En alguna de tantas revistas ochentosas del América que guardo en mi archivo, escribía un cronista el relato de Aquel 19 de diciembre de 1979. El hombre, maravillado ante la insurrección local generada por el primer campeonato de los Diablos Rojos, cuenta cómo un enorme “negro de pelo quieto” lo buscó en la convulsionada Tribuna Occidental para gritarle: “La revolución se atrasó mil años, pana”. No era para menos: cinco infartos en pleno Pascual, el completo agotamiento de las bodegas de la Licorera del Valle, varios policías heridos y un incontable número de destrozos urbanos, signó el estreno de la hinchada roja en eso de las celebraciones, después de más de medio siglo de sequía. Era la época fuerte del Eme en Siloé, de la consolidación del cartel mafioso de los hermanos Rodríguez, del reverdecer de las recuperaciones de tierra en Aguablanca, y del despuntar de una generación de revolucionarios que en la década que se asomaba resultaría de importancia para la izquierda local y nacional.

Casi trece años después, Freddy Eusebio Rincón, el Coloso del Pacífico, metía un gol de taquito en una final protagonizada por los dos equipos caleños, generando el delirio de multitudes. De nuevo, el pueblo uniformado de rojo se lanzaba a las calles para celebrar su octavo título. Fue un miércoles, 16 de diciembre, y la estrepitosa celebración callejera dejó centenares de heridos, almacenes de cadena saqueados y, cómo no, una centena de policías aporreados por las hordas rojas. Era 1992, un año de intensas transformaciones para la ciudad:  la estética traqueta sepultaba el patrimonio arquitectónico y lo que quedaba de la ciudad de Jorge Isaacs, al tiempo que la agitación juvenil prendía en los barrios populares con nuevas expresiones culturales,  discursivas y militares. De enero a junio, la crónica roja se veía sacudida por incontables episodios de descuartizamientos en serie que hacían recordar al Monstruo de los Mangones; en septiembre era dado de baja (en un operativo con más de cuatrocientos carabineros) el Rambo de Siloé, suerte de personaje dantesco local que continúa vivo en la tradición oral de toda la Comuna Veinte; y a sólo una semana de la final futbolera relatada, y en el mismo escenario sanfernandino, Roger Daltrey y David Gilmour tocaban ante un reducido y estupefacto público que no comprendía la magnanimidad de lo que tenía enfrente. El enrevesado riff de “Run Like Hell” se perdía lentamente entre la brisa de una ciudad convulsionada.

Se trata de dos momentos breves en la historia de una ciudad, dos pequeños alzamientos, dos carnavales callejeros. En suma, dos fotografías de la estructura y los modos de una ciudad y su pueblo; coincidiendo con los apóstoles de la microhistoria: dos esquemas coyunturales de la lucha de clases. Y eso, en la historia reciente de Santiago de Cali, implica realizar el mapeo de la explotación económica, de la vida política y cultural, de las consecuencias del narcotráfico, y de los cambios en el conflicto social y armado. Que cualquier historiador tome nota de una veta inagotable para una investigación riquísima.

Vuelvo a ahora a otra fecha: 17 de diciembre de 2011. En una tanda de penales, Patriotas envía al América de Cali a la segunda división. El pueblo caleño, prendido en rojas banderas, es protagonista de una nueva insurrección, no ya carnavalesca sino rabiosa, desesperada. La destrucción anómica de locales comerciales, el orgasmo de sepultar el MIO que no es mío, el retorno al viejo ritual del combate callejero tribal contra el ESMAD. En suma, el fútbol nuevamente es excusa para la liberación momentánea de las pulsiones y tensiones derivadas de la opresión. Es ahora la ciudad del hipócrita Nuevo Latir ospinista, la de las nuevas barriadas interminables, la de la reorganización de los movimientos populares, la de la lucha contra los desalojos, la de las tribus juveniles, la que de nuevas maneras se sigue movilizando y luchando.

20 de diciembre de 2011, 7 de la noche. En reunión del nucleo discutimos cansadamente la coyuntura política, los retos de la paz, los reflujos del trabajo de masas, el dolor por nuestros muertos, la emoción de nuevos triunfos en el combate. La pregunta no sobra: ¿cómo alcanzar los grados de movilización que implica la pasión futbolera? ¿de qué manera nosotros, actores políticos,  militantes bolivarianos, logramos prender en la masa el arrebato y la rabia que pareciera solo despertar el fanatismo futbolero?

Mi memoria recorre tantos momentos vividos, y una experiencia marcada por el difícil tránsito de barrabrava a militante político. Pienso en todas las pulsiones despertadas en el acto fanático, en el vivir gamberro, en la sinfonía del combate callejero.

Pienso igualmente en el dolor del primer bolillazo, en la adrenalina de la persecución policial, en la artesanal conspiración que conjuramos en aquella ya lejana jornada de pintas nocturnas. Extraño cierta sensación colectivista, el cosquilleo de saberse la carne de ese gran esqueleto de masas que se llama Pascual Guerrero, el hecho de haber aprendido los principios leninistas de organización en la tribuna, con los bombos y los trapos.

Y allí están, cómo no, esos otros grandes momentos: cuando los barristas rojos y verdes del Distrito decidieron unirse para la lucha contra los desalojos policiales, o  aquel año 99 en el que se decretó tregua en la Guerra de Colores para responder la amenaza de los paramilitares de Castaño y H.H., o, cómo no, cuando en aquella intensa movilización de 2005 todas las hinchadas se unieron para luchar contra el Estado.

Ya está dicho: la Nueva Colombia, esa que construimos día a día todos los luchadores de esta nación multicolor, contará con sus fanáticos futboleros, con los barristas que luchamos contra la opresión económica, social y cultural. El camino nos lo enseñó Esteban Ramírez, fanático futbolero, barrista y mártir fariano; y como Esteban, asumimos el combate con la altura que se requiere.