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En otros trabajos, como en el ya mencionado “Comunismo del siglo XXI” Beinstein, después de hacer un recorrido sobre casos como el de India, Brasil, y otros países llegaba a la conclusión ineludible de que las ilusiones burguesas en una recomposición desde la periferia del capitalismo global carecen de fundamento, y que más bien es de esperar en el futuro mucha crisis periférica en el marco de la crisis mundial del capitalismo. Y que en consecuencia, la ruptura de las cadenas imperiales aparece “como desoccidentalización y superación postcapitalista, no como simple liberación de opresiones externas, en el caso periférico, sino como operativo a la vez interno y externo, como negación absoluta de la civilización burguesa. La emancipación universal, la destrucción de la cultura imperialista es la liberación de los esclavos, de los pueblos sometidos reconfigurando de manera plural sus identidades pero es también la de los pueblos centrales acorralados por la marea de la decadencia que empieza a invadir sus territorios”.
 
Existe una retórica engañosa que pretende disociar artificialmente la opresión imperial, el autoritarismo de las élites locales, la concentración de ingresos, o la catástrofe ambiental de sus raíces burguesas universales, nos dice Beinstein. Y complementa: “La eterna búsqueda del burgués progresista, del demócrata moderado, de la unidad nacional, del humanista sensato repetida una y otra vez y siempre terminando en decepción constituye un mecanismo decisivo de la reproducción del sistema, se apoya en la heterogeneidad real de la estructura de poder y colocando un lente de aumento en sus componentes menos despiadadas induce a la víctima a postergar la rebelión y entablar el diálogo con su verdugo”.
 
Beinstein advierte, entonces, contra esa falsa conciencia que se nutre de “melodías moderadoras”, y llama la atención respecto del reduccionismo económico “clasista” que desecha o subestima las dimensiones no económicas del combate liberador, por ejemplo, dice, “que reduce a la categoría de “campesinos” a los pueblos originarios que pueblan espacios rurales de América Latina o bien considera “burguesa” la construcción de identidad nacional por parte de pueblos sometidos a la colonización imperialista”. Y esto porque así lo que se pretende es ocultar que la emancipación de los oprimidos, la destrucción del sistema imperial ó, lo que es lo mismo, del capitalismo como sistema global, implica la recuperación de las raíces culturales aplastadas, las memorias sepultadas, la superación de la homogeneización, de la normalización colonial impuesta por Occidente y el renacimiento, la reproducción de la pluralidad.
 
Como idea fuerza, explica Beinstein que el caos periférico aparece a la vez como el resultado concreto de las intervenciones militares y financieras de Occidente y como la base de feroces depredaciones. “El gigante imperial busca beneficiarse del caos, dice, pero termina por introducir el caos entre sus propias filas, la destrucción deseada de la periferia no es otra cosa que la autodestrucción del capitalismo como sistema global, su pérdida veloz de racionalidad. La fantasía acerca del metacontrol imperialista del caos periférico expresa una profunda crisis de percepción, la creencia de que los deseos del poderoso se convierten fácilmente en hechos reales, lo virtual y lo real se confunden conformando un enorme pantano psicológico”, y he aquí la retoma de la idea símil expresada en la explicación de la caída del imperio romano cuando explica que la percepción sobre tal declinación se produce solamente “cuando fue imposible ignorar la magnitud del desastre”. Antes, el conjunto del imperio no se percataba de la ruina que lo envolvía. 
 
Entonces precisa Beinstein que “En realidad la “estrategia” de metacontrol imperial del caos, sus formas operativas concretas la convierten en una maraña de tácticas que tienden a conformar una masa crecientemente incoherente, prisionera del corto plazo. Lo que pretende convertirse en la nueva doctrina militar, en un pensamiento estratégico innovador que responde a la realidad global actual facilitando la dominación imperialista del mundo no es otra cosa que una ilusión desesperada generada por la dinámica de la decadencia. Bajo la apariencia de ofensiva estratégica, irrumpen los manotazos históricamente defensivos de un sistema cuya cúpula imperial va perdiendo la capacidad de aprehensión de la totalidad real, la razón de Estado se va convirtiendo en un delirio criminal extremadamente peligroso dado el gigantismo tecnológico de los Estado Unidos y sus socios europeos”. 
 
Para explicar los afanes del capitalismo, como sistema global en declive, por mantenerse en un continuo histórico sin fin, pero como mera fantasía, Beinstein acude a la reflexión filosófica, antropológica, sociológica y al análisis que va más allá de las reducciones economisistas clásicas, algo a lo que él mismo suele llamar a hacer para llegar al fondo cierto de los fenómenos. Entonces nos recuerda en el plano de la antropología, por ejemplo, algunas hipótesis que sostienen que cierta disposición que se le daba a los muertos en algunos rituales mortuorios de antiguas culturas occidentales, estaba relacionada con la creencia en el renacimiento, en el retorno. Y entonces procede con el símil diciendo que la civilización burguesa a medida que avanza su senilidad parece reiterar esos ritos; “preparándose para el desenlace final apunta la cabeza hacia su origen occidental y va acomodando el cuerpo degradado buscando recuperar las formas prenatales intentando tal vez así conseguir una vitalidad irremediablemente perdida”.
 
Beinstein dice que jamás ese propósito será posible. Explica entonces los momentos de auge y crisis del capitalismo, pero remontándose a etapas anteriores de la civilización occidental que dan luces sobre los momentos de decadencia de sistemas imperiales, como acontece con Roma y en general, detalla algunos momentos turbulentos de la civilización occidental, para expresar que si bien la capacidad de recomposición del mundo burgués no se puede subestimar como lo hicieron los comunistas de los años 1920, la extrema derecha, los fascistas de esa época la sobrestimaban atribuyéndole una esperanza de vida demasiado prolongada.
 
En algún tramo de sus reflexiones de síntesis, el maestro Beinstein nos explica los conceptos de crisis y decadencia: “son ambiguos, su uso no resuelve completamente los interrogantes que plantea la descripción de la realidad actual”, nos dice. Crisis pude ser la definición de una turbulencia o perturbación importante del sistema social, y el concepto de decadencia puede indicar la idea de irreversibilidad, de trayectoria ineludible, de camino más o menos lento, accidentado o calmo hacia la extinción, hacia el final.
 
Entonces nos muestra momentos diversos en los que en la historia se han presentado situaciones de crisis o que pudieran parecer de decadencia, pero que sin embargo “la historia muestra tanto largos procesos de declinación que culminan con el fin de una sociedad o una civilización, como fenómenos visualizados como decadencias pero que en algún momento se convierten en renacimiento, en inicio de una segunda juventud. Sobre todo durante ciertos períodos de transición cultural donde se combina lo viejo declinante pero todavía hegemónico con lo nuevo ascendente aunque soportando derrotas, fracasos propios de las experiencias demasiado jóvenes, demasiado dependientes del “sentido común” establecido por las antiguas verdades, capaces de sobrevivir durante mucho tiempo a su creciente divorcio con la realidad”.
 
No obstante, esta explicación no es para definir el carácter actual de la crisis sistémica del capitalismo, no.
 
Dice el maestro Beinstein, refiriéndose a las reflexiones de los comunistas de los años 20 y a los fascistas de la misma época que subestimaban o sobrestimaban respectivamente las capacidades de recomposición del capitalismo que “El sistema no podía regresar al siglo XIX, sus bloqueos estructurales lo obligaban a utilizar la intervención estatal en la economía para desarrollar nuevos espacios de rentabilización como la industria de guerra y las grandes obras públicas. Lo que se empezaba a instalar no era el viejo capitalismo liberal decimonónico sino su tabla de salvación militarista, intervencionista que en su primera etapa europea durante los años 1920-1930 asumió la forma de mutación ideológica desde el liberalismo hacia el totalitarismo fascista bajo el paraguas legitimador de la “comunidad nacional” aplastando a los “intereses sectoriales”... de los de abajo. Como señalaba Horkheimer “la idea de comunidad nacional (la “Volksgemeinschaft” de los nazis), levantada como objeto de idolatría no podía en última instancia ser sostenida sino por medio del terror. Esto explica la tendencia del liberalismo a derivar hacia el fascismo”.
 
La recomposición estatista (keynesiana) del capitalismo central, precisa nuestro autor, cuando emergió de la Segunda Guerra Mundial tuvo una era dorada de apenas un cuarto de siglo (aproximadamente 1945-1970), luego se inició una sucesión de turbulencias que dura hasta el presente, y que son las que asumen el carácter de crisis multiforme e irreversible. 
La llamada recomposición neoliberal del sistema, fue una ilusión, o quizás una frase de sus teóricos, así que por sobre sus argumentaciones, “el deterioro sistémico que se profundizaba con el correr de los años, las tasas de crecimiento productivo global, principalmente en los países centrales, se fueron reduciendo como tendencia de largo plazo, la economía mundial se fue financierizando hasta que hacia fines de la primera década del siglo XXI la masa financiera global equivalía a veinte veces el Producto Bruto Mundial, con lo que los Estados, las empresas y los consumidores de las naciones ricas se endeudaban vertiginosamente hasta quedar aplastados por las deudas”. El monstruo se estaba devorando a si mismo.
 
Entonces nos dice Beinstein que “esta larga degradación tiene todas las características de una decadencia, lenta si la medimos según los ritmos del siglo XX; se trata de una trayectoria de aproximadamente cuatro décadas cuyo despegue puede ser situado en el período 1968-1973/74.
 
Para darnos una idea más gráfica, pero al mismo tiempo explicativa, el maestro Beinstein trae a colación el mito de Uróboros, haciendo que la fantasía de lo que podría ser un ramo de utopía literaria nos ayude a tender un puente hacia el entendimiento de lo que se vislumbra como destino para el sistema global capitalista y la civilización occidental.
Este ejercicio nos remite a valorar el vinculo perenne que existe entre el mito, la filosofía, la ciencia y las explicaciones originarias de los comienzos del universo y de las cosas, o de la explicación de una época por parte del colectivo humano que la vive o la padece, recordándonos que en cualquier lugar donde hubiere seres humanos hay pensamiento racional y por ende la posibilidad de la reflexión filosófica y la posibilidad del conocimiento científico, ligado o menos ligado a lo espiritual o a lo material, pero al fin y al cabo pensamiento en la posibilidad de acceder al desarrollo científico en uno u otro momento, o a una explicación que, en apariencia, estrictamente mítica encierre la esencia de su verdad.
Pero en este caso, Uróboros como concepto-mito, no es el eterno ciclo del destino sin más, ni la referencia donde lo bello y lo sublime son piedras angulares de una trama en la que la virtud gloriosa de los héroes está por encima de la miseria espiritual y la violencia inútil de la guerra, no es el ciclo en el que se logra “la reconstrucción de un anhelo lejano, plagado de visiones oníricas que apuntalan los valores más profundos del ser humano”, como se podría entender en la obra de Erik Rucker Éddison, por ejemplo. 
Si efectivamente es el animal de forma serpentina que se enrolla circularmente hasta atraparse la cola para comenzarse a auto-devorar, en la definición del profesor Beinstein y en la comparación que hace con el sistema imperial en declive, no simboliza el esfuerzo eterno, la lucha eterna, o el esfuerzo inútil, en cuanto a que el ciclo vuelve a comenzar a pesar de las acciones para impedirlo. No. Esta Uróboros se consume sin remedio de volver siquiera a las formas primeras de su origen. En concepto de Beinstein, “la decadencia del mundo burgués imita en cierto modo a su origen pero no lo hace a partir de un protagonista joven sino decrépito y en un contexto completamente diferente: el de la gestación era un planeta rico en recursos humanos y naturales disponibles, virgen desde el punto de vista de los apetitos capitalistas, el actual es un contexto saturado de capitalismo, con fuertes espacios resistentes o poco manejables en la periferia, con numerosos recursos naturales decisivos en rápido agotamiento y un medio ambiente global desquiciado”. 
Uróboros, como que durante miles de años ha servido para representar la naturaleza cíclica de las cosas, el eterno retorno podríamos decir, en el sentido de ciclos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen, pero cuando refleja el sistema capitalista global ya no tiene esas características . Ha sufrido una terrible degeneración que ya no le permite simbolizar el tiempo y la continuidad de la vida, ni el renacimiento de las cosas que nunca desaparecen. Para su caso no podrían repetirse aquellas palabras de E. R. Éddison cuando en boca de uno de sus personajes dice: “Este rey que goza de una vida sin final lleva con gran propiedad en el pulgar aquella serpiente Uróboros que desde antiguo tienen los doctos por símbolo de la eternidad, cuyo final siempre está en el principio, y cuyo principio siempre está en el final por siempre jamás”. 
El maestro Beinstein, en su segundo capítulo reitera su planteamiento de que “el fin y el origen aparentan converger, pero el anciano no consigue volver al pasado sino más bien reproducirlo de manera grotesca, decadente”.
 
Culminando su segundo capítulo en el que suficientemente reitera la irreversibilidad del sistema imperial, Beinstein dice que es necesario ir más allá de la economía, que hay que integrarla a la totalidad social, para poder describir estrategias, interacciones perversas entre estructuras militares, financieras, mediáticas, religiosas, parlamentarias, etc. de las potencias centrales, de sus mecanismos de reproducción del sistema decadente, cuyos manipuladores están agobiados por la desesperación y la desesperanza.
 
Explica Beinstein que el capitalismo global, “bloqueado desde el punto de vista económico elabora y pone en ejecución estrategias político-militares de rapiña periférica destinadas a apropiarse y explotar intensamente hasta el agotamiento al conjunto de recursos naturales del planeta y exprimir hasta su extinción los mercados periféricos compensando así la reducción de los beneficios productivos y de los mercados internos centrales. Apuntando contra la mayor parte del territorio global y una población de varios miles de millones de personas que lo habitan, dicha estrategia amenaza provocar el mayor desastre humano y ambiental de la historia”. Este desastre es el que hay que evitar, no salvando al capitalismo, no evitando su hundimiento sino precipitándolo con la lucha sin dejar que nos arrastre. 
El profesor Beinstein llega a la conclusión de que “la destrucción de la periferia es autodestrucción del mundo burgués, de su historia, de subsistemas decisivos para su reproducción”.
 
“La destrucción de Irak, Afganistán, Libia, Siria, México y de las próximas víctimas puede llegar a ser pensada por los miembros más duros de las élites imperiales como una destrucción parcial, sacrifico necesario para la supervivencia del sistema. En ese caso nos encontramos ante un pensamiento delirante, una profunda crisis de percepción de la realidad escindida artificialmente entre dos planetas: el propio, humano, desarrollado, y el otro, simiesco, inferior, subdesarrollado, condenado a perecer. Pero las estrategias imperiales no se limitan a circular por el mundo imaginario, golpean al mundo real y al hacerlo desestructuran al sistema en su totalidad: la destrucción de la periferia se convierte en autodestrucción del capitalismo como totalidad universal”.
 Y he ahí entonces la esencia del carácter que Beinstein le da al mito de Uróboros, como un “ciclo” de autodestrucción sin retorno, sin recomposición cierta para el sistema global capitalista. Entonces acude el maestro a la explicación de un mito similar de la mitología nórdica, en el que la serpiente Jormundand crece tanto que puede rodear el mundo mientras muerde su propia cola para comenzar su autofagia; como dice el profesor, “presentada como el resultado inevitable del éxito de su proceso expansivo que encuentra el límite superior, el máximo nivel de expansión, el techo, no como frontera externa al monstruo sino como autobloqueo. La solución a la tragedia no pasa por persuadir a la serpiente completamente decidida a seguir el rumbo elegido que está inscripto en su dinámica de desarrollo sino en su metamorfosis, en su transformación radical en un ser diferente. No hay otro capitalismo posible lo que abre la perspectiva del postcapitalismo, instala dramáticamente su necesidad histórica”.
La reiteración es una constante en los tres capítulos del libro del maestro Beinstein; pero en el discurso no se trata de que se repiten lugares comunes innecesarios, no. Como en las iteraciones de la vida, lo explicado es como los latidos del corazón, una necesidad y una recursión que va entregando soluciones a los problemas planteados hasta alcanzar conclusiones, definiciones que indican de manera irrefutable que el capitalismo como civilización ha ingresado en un período de declinación acelerada e irreversible.
 
Los anuncios de los gobiernos de los países ricos respecto de una recomposición de la prosperidad económica no impedirán el derrumbe de la actividad financiera que había sido “la droga milagrosa de las economías centrales durante varias décadas”.
 
Ya no se puede ignorar el carácter autodestructivo del capitalismo global del siglo XXI, porque hay en evidencia “fenómenos que sobredeterminan su funcionamiento como la hegemonía del parasitismo financiero, la catástrofe ecológica en curso, la declinación de los recursos naturales especialmente los energéticos”. Tal carácter autodestructivo está catalizado por la dinámica tecnológica dominante y la incapacidad de la economía mundial para seguir creciendo, circunstancia que acelera la concentración de riquezas en muy pocas manos y la marginación de miles de millones de seres humanos que “están de más” desde el punto de vista de la reproducción del sistema. 
 
La crisis no es cíclica; no hay alternativas de recomposición de una nueva prosperidad burguesa; se transita un proceso de degeneración sistémica total. Pero estas conclusiones “descartan lo que podría ser la idea superficial de que la autodestrucción del sistema equivale al suicidio histórico aislado de las élites globales liberando automáticamente de sus cadenas al resto del mundo que un buen día descubre que el amo ha muerto y entonces da rienda suelta a su creatividad”. Y sobre esto ya hemos hecho precisiones que conducen a que el mejor camino es el de la lucha. A la autodestrucción como culminación de la decadencia del conjunto de la civilización burguesa, con todas sus herencias a cuestas: las herencias culturales, militares, productivas, institucionales, religiosas, tecnológicas, morales, científicas, etc. hay que darle un empujón, no dejar que suceda asumiendo actitud de contemplación entendiendo que el fenómeno incluye las dos configuraciones básicas del sistema: la central (imperialista, “desarrollada”, rica) y la periférica (“subdesarrollada”, globalmente pobre, “emergente” o sumergida, con sus áreas de prosperidad dependiente y de miseria extrema). La declinación del sistema es mundial, e implica una desestructuración política, militar y cultural, en el sentido amplio del concepto. Es la historia de una civilización la que entra en el ocaso.
 
Como fenómenos tangibles que marcan la declinación sistémica, Beinstein indica que cuando estalló la crisis de 2008 la masa financiera global equivalía aproximadamente a unas veinte veces el Producto Bruto Mundial. Pero luego, dice, desde mediados de 2008 esa masa dejó de crecer tanto en su relación con el PBM como en términos absolutos, evidenciando un fenómeno de agotamiento financiero. Las actividades especulativas alcanzaron su frontera hacia 2007-2008, la droga había terminado por agotar la dinámica capitalista y al decaer los clientes se estancaron los negocios de los dealers es decir del espacio hegemónico del sistema.
 
“El capitalismo financierizado, resultado de una prolongada crisis de sobreproducción potencial controlada pero no resuelta, parásito cada día más voraz, finalmente agotó a su víctima y al hacerlo bloqueó su propia expansión”, concluye el profesor Beinstein.
 
El nuevo modelo de gestión del sistema fue el llamado neoliberalismo, el cual giraba en torno de tres orientaciones: financierización de la economía, militarización y saqueo desenfrenado de recursos naturales.
 
El proceso de financierización concentró capitales parasitando sobre la producción y el consumo, con un resultado visible al comenzar el siglo XXI: el ahogo financiero del sistema, la degradación ambiental y el comienzo de la declinación de la explotación de numerosos recursos naturales tanto no renovables como los renovables. El capitalismo generó sus propios bloqueos, y se transitó no del crecimiento al estancamiento, sino hacia la contracción, más o menos rápida, más o menos caótica del sistema. Pero, precisa Beinstein, “no tiene porque ser un proceso de declinación inexorable de la especie humana, se trata de la decadencia de una civilización, de sus sistemas productivos y perfiles de consumo”.
 
Para brindarnos mayor comprensión, en una síntesis de lo que ha sido el decurso histórico de la civilización burguesa, el profesor Beinstein nos dice que a partir del primer impulso colonial exitoso, es posible hacer girar la historia de la civilización burguesa en torno de cuatro grandes crisis; la larga crisis del siglo XVII vista como etapa preparatoria del gran salto, la crisis de mediana duración de nacimiento del capitalismo industrial (fines del siglo XVIII - comienzos del siglo XIX), una segunda crisis de mediana duración (1914-1945) seguida por una prosperidad de aproximadamente un cuarto de siglo y finalmente una nueva crisis de larga duración (que se inicia hacia fines de los años 1960) de decadencia del sistema, suave primero y acelerada desde fines de la primera década del siglo XXI”. Estaríamos transitando esta última, pero sin posibilidades de recomposición.
 
Beinstein nos presenta dos enfoques más del problema, esquematizando los momentos de génesis, etapa juvenil, crisis y deformaciones del sistema, etapa de madurez signada por las guerras, las fuertes depresiones y una prosperidad de mediana duración la cual ubica hacia 1945-1970), para luego insistir en que con la crisis de los años 1970, el fin del patrón dólar-oro, la derrota norteamericana en Vietnam, la estanflación y los dos shocks petroleros, etc., el capitalismo entra en su vejez que deriva en senilidad. Y nos pone al tanto de que el concepto de “capitalismo senil” fue introducido por Roger Dangeville hacia finales de los años 1970, pero señalando que la senilidad del sistema se hace evidente tres décadas después, a partir del estampido financiero-energético-alimentario de 2008, cuando se acelera el descenso del crecimiento.
Con este juicio da paso al tercer enfoque, en el que vuelve a la formulación de que el crepúsculo del sistema arranca con las turbulencias de 2007-2008. Desarrolla el profesor Beinstein la idea de la multiplicidad de “crisis” que estallaron en ese período (financiera, productiva, alimentaria, energética) y que convergieron con otras como la ambiental o la del Complejo Industrial-Militar del Imperio empantanado en las guerras asiáticas.
 
Un dato muy interesante, que refuerza sus planteamientos sobre la fuga militarista hacia adelante de los Estados Unidos como cabeza imperial de Occidente, es que actualmente el Complejo Militar-Industrial norteamericano (en torno del cual se reproducen los de sus socios de la OTAN) gasta en términos reales más de un billón (un millón de millones) de dólares, lo cual contribuye de manera creciente al déficit fiscal y por consiguiente al endeudamiento del Imperio (y a la prosperidad de los negocios financieros beneficiarios de dicho déficit). Su eficacia militar, dice, es declinante pero su burocracia es cada vez mayor. Y con esto vuelve a subrayar que definitivamente la época del keynesianismo militar como eficaz estrategia anti-crisis pertenece al pasado. En consecuencia la decadencia general y la exacerbación de la agresividad militarista del Imperio podrían llegar a ser perfectamente compatibles, apunta. 
 
Como argumentos de recapitulación, de manera muy concreta nos dice Beinstein que la primera conclusión es que la articulación sistémica del capitalismo aparece históricamente indisociable del articulador imperial (historia imperialista del capitalismo). Una segunda conclusión es que al ser cada vez más evidente que en el futuro previsible no aparece ningún nuevo articulador imperial ascendente a escala global, entonces desaparece del futuro una pieza decisiva de la reproducción capitalista global a menos que supongamos el surgimiento de una suerte de mano invisible universal (y burguesa) capaz de imponer el orden (monetario, comercial, político-militar, etc.). En ese caso estaríamos extrapolando al nivel de la humanidad futura la referencia a la mano invisible (realmente inexistente) del mercado capitalista pregonada por la teoría económica liberal.
 
Pero por sobre la explicación que pareciera apocalíptica del declive de la civilización burguesa, de manera acertada, convincente y esperanzadora nos argumenta Beinstein que “la contracara positiva de la decadencia podría ser sintetizada como la combinación de resistencias y ofensivas de todo tipo contra el sistema operando como un fenómeno de dimensión global y actuando en orden disperso, expresando una gran diversidad de culturas, diferentes niveles de conciencia y de formas de lucha”. Y aquí, precisemos entonces, retomando tesis planteadas en otros trabajos por el maestro que guardan estricta relación o ilación, la gran contradicción creadora, está en la lucha antagónica entre un protagonista central que sería la inmensa masa de población empobrecida, el proletariado en el sentido marxista primigenio; es decir la inmensa masa de los oprimidos, la ingente fuerza liberadora de la humanidad sufriente que piensa y de la humanidad pensante que sufre como propia la opresión ajena, diríamos usando el sentido originario del filósofo de Tréveris, versus ese sistema operando como un fenómeno de dimensión global que es el capitalismo.
 
En sentido directo, muy concreto, se habría configurado una formulación que plantea la contradicción entre una insurgencia global en formación, que rechaza o niega radicalmente al sistema, al tiempo que abre espacio a utopías post capitalistas.
El sujeto central de la insurgencia, podríamos decir en otros términos, recogiendo las palabras del texto que Beinstein titula como “Autodestrucción sistémica global, insurgencias y utopías”, que es “la humanidad a la que la dinámica de la marginación y la superexplotación (la dinámica de la decadencia) empuja hacia la rebelión como alternativa a la degradación extrema”. Se trata, precisa Beinstein, “de miles de millones de habitantes de los espacios rurales y urbanos; es decir, un proletariado mucho mas extendido y variado que la masa de obreros industriales, el cual en la medida en que vaya destruyendo las posiciones enemigas (sus estructuras de dominación) estará construyendo nuevas culturas libertarias”.
 
No es tarea fácil, lo sabemos por experiencia, pero confiamos en la utopía, en la dimensión bolivariana más genuina; esa que indica que los revolucionarios tendremos que encargarnos de lo imposible, porque de lo posible se encargan los demás todos los días.
 
Como ya lo hemos expresado en otras ocasiones, ahora reiteraríamos que en esta concepción existe pleno acuerdo, coincidencia al menos, pues los ideales que mueven la causa revolucionaria de las FARC-EP, que es el rincón de lucha desde donde hoy hacemos nuestra valoración de la obra de un pensador como el maestro Beinstein que convida a subvertir el mundo. El espacio común que compartimos en la lucha también con aquel viejo pero vigente anhelo de pensadores insignes como por ejemplo Johan Wolfgang von Goethe: "Vivir en el mundo ideal, consiste en tratar lo imposible como si fuera posible"; entendiéndose tal propósito de la utopía dentro de una concepción totalizadora del mundo centrada en la acción y en la praxis que son elementos que Marx retoma asimilando un factor esencial la visión transformadora del romanticismo suficientemente contemplado en el Fausto.
 
Ciertamente, como lo plantea el maestro, “la autodestrucción del sistema global recién está en sus inicios, su hegemonía civilizacional es todavía muy fuerte”, pero deberemos derrotarla con determinación, sin dejarnos distraer por su retórica falaz que todavía nos habla de “democracia y libertad”, mientras nos colma de guerras y desgracias. En medio de todo ello, el fantasma de nuestra utopía liberadora deberá seguir creciendo, desde nuestra explotada existencia, o como ya lo hemos dicho una y mil veces, desde nuestros indignados cuerpos famélicos, decorosamente hastiados del despojo y el engaño, altivamente hambrientos de justicia, decididamente cansados de esta “civilización” de la degradación humana. Reiterando que el “fantasma de los sufrientes y el de los pensantes que se duelen del sufrimiento de los demás, ha tomado la guadaña de la vindicta, en la que converjan las rebeldías de aquellos que no aguantan la espera de más tiempos, de más promesas y frustraciones, de más censuras y autocensuras; con la certeza de que nuestras esperanzas también son parte del súmmum de nuestra verdadera cultura que rechaza la hegemonía depredadora y negadora de la vida en comunidad”. Con la convicción de Walter Benjamin, a pesar del fascismo y contra el fascismo, en que “sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza”.
 
El maestro Beinstein, con los pies bien puestos sobre el territorio del realismo, nos advierte algo que no debemos pasar por alto; y es que “en la era de la decadencia del capitalismo va asomando nuevamente la figura de su enemigo, se trata de un nuevo fantasma heredero y al mismo tiempo superador de los anteriores”, y que “una mirada pesimista nos señalaría que será nuevamente derrotado”, pero que “si ello ocurre esta civilización planetaria se irá sumergiendo en niveles de barbarie nunca antes vistos”. Por ello insiste en que “lo que necesita el siglo XXI es el desarrollo de un tercer fantasma revolucionario, completamente desoccidentalizado, es decir negador absoluto de la modernidad burguesa y por consiguiente universal de cuerpo y alma, anticapitalista radical, construyendo la nueva cultura postcapitalista. Y, entonces, como corolario de sus reflexiones sabias nos habla de “la emergencia, la avalancha plural de pueblos sometidos, de la humanidad verdadera, liberada (en proceso de emancipación) de la prehistoria, de la historia inferior del hombre enemigo de su entorno ambiental, del espacio que le permite vivir, y en consecuencia del hombre enemigo de si mismo”, para concluir con un colofón irrefutable: “No se trata de una utopía universal única apuntando a una humanidad homogénea sino de una amplia variedad de utopías comunitarias ancladas en identidades populares específicas interrelacionadas conformando un gran espacio plural marcado por la abolición de las clases sociales y del Estado.
 
FIN DE LA SEGUNDA PARTE.
 
 

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