Esta propuesta implica una revisión de nuestra historia, para colocar en primera fila de nuestra admiración y nuestro afecto, a quienes lucharon por la redención de los oprimidos y marginados de todos los tiempos: los humildes, los explotados, los sin tierra, los sin poder, los sin voz, los sin futuro, cuya condición, en lugar de mejorar ha empeorado, llegando hoy nuestra patria a los extremos de la más lacerante y critica situación.

La falta de credibilidad de los colombianos en todas las instituciones del estado, la injusticia social, la desigualdad de oportunidades, la corrupción de los dirigentes, el desempleo, la crisis económica, la inseguridad, la percepción de que nadie tiene idea para donde va el país y una guerra que parece no tener fin, son males que desde hace mucho tiempo atrás vienen socavando nuestro sistema de vida y el Estado de Derecho de que hace gala nuestra Constitución.

En secuencia diabólica que ha venido taladrando nuestro espíritu y horadando nuestras esperanzas, día a día nos vemos bombardeados por noticias que nos agreden y nos conmueven a todos por igual, El pueblo colombiano necesita un cambio radical en todos los campos y es a la juventud, en primer lugar, a la que le corresponde impulsar esta tarea de renovación.

Hay que darle al pueblo algo más que pronunciamientos condenatorios, mas que palabras de aliento, algo mas que palabras con libertad y democracia en términos abstractos. Es obligación de todos construir una existencia decorosa para cada colombiano.

El pueblo todo, nosotros todos, debemos comprometernos. El pueblo colombiano debe asumir su propio liderazgo, porque solo el pueblo tiene en sus manos los medios adecuados para buscar sus derechos y hacerlos respetar. El pueblo tiene derecho a su legítima defensa. Nadie está autorizado para tomarse su nombre y a nombre de él traer muerte y destrucción.

El país no puede seguir de rodillas implorando milagros y esperando un Mesías que lo redima. No podemos permanecer inmóviles aguardando que otros hagan lo que nos corresponde enfrentar a nosotros mismos. Los problemas de nuestra patria solo tienen solución si nos decidimos, nosotros mismos, a luchar por ella.

Esta es tarea que no solo le compete a los civiles sino también, tomando como ejemplo al General Bolívar, a quienes, como militares, debemos asumir una posición decidida ante el destino de nuestra patria. Nuestro deber y nuestra responsabilidad es comprometernos en la liberación de Colombia llevando en mente el juramento de Bolívar cuando exclamó: “No daré reposo a mi brazo, ni paz al espíritu hasta que haya libertado de las cadenas de la esclavitud a los pueblos oprimidos de América”

Esta Colombia liberada por Bolívar ha visto frustrado su destino histórico por la corrupción, la injusticia y la ceguera de nuestros dirigentes, cuyo pensamiento ha volado siempre a ras de tierra. Es por eso que debemos tomar decisiones drásticas.

Como colombiano, como militar, como nacionalista, os invito a todos, militares y civiles, a conformar una sola fuerza, un equipo dispuesto a realizar lo que sea necesario para sacar adelante nuestro país. Estamos en la obligación patriótica de constituirnos en fuerza capaz de conmover, inspirar y movilizar a las masas populares, para actuar conjuntamente en la búsqueda de un solo objetivo: construir nuestra propia patria.

Esta propuesta de asumir directamente nuestro propio destino en el camino de la liberación, significa bajar de su pedestal a aquellos ídolos de barro convertidos, por obra y gracia de los linotipos al servicio de la clase dominante, en próceres y padres de la Patria, cuando en realidad de verdad están al origen de esta sociedad clasista y excluyente, como lo es hoy Colombia, en la que se benefician unos pocos en detrimento de la gran mayoría.

Esta propuesta, que está al alcance de vosotros, jóvenes cadetes, implica no solo reestudiar el papel de nuestros héroes nacionales sino, además y con igual empeño, revisar el sentido y proyección de nuestros símbolos patrios. Tenemos una bandera que nos legaron las luchas liberadoras de nuestros antepasados ante la cual hoy juráis lealtad y consagración a los ideales de la Patria. Pero, este juramento debe contener un aliento de renovación y de restauración de los valores libertarios que nos legó Bolívar.

No podemos olvidar que el Libertador Simón Bolívar, en el años de 1813, en nota al general Arismendi, gobernador de la isla Margarita, escrita un 28 de octubre, como hoy, anotó: “El pabellón que la victoria ha enarbolado y que debe adoptar toda la nación es el mismo que se usaba en la primera época, esto es el de los tres colores: azul, amarillo y encarnado”. Y es que los colores son longitudes de onda que impactan nuestro organismo, lo exaltan o lo aquietan, según los micrones que conforman lo que identificamos como colores. Estos pueden ser de sincronía rítmica, cuando siguen la distribución armoniosa del arco iris o, cuando rompen esta gradación, pueden convertirse en fuente de sutil pero no menos contundente perturbación. Es lo que sucede con nuestra bandera tricolor.

La sucesión de colores que va del amarillo, pasando por el azul para llegar al rojo, forma un espectro alterado que rompe la armonía.. Por esta razón es que os propongo, en esta tarea de encontrar un camino de armonía para Colombia, que nos propongamos buscar la recuperación del orden que tenían los colores de la bandera que se izó durante la heroica resistencia en Cartagena en 1815: azul, amarillo y rojo, secuencia que armoniza con la vibración natural de los colores del arco iris primero y que hizo exclamar a nuestro Libertador el 13 de octubre de 1822: “Yo venía cobijado por el manto de iris”.

Esta recuperación de un pasado, que no solo se refiere a las acciones de los hombres sino a la simbología patria, la hemos encontrado en ese maravilloso medio de comunicación que es Internet, medio que servirá a la globalización de la solidaridad humana y a proyectar, como nunca antes, el sueño de unidad latinoamericana de Bolívar.

Pero algo mas vais a encontrar en esta secuencia armónica de los colores patrios. Cuando el amarillo, que simboliza nuestras riquezas, o mejor, las de ellos, las de quienes las han acaparado y monopolizado, esté en el medio de nuestra bandera, ya no lo veréis predominante por encima del rojo y el azul que, además de representar la sangre derramada por nuestros héroes. Los cielos que nos cubren y los mares que nos rodean, nos recuerdan también la identificación de los partidos en los cuales se han pretendido dividir secularmente al pueblo para enfrentarlo entre sí, debilitándolo y manipulándolo.

Pero el amarillo no solo está representando nuestras riquezas sino que, de acuerdo a la definición de nuestro poeta William Ospina, es la “franja amarilla” que simboliza a quienes, sobre todo en las nuevas generaciones, no han tomado partido por ninguno de los grupos en que tradicional y mayoritariamente venían dividiéndose nuestros compatriotas.

Podríamos decir que allí, en la “franja amarilla”, se nos puede situar a la oficialidad que no comulga ni quiere estar al servicio de un sistema inequitativo orientados por quienes, al amparo de apegos atávicos, utilizan la política para beneficio personal y egoísta.

No es que la oficialidad joven a la que me refiero, a la que he querido colocar en la franja amarilla de nuestra simbología nacional, sea indiferente a la política, ¡no¡ Bien sabemos que la guerra –al decir de Carlos Von Clausewitz- es la política por otros medios y que hoy Colombia está en guerra. Por ello somos conscientes de que, quienes batallamos aquí y ahora, estamos haciendo política. Pero también sabemos que la guerra se gana en dos frentes, en el político y en el militar.

La victoria que buscamos, que es la victoria que os propongo que busquéis, jóvenes alumnos, en este proyecto de aliento nacional, no pone todo su énfasis en el triunfo militar –del cual estamos convencidos de ser los vencedores- pero donde a la postre todos perderemos. Porque, aún con nuestra victoria, lo que lograremos será a costa de las vidas de muchos compatriotas.

Es por eso que el triunfo que buscamos lo queremos lograr fundamentalmente en el campo de lo político, entendiendo este logro como un proyecto de unidad nacional en la búsqueda de una Colombia con justicia social, equidad económica, democracia real – que sustituya la democracia formal- respeto a los derechos humanos, defensa del ecosistema y solidaridad con los pueblos del mundo que se han propuesto luchar, como nosotros, por eliminar de la faz de la tierra el predominio de quienes promueven el desarrollo económico a costa del hambre, la muerte y la desolación para los mas.

Nuestra tarea no se puede delegar ni postergar sin condenar a Colombia al caos y al abismo. Cualquier pueblo del mundo está obligado a luchar por su supervivencia, incluso si el precio a veces es demasiado alto.

Esta realidad no es grata, pero es inevitable. Por todo lo que Colombia ha vivido, la tarea que debemos iniciar es ardua, tanto como lo requiere uno de los momentos más cruciales de la historia.

Combatiremos decididamente a quienes han llevado a nuestro pueblo a la ruina y al desamparo. No lo haremos con odio ni rencor, pero si en forma resuelta por los actos que cometen y que nuestro ideal no considera benéficos para el país.

¡Compatriotas!, ¡Jóvenes!, con este juramento y emulando a Bolívar, os invito a no dar descanso a vuestro espíritu hasta que liberemos a Colombia del yugo de la desigualdad y la violencia. Os invito a que tomemos conciencia. Conciencia política.

De la conciencia política de hombres como ustedes depende que se mitigue y termine esta violencia, esta guerra. El futuro de nuestra sufrida Colombia está en nuestras manos. Preparémonos y actuemos.

Que la fortaleza, el tesón y la inteligencia que se anidan con reciedumbre en nuestro espíritu sea la salida que alimente la esperanza de la paz y del progreso para nuestros compatriotas.

Recibid estas palabras, jóvenes que hoy juráis bandera, como un pacto con ustedes de quienes, desde las filas del ejército, estamos comprometidos con Colombia y con su pueblo –que es el verdadero soberano a quien debemos lealtad- para ganar la batalla contra el hambre, contra la muerte, contra la explotación y la desigualdad, única guerra que queremos ganar.

Bogotá D.C., Octubre 28 de 2.000