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La actual campaña por la presidencia indigna y produce asco. Los colombianos queríamos ver banderas programáticas desplegadas, pero sólo vemos flamear las banderas de la ruindad y la miseria política.
Siempre hemos querido conocer de los candidatos a la Presidencia, argumentos políticos y sociales, opciones y proyectos de estadistas para sacar adelante la patria, la visión de un país sin desigualdades, pero solo escuchamos la diatriba colérica y la incitación al odio, trinos que no son trinos, sino chillidos de “pájaro” de la violencia, que se replican con argumentos andrajosos.

Después de una ensordecedora campaña propagandística y psicológica sobre la existencia de Repúblicas Independiente dentro del territorio colombiano; que estarían dirigidas por comunistas y amenazaban la integridad y soberanía nacional; todos los poderes del Estado, las élites y sus organizaciones, se pusieron en pie de guerra. El enemigo a aniquilar se encontraba, principalmente y para entonces en la Región de Marquetalia. 

Tras dieciocho elecciones perdidas una tras de otra, de manera inobjetable y limpia, excluida del manejo de los destinos de la nación por la voluntad mayoritaria de la población, esa oligarquía pretende volver al ejercicio del poder por obra de sus acciones terroristas, la campaña mediática imperialista y la presión de sus gobiernos cómplices.

No hay que dejarse enredar por tanto cuento de moda. De eso tan bueno, no dan tanto, solía decir el camarada Manuel Marulanda Vélez cada vez que escuchaba tantas promesas bonitas por parte de los gobernantes de turno. 

Del archivo general de correspondencia de las FARC-EP, extractamos, en consideración al sexto aniversario de su muerte, la carta que el Comandante Manuel Marulanda Vélez dirige, a fines del año 1972, a los delegados al Pleno de Estado Mayor Central de las FARC, desde algún lugar de la cordillera central en el departamento del Valle.

El imperialismo norteamericano, encabezado  por el monstruoso George Bush, desató la llamada Guerra contra el Terrorismo a partir del 11 de septiembre de 2001, tras los más que sospechosos ataques contra Las Torres Gemelas. Eso al calor de los cantos del Nuevo Siglo Americano, la teoría de dominación universal implementada por la más rabiosa ultraderecha fascista de ese país.

Gran parte de la agenda que trazaron las comunidades rurales, por la que están dispuestas a un nuevo paro nacional agrario y popular, es la misma que el gobierno se niega a discutir en los diálogos de paz en la Habana, y que enarbola un alto significado patriótico y democrático. Para el gobierno una reforma estructural agraria no debe contemplar el reordenamiento territorial, la liquidación del latifundio improductivo, la democratización institucional que permita a las comunidades intervenir en la política agraria y se niega a suprimir los TLCs, la extranjerización de la propiedad de la tierra, las depredadoras concesiones de los territorios a las multinacionales mineroenergéticas y la militarización de la vida rural, entre otras medidas necesarias.

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