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El ministro de defensa sabe bien que es la sangre de campesinos, de soldados y guerrilleros la que posibilita que capitalistas privados hagan mucha riqueza con las tierras fertilizadas. Los soldados que integran los nuevos batallones profesionales de contraguerrillas solamente le interesan por eso. Al fin y al cabo, cuando mueran en combate con las guerrillas o queden mutilados por las minas, los van a llamar héroes de la patria y a pagarles una ridícula prima. La riqueza que brotará de donde se riegue la sangre, valdrá mucho, mucho más que cualquier miseria que puedan entregarles.

Al mismo tiempo, esos soldados resultan útiles para ayudar a domar a los pobres campesinos que van a ser despojados o que van a ser usados para trabajar por salarios de hambre en las instalaciones de las grandes firmas inversionistas.

Hoy por hoy, en áreas que serán adjudicadas a grandes capitales para explotación petrolera o de palma, los soldados son enviados a trabajar con la población en lo que han dado por llamar jornadas de apoyo: consultas odontológicas y médicas, vacunas contra la fiebre amarilla, peluquería, donaciones de pupitres, medicinas y balones. Igual a cuando los españoles regalaban espejos y chucherías a los indígenas a quienes les iban a saquear todo su oro. Se supone que el Estado debía solucionar las angustias que padece la pobre gente de los pueblos, caseríos y veredas. Desde tierra para que trabajen, educación, vivienda, salud, recreación, hasta generación de fuentes de empleo y construcción de obras civiles para el buen vivir de la gente. Nada de eso se hace. Se los engatusa con una brigada de un día que cumplen los soldados allí. A estos últimos se les hace creer que cumplen una labor extraordinaria.

La Policía Nacional se suma a esa tarea, convidando a la gente a que se convierta en informante, es decir a que denuncie a cualquiera a quien le observe movimientos de inconformidad, rebeldía o lucha contra tanto engaño. Despliega una campaña enorme de propaganda, con el objeto de conseguir que la población pobre se llene de miedo, de terror, frente a quienes la inviten a organizarse y trabajar para buscar un sistema de vida más justo. Los llaman terroristas. En Tibú se puede llamar al celular del subteniente John Alexander Pineda Ibáñez, quien en sus volantes pide a la gente que se imagine “qué sería de sus hijos, esposas si usted faltara en la vida de ellos”. La frase contiene un sugestivo sabor a amenaza, aunque parezca una invitación al miedo. Le está diciendo a su destinatario que puede morirse si no denuncia.

Como para que no quede duda, el volante termina con una consigna: “El mundo se le caerá encima si usted se dedica a pensar: Por qué me va mal, en lugar de Cómo puedo cambiar esto”. Lo que el Departamento de Policía de Norte de Santander y el Ministerio de Defensa Nacionalquieren decirle a la gente es eso, que el mundo se les va a caer encima si se dedican a pensar. Es mejor no pensar, aceptar todo como caiga.

Eso quieren. De otro modo no podría explicarse que precisamente a todos aquellos que piensan en cómo cambiar este sistema injusto de explotación, destierro, crimen, amenazas y terror, sean precisamente a los que el Ejército, la Policía y los grupos paramilitares persiguen, matan, encarcelan o desaparecen. En medio de la mentirosa propaganda que lanzan todo el día por sus emisoras o en la gran prensa, a veces se cuela una que otra verdad. El coronel Luis Fernando Borja, comandante de la Fuerza de Tarea Sucre, acaba de recibir su quinta condena por los numerosos falsos positivos ordenados por él en su jurisdicción de la costa. Sus condenas superan ya los doscientos años de cárcel, rebajados a 97 por haber confesado. Aspira a disminuirla más señalando a otros culpables. Dice además a la prensa: “A los dos meses de haber llegado, me entero de que algunas de las bajas que se habían hecho en años anteriores y las que yo llevaba en dos meses eran montadas, falsos positivos. Yo entré a hacer parte de esa organización ilegal, primero porque preferí callar, no sé si por miedo de mi vida y la de mi familia; y segundo, por miedo a que me echaran del Ejército”. Poniéndole cuidado se comprende el afán del alto mando por el regreso del fuero militar de impunidad. Ninguno quiere responder por sus hechos.

De verdad, soldado, suboficial u oficial subalterno, agente de la Policía, ¿no se da cuenta usted del modo como lo están engañando y usando? Su sangre, así como la de los guerrilleros que ustedes persiguen, solamente sirve para abonarles la tierra a los grandes propietarios. Lo reconoce el ministro de defensa, con cinismo, convencido de que todos ustedes no son más que una sarta de bobos.

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