Mucho vociferan desde ese lado clamando libertad para los suyos, argumentando sobre las “condiciones inhumanas” en que se encuentran en medio de la selva y el largo tiempo del cautiverio. Pero de los otros, nada; y de los graves problemas sociales que ha impuesto la clase en el poder y que son en últimas los que suscitaron el conflicto, tampoco se dice nada.

Pésimas, sí; inhumanas, sí; degradantes…, sí…; así y peores son las condiciones de la mayoría de los guerrilleros colombianos, hombres y mujeres, que se encuentran en el país o en Estados Unidos. Pero las pasan por alto aquellos que practican el llamado “humanitarismo tuerto”, ese que sólo mira los padecimientos y los intereses de una sola de las partes…, la cual no es precisamente la de los desfavorecidos.

Este fenómeno ocular-político suele afectar incluso a algunos de los ex retenidos que por una u otra circunstancia volvieron de la selva a la ciudad. En el caso, por ejemplo, de la frustrada “Premio Novel” colombo-francesa Ingrand BetanColt, ese mal que afecta el “punto de vista” no sólo parece estar latente como “normal”“patología de clase”, sino que está agravado por su genético “mal de la veleidad irremediable”. síndrome que suele surgir como

Ingrand, en efecto, sufrió el rigor del cautiverio; pero aclaremos que nunca vivió los padecimientos que tienen los nuestros en las prisiones del régimen. Aún magnificando la picadura de un sancudo, el pinchazo de una espina, la eventual falta del papel higiénico…o cualquier pecueca o grajo de última hora, y tantas otras cosas que son trivialidades en la vida del campo, se le podría dar a su experiencia siquiera el calificativo de penosa, pues estaríamos admitiendo entonces que todos nuestros compatriotas que hacen su cotidianidad en los escenarios que Ingrand cataloga de infierno, están viviendo en condena.

En este y en otros casos de retenciones, dejémonos de grandilocuencias, que en gran medida terminan haciendo contraste risorio respecto a la realidad que, eso sí como sufrimiento, padecen las mayorías en Colombia, y no propiamente por vivir en las condiciones que narra la vanidosa Ingrand respecto a la selva y al campo, sino en las inhumanas condiciones de esa maraña inclemente que es la miseria, llena de alimañas como el hambre, por ejemplo.

Hay que dejar la prosopopeya a un lado y encaminar la discusión, más bien, por la ruta sensata del intercambio de prisioneros, porque si por la adversidad de condiciones de cautiverio habría que liberar con urgencia a uno u otro cautivo, al primero que habría que dejar en libertad es a Simón Trinidad o a Sonia, a quienes de manera infame, violando hasta los principios del derecho que dicen haber consagrado en la Constitución del 91, los tienen condenados a la tortura de un cajón de concreto bajo la tierra en un país extraño respecto al que el gobierno colombiano ha decidido ponerse de rodillas.

Haciendo el quite a sofismas y distracciones ese sería el punto de arranque de cualquier sencillo análisis, y no la insensatez de quien como la señora Ingrand, en su condición de ex-retenida aprovecha la circunstancia dolorosa de esa consecuencia de la confrontación para capitalizarla en beneficio de sus desvaríos y frivolidades de vana politiquera barata, como pretendió hacerlo cuando se prestó para impulsar una de las tantas marchas anti-Farc que obsesivamente promociona el gobierno. Esperemos que alguna lección le haya dejado el fiasco monumental que fue aquella escuálida convocatoria.

Insuflada por su ego, estalló en ridiculez, por ejemplo, al pretenderse la Nobel de paz. Pero bueno, al fin de cuentas, no pocas veces tal premio ha dejado de ser un galardón para convertirse en manipulado símbolo que se le otorga a quien por conveniencia geopolítica decidan los regentes de imperialismo global; es decir, una basura.

Igual ocurre con el premio de consolación que le entregaron en España.

De este elemento odioso, no del premio sino de la Ingrand, no se podrá dejar de recordar que desde que pisó fuera de la selva se reafirmó en su condición oligárquica, guerrerista y arribista, luego de haber ayudado a ocultar –con mentiras descaradas- la utilización de esos símbolos y distintivos del CICR que jamás debió usar el ejército en el desenvolvimiento de una operación militar de “rescate”.

¿Cómo podría después, un gobierno cualquiera, musitar siquiera que se respeten las convenciones que tanto pretenden imponer como panacea de la civilización?

Y a propósito, aunque la Cruz Roja Internacional tendrá mucho que aclararle al mundo aún; aunque cada día sume nuevos elementos para que se agigante su condición de no ser suficiente garantía para mediar en situaciones como las liberaciones de prisioneros, por ejemplo; aunque su “neutralidad” cada vez sea más indefinida…, de una u otra forma puede tener certeza en cuanto a esperar que nuestra organización revolucionaria prodigará siempre desde sus principios, más que desde cualquier postulado protocolar escrito, el respeto que no le tienen esos mismos vociferantes “defensores” falsarios con los que se suelen alinderar. Y es ese el caso de Doña Ingrand, de quien se puede decir que es fácil concluir que nunca estará pensando en la paz; que de sus acciones y mentiras se puede colegir sin esfuerzo que no sólo se prestará para desvergüenzas como esa de mentir para encubrir a quienes usaron los símbolos del CICR, o para convertirse en trasteadora y nana de traidores, sino de muchas cosas peores.

Debe haber absoluto convencimiento, en consecuencia, en cuanto a que todo lo que de ella se escuche en supuesto favorecimiento a la paz, partiendo de su condición de maestra en el arte del engaño debe ser tomado con beneficio de inventario, so pena de caer en la atarraya de sus mezquinas ansias personales.

Antes que ella siempre ha estado y seguirá estando ella; lo demás es pura utilería para el logro de renombre y de sus ambiciones de poder. Así, los prisioneros le importan tanto como el pueblo llano; es decir, un pepino. Por su cuenta, los intentos de rescate a sangre y fuego, lo mismo que la guerra deberían continuar. No es un criterio coyuntural, es un juicio de su concepción ideológica y política; de tal manera que otra postura solo sería mascarón de proa para sus conveniencias de momento, tal como lo ha sido su gira por América Latina “agradeciéndole” las gestiones por su libertad a quienes antes no tuvo la cortesía de dirigirse por estar ocupada en su fantochería.

“Gracias a dios”, nosotros ya nos libramos de la tortura de su fastidiosa presencia. Habrá que compadecer a quienes les toque el karma de soportarla.

Y, en últimas, digamos que nada de lo que diga Ingriand BetanColt respecto a los prisioneros de guerra o a la solución del conflicto colombiano, abona terreno para acuerdo alguno. El mejor regalo que le puede hacer al país “La Reine de la Simulation, la histriónica Ingrand BetanColt, la nousrisse d’un traitre, sería dedicar el resto de sus días a vacacionar silenciosa alrededor de la torre Eiffel.