesinos sin tierra se organizó y formó el Sindicato de Obreros del Campo (SOC). Su lema: “La tierra para el que la trabaja”, su método: la ocupación de tierras. Entre otras cosas, así consiguieron la expropiación de algunas fincas que pasaron a manos de cooperativas.

Con el tiempo el sindicato creció y se adaptó, y se convirtió en el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). En el sur del país es donde se dan los niveles de pobreza y desempleo más extremos (más del 30%), con problemas de desnutrición infantil y miles de familias que tienen que hacer uso de la caridad para comer. Ante eso, el SAT organiza un acto sencillo, pero potente. Decenas de militantes entran a dos supermercados alimenticios y toman varios carros de alimentos básicos saliendo sin pagar. Los alimentos los donaron a una ONG.

 La acción tuvo tal repercusión mediática que los principales líderes del sindicato salieron en todos los medios de comunicación de la derecha, y fueron acusados de ladrones. Expropiación, asalto, robo, delincuencia o justicia... lo importante es que los medios de desinformación, tratando de criminalizar el movimiento, llevaron por fin al centro del debate el tema de la pobreza y el hambre en la Europa del siglo XXI. Y tocaron un pilar fundamental de la burguesía: la sacrosanta propiedad privada.

 De la recogida de firmas al escrache.

 El segundo problema más importante de las familias españolas es la vivienda. En el Estado español cada día más de 500 familias pierden sus viviendas por no poder pagar la hipoteca, mientras más de 3 millones de viviendas permanecen vacías, casi todas en manos de los bancos. Son muchos los suicidios causados por los desahucios.

Hace unos 4 años se formó una plataforma que terminó llamándose Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). Lo que parecía una organización corporativista, centrada únicamente en un sector de la población concreto, el de los “propietarios” de casas, en la actualidad se ha convertido en uno de los referentes de la lucha popular, y el enemigo número 1 de la derecha española.

 Los objetivos de la PAH son modestos y reformistas:

 Primero, que cuando una familia no pueda pagar la hipoteca, al entregar la casa al banco, la deuda se cancele. Lo que ahora pasa es que el banco se queda con la casa y la familia todavía tiene que pagar el resto de la deuda sin pagar. Otra de sus reivindicaciones es que se haga un parque público de viviendas, que las hipotecas se transformen en alquileres sociales, etc.

 Pero lo que nos interesa son sus métodos. Empezaron haciendo manifestaciones, negociando con los bancos, asesorando a las familias afectadas, etc. Como los poderes no hicieron caso, y ante el drama social, las plataformas empezaron a intentar evitar los desahucios mediante la desobediencia civil. Ante una notificación de desalojo, la familia se organiza con la plataforma y sus miembros acuden a la vivienda. Se encadenan, se encierran... utilizan distintos métodos de desobediencia civil para parar el desalojo. Esto ha salvado a cientos de familias del desalojo, y ha generado una enorme y hace poco impensable red de solidaridad entre sectores del pueblo muy distantes entre sí: inmigrantes, universitarios, profesionales, desempleados, etc.

 Como esto no es suficiente, sino que hace falta un cambio legal, la PAH recogió más de 1.5 millones de firmas, el triple de lo necesario, para que el Parlamento tramitara una Iniciativa legislativa popular. La presión popular hizo que el gobierno derechista aceptara su tramitación, aunque al final la ha invalidado en su totalidad. Ante este menosprecio a la voluntad popular, la PAH empezó una campaña de “escraches”. Inspirándose en los escraches de países como Argentina y Chile, en este caso se señala, persigue e informa a los políticos en su trabajo o casa de que no podrán descansar hasta que solucionen el problema de la vivienda.

 El gobierno y la rancia casta política heredera del franquismo no se ha visto nunca en una situación así. El consenso y la sumisión se han acabado. Viéndose acorralados públicamente, los responsables políticos han empezado a criminalizar el movimiento intentando asociarlo con ETA o acusándolos de nazis. Algo que en Colombia es muy familiar. La líder del movimiento, Ada Colau, está recibiendo hasta amenazas.

 Existen muchas otras experiencias de resistencia: ocupaciones de edificios de viviendas, cooperativas, marchas, huelgas de hambre, etc.

Estas experiencias les podrán parecer modestas, moderadas, sin mucha relevancia. Pero en una sociedad donde la cultura del individualismo, del “sálvese quien pueda”, sin organizaciones populares ni cultura de lucha, estos gestos de solidaridad y desobediencia son muy importantes, y están aumentando el nivel de confrontación y lucha. Por primera vez en más de 50 años la sociedad empieza a entender que la desobediencia civil no violenta es una forma de lucha y resistencia legítima, justa y necesaria. Con ellas, el pueblo le mira a los ojos al Poder, no huye del conflicto ni de la violencia estructural, sino que lo confronta de manera proporcional e inteligente.

 La bestia imperialista ha vuelto sus garras hacia su madriguera, se comerá a sus crías si hace falta. Hoy más que nunca los destinos de los pueblos del sur de Europa y Latinoamérica van de la mano. En próximos escritos hablaremos de cómo frenar la locura del capital financiero en Europa o Estados Unidos en beneficio del Sur, para lo cual desde Europa necesitamos toda su inteligencia y experiencia revolucionaria.

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