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 A Soldados y Policías,
A las Fuerzas Militares y de Policía,
Con copia conjunta al pueblo colombiano.

Para nadie es un secreto que el gobierno nacional y las FARC-EP desarrollamos conversaciones encaminadas a conseguir la firma de un Acuerdo con miras a lograr la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera.

Estas conversaciones hacen parte un proceso de paz iniciado desde los comienzos del mandato de Juan Manuel Santos, quien  pocos días después de posesionarse realizó gestiones directas para hacernos saber que deseaba iniciar unos diálogos encaminados a pactar una solución pacífica del conflicto colombiano.

 El mensaje presidencial fue claro y preciso. Según él, había estudiado la plataforma política de nuestra organización y llegado a la conclusión de que muchas de nuestras aspiraciones eran justas. Pero creía que el método de las armas que empleábamos para conseguirlas no era el más correcto. Así que planteaba la posibilidad de iniciar la búsqueda de una salida incruenta.

 Desde entonces han transcurrido casi tres años. De los contactos iniciales pasamos a una fase exploratoria, tras la cual vino la ceremonia de instalación de los diálogos en Oslo y finalmente la apertura de la Mesa de Conversaciones en La Habana. No ha sido fácil llegar hasta ahí. Pero la perseverancia de ambas partes por conseguir la ansiada paz ha impedido su fracaso.

 Contrariamente a la voluntad expresada por las FARC-EP desde el comienzo mismo de las aproximaciones, el gobierno nacional se negó categóricamente a considerar la posibilidad de acordar un cese el fuego, aspiración más que justa cuando se trataba de buscar una solución distinta a la guerra, sin derramamientos inútiles de sangre y sin seguir originando sufrimientos para la población civil.

 Dialogar en medio de la confrontación se convirtió en una condición inamovible impuesta por Juan Manuel Santos, seguramente convencido de que entre más litros de sangre colombiana causara entre la insurgencia y sus apoyos, ésta se vería presionada a aceptar sus imposiciones en la Mesa de La Habana. Lo que nunca ha apreciado en su justo valor la oligarquía gobernante en nuestro país es la vida de los soldados y policías que caen también diariamente en los combates.

 Porque la sangre que se riega en el suelo de nuestra patria no pertenece a uno solo de los bandos en conflicto. No. Es sangre de hermanos, de guerrilleros, milicianos, soldados y policías, gentes humildes del pueblo que por la voluntad de guerra de la oligarquía colombiana se enfrentan a muerte. Eso es lo que queremos terminar de una vez por todas en La Habana.

 Y por eso mismo es que insistimos en la  necesidad de acordar un cese el fuego bilateral cuanto antes. No por lo que asegura el gobierno colombiano, según el cual sólo nos mueve el afán por no ser exterminados con la ofensiva actual por parte del Estado. A decir verdad, esa misma ofensiva completó recientemente 49 años continuos, sin que en ningún momento hubiera estado cercana a conseguir su objetivo. Ese es un discurso trasnochado, sin solución real en los hechos.

 Cientos, miles de cadáveres, de heridos, de mutilados, de viudas, huérfanos y pérdidas dolorosas, eso es lo único cierto que puede derivarse de la guerra.  Y por más que la oligarquía de este país apueste a que con eso va a derrotarnos, la propia historia demuestra que por ese camino mueren y caen destrozados diariamente los soldados y policías que por un sueldo miserable recurren a las armas. Sin que la soñada victoria llegue nunca.

 ¿Tiene algún sentido este desangre entre hermanos cuando los delegados de las dos partes se hallan sentados a la Mesa de Conversaciones de La Habana buscándole solución definitiva al conflicto por las vías del diálogo? Hasta los más caracterizados voceros de la fuerza pública colombiana, los generales Jorge Enrique Mora Rangel, del Ejército, y Oscar Naranjo, de la Policía, hacen parte de la delegación oficial que conversa con la insurgencia. ¿Por qué entonces las tropas tienen que seguir matándose? ¿Sólo porque la oligarquía insiste tercamente en eso?

 Soldados y Policías deberían pronunciarse abiertamente por la firma de un cese el fuego, por la continuidad del proceso de paz hasta que se produzca un acuerdo definitivo. Los combatientes enfrentados en el campo de batalla somos colombianos y en el Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera se pactó que todos los colombianos tienen el derecho de participar en la construcción de la paz.

 Además, es doloroso ver a los policías colombianos enfrentados en campos y ciudades con sus propios compatriotas que marchan y hacen justos reclamos al gobierno. La oligarquía que gobierna nuestro país los ha convertido en enemigos de su propio pueblo. Por eso cada día vemos por la televisión que los colombianos del pueblo les pierden el respeto y los enfrentan con valor.

 Esa violencia a favor de un gobierno de aristócratas y oligarcas a quienes el pueblo les importa un comino, es la causante de la guerra. Por eso hay que detenerla. Más cuando está en curso un proceso de conversaciones de paz. Es necesario que soldados y policías asuman su responsabilidad con su patria y su pueblo. Vamos a luchar juntos por el cese el fuego y la paz.

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