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Así parezca un bicho raro, seguiré creyendo en la posibilidad de las ideas por encima de las pasiones y en la necesidad de un pensamiento crítico antes que en la disciplina de los rebaños.

En 2018 no quiero votar por nadie que recurra al odio como arma política. Sea de izquierda, de derecha, del extremo centro, pastor, ateo o converso.

Qué importa que la política en boga sea cada vez más primaria, producto de los cánones impuestos por Cambridge Anaytica, aquella manera que han encontrado los políticos populistas para convertir a los votantes en audiencias sin caras ni nombres, susceptibles de ser perfilados sin que ni siquiera ellos sepan. Todo para que luego sean utilizados como ratones de laboratorio y bombardearlos con mensajes que no apelan a su intelecto, sino a los más bajos instintos de la condición humana. Así es la mecánica macabra con que funciona la política del odio de que yo no quiero participar.   

Por mi parte, así parezca un bicho raro, seguiré creyendo en la posibilidad de las ideas por encima de las pasiones y en la necesidad de un pensamiento crítico antes que en la disciplina de los rebaños. No me importa que me tilden de castrochavista, un insulto que en Colombia se utiliza cada vez más para descalificar y castigar a todo lo que no cuadra en ese mundo perfilado desde el que se manipulan las audiencias que se expresan por las redes.

Tan afinada estará esta estrategia de perfilar las hordas en internet, que hasta Iván Duque, el candidato por el uribismo, resultó víctima del fuego amigo. Hace poco, en medio de un foro que hacía en Ibagué, escribió un trino en el que afirmó que el sector agropecuario debía ser “para el pequeño productor” y casi se le viene el mundo encima.

El trino, que no parecería tener ninguna carga ideológica, fue interpretado por las huestes uribistas como una declaración castrochavista, es decir, como un pecado mortal. 

De inmediato los ejércitos uribistas, indigestados con su propia medicina, reaccionaron tildándolo de socialista camuflado y hasta Rafael Nieto su contendor de entonces, alcanzó a insinuar que Iván Duque -¡hágame el favor!- tenía una cercanía ideológica con el nuevo partido de las Farc.  
  
Tal fue la embestida, que al candidato le toco sacar un nuevo trino reconviniendo lo que había dicho en el primero y a modo de aclaración tuvo que agregar que el sector agropecuario debía ser también para la agroindustria. De no haber hecho este acto de contrición, posiblemente hubiera terminado linchado por sus propias huestes.

Si esto le pasó por decir que el sector agropecuario era para los pequeños productores, no me imagino qué le puede pasar al doctor Duque si el día de mañana en un debate llega a decir que está de acuerdo con impulsar el catastro multipropósito.  ¿Lo expatriarán a Marte por socialista? ¿Le harán una lobotomía? 

Con una jauría así de encarnizada al candidato del Centro Democrático le va a tocar andar con mucha cautela. En 2018 tendrá que medir sus palabras y sopesarlas, para no ir a desatar la ira de unas huestes que parecen estar entrenadas para descargar sus cargas de profundidad sin importar si se trata de tropas enemigas o de las suyas propias. Es que cuando se crían cuervos…

El próximo año tampoco voy a votar por ninguno de los pastores cristianos que andan empuñando la bandera de que las mujeres solo hemos venido a este mundo a procrear. Esa es la consigna de Claudia Castellanos quien lidera uno de los grupos cristianos más poderosos que ahora apoyan a Cambio Radical, ese partido que es y no es de Germán Vargas.

Tampoco voy a votar por los pastores-candidatos que insistan en decir que si una mujer es violada, es porque ella provocó a su victimario. (Hasta a Antonio Caballero, que no es pastor ni cristiano, le parece que el acoso es un asunto de poca monta que se puede sobrellevar dependiendo de cómo se lo pidan a uno).

Por eso en 2018 voy a votar por el candidato que defienda la libertad de cultos, que propugne el Estado laico que nos dejó la Constitución del 91 y que no le parezca una obligación lo de “todas y todos”. 

Votaré por el candidato que pague los impuestos como yo los pago y por el que le duela este país. 
No me interesan ni los fanatismos políticos ni los gramaticales.  

En 2018 por fin me voy a proponer votar no por el candidato menos malo, sino por el mejor, por el que en realidad me seduzca con sus ideas y planteamientos y por el que sea capaz de hacerme soñar. 

Les deseo una feliz Navidad y un próspero año 2018.

 

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