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La noticia, que parece un simple episodio fortuito,  resulta sin embargo reveladora. De algún modo grafica la situación que atraviesan las fuerzas armadas colombianas en medio del oscuro, podrido y peligroso ambiente de descomposición política que caracteriza el régimen vigente. Al menor descuido pueden irse de cabeza y quedar absolutamente maltrechas. Servir en forma tan abnegada y sumisa a intereses tan antipatrióticos, tan sucios y tan contrarios a los intereses de la mayoría del pueblo colombiano, terminará por conducirlas al abismo.

Y si no que lo diga el , quien todavía no termina de comprender lo que le sucedió a él y a sus compañeros a manos de las comunidades indígenas del Cauca. Tal vez él no lo haya expresado ante ningún medio de comunicación, pero no hay duda de que la humillación que dice haber sentido tuvo su origen en una orden superior que le prohibió en forma terminante a él y a sus hombres responder con sus armas a las acciones de la comunidad. La situación pintaba demasiado grave y así lo entendieron en las altas esferas del gobierno.

Haber empleado las armas hubiera dado origen a una masacre de dimensiones aterradoras. Algo ha cambiado en el país y el mundo desde los tiempos en que el coronel Carlos Cortés Vargas ordenó a las tropas disparar contra los huelguistas concentrados en la plaza de Ciénaga en 1928. Una matanza semejante, como sin duda se habría producido sin la orden de abstenerse de hacer fuego, hubiera generado un escándalo de naturaleza mundial, que pese a toda la arrogancia del régimen terrorista, podría haberlo conducido a su caída.

El llanto adolorido del sargento García, tiene origen en su más hondo sentimiento de honor. Al menos del que le enseñan en las escuelas de formación.  Siempre ha escuchado a sus superiores decir que el Ejército es el máximo poder en Colombia, que para sus integrantes eso significa una superioridad enorme sobre el resto de la población. Especialmente sobre esa inconforme y cansona que protesta por todo. A la que le enseñan a reprimir, a humillar, a aterrorizar con su fuerza. No poder haberlo podido hacer esta vez le resulta insoportable. No puede entenderlo.

Ahora pretenden compensarlo con dudosos homenajes, convencerlo de que a su manera es un auténtico héroe. A él, que sabe que las medallas por heroísmo las reciben quienes más matan enemigos. Esa no es la lección que debe aprender el sargento García y con él todo el resto de los suboficiales y tropas. La lección es otra. No es cierto que el poder del Ejército sea el que creían. Hay un poder mucho más grande, el poder de un pueblo decidido, lleno de autoridad moral, dispuesto incluso a morir por la defensa de sus nobles aspiraciones de justicia.

El papel cumplido por el Ejército en el pasado, se deduce de Noticias sacadas de la prensa diaria que dan cuenta de hechos como los siguientes: “La Fiscalía informó el 4 de julio que un sargento y tres soldados profesionales fueron cobijados con medida de aseguramiento por el presunto asesinato a sangre fría del labriego Carlos Daniel Martínez Ortega. El crimen fue perpetrado por miembros de la Brigada Móvil 15 del Ejército Nacional, el 9 de octubre de 2008 en la vereda Santa Catalina, municipio de San Calixto, Norte de Santander”.

“El Juzgado Noveno Penal del Circuito de Medellín, condenó a 15 años de prisión al soldado Virgilio de Jesús Castañeda Murillo, por el asesinato a sangre fía de una joven de la comuna 13 de esta ciudad. Por el mismo hecho fueron condenados a 24 meses de prisión los soldados Norman Alejandro Ríos Álvarez y Juan David Jaramillo Arenas, quienes incurrieron en el delito de encubrimiento por favorecimiento.  Los hechos ocurrieron el 26 de septiembre de 2004 cuando la Cuarta Brigada del Ejército reportó la muerte en combate de Luz Stivaly Barrera Rivera”.

Son demasiados los casos a citar. Dentro de los que por lo regular sucede que la responsabilidad se queda en el personal subalterno, librándose de toda culpa los emisores de las órdenes. Cabe preguntarse si estos sargentos y soldados llorarán también por la humillación de sentirse aprendidos y sometidos a juicio. Es muy probable que no. Porque están convencidos de que obraron bien, tal y como les habían enseñado a hacerlo. Quizás lo que más duele al sargento García es que no lo dejaron defender el honor militar matando.

Ese no es el caso. El caso es que en Colombia se crecen y fortalecen las fuerzas que luchan por un cambio. Que manifiestan de múltiples formas su anhelo de paz. Que exigen que la guerra civil colombiana se termine de una vez mediante una mesa de diálogos. Unas fuerzas sociales muy poderosas, que empiezan a poner en vilo el poder político y militar del Estado corrupto. Y bien vale la pena que militares y policías comiencen a considerar si en realidad están sirviendo en el bando correcto. Si no debieran ellos mismos organizarse y marchar.

Contra el régimen que los envía a morir matando colombianos humildes como ellos, por supuesto. Por una solución civilizada al conflicto que desangra el país. Ya está bien de heridos, mutilados, accidentados y muertos. Ya está bien de cárcel y oprobio para tanto joven usado por sus superiores para el crimen. Allí donde Presidentes casi dementes gritan soberanía, patria y democracia, en realidad está la entrega descarada del país a los extranjeros, la subordinación de las fuerzas armadas a generales gringos, el garrote y el plomo para los de abajo. Basta de engaños.

 

 

 

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