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En este agosto de luto viene a la memoria el septiembre histórico de 1868, el grito tonante de la emancipación en Lares. Viene a la memoria aquella proclama de independencia que estableció el gobierno revolucionario contra el yugo español.

Hoy, toda esa historia de heroísmo y valor, se potencia en el recuerdo de quienes han persistido en la lucha por la dignidad de los puertorriqueños entregando hasta el último aliento de sus vidas, para hacer mérito a la herencia taína y a toda la espiritualidad del Níger y de las gentes traídas de la lejana Guinea en tiempos en que la esclavitud se enseñoreó sobre la llamada Tierra del Edén, que recibió el dolor de esos pueblos explotados, que mesclaron sus sangres hasta hacer el mestizaje del sagrado Borinquén.

Esta es la herencia de la inolvidable, de la admirable Lolita Lebrón; un nombre, una vida que significó y seguirá significando la condena a las consecuencias colonialistas de la Guerra Hispano-estadounidense, la cual sirvió de gran excusa para que los Estados Unidos se apropiaran de la isla. Lolita es la condena al Tratado de París de diciembre de 1898, que termina quitándole la soberanía a Puerto Rico. Ella es la oposición a la insulsa Ley Foraker de 1900, que en sí establece el cerco de anexión de la isla por los yanquis. Ella es la consigna viva contra la Ley Jones, porque en la conciencia de Lolita los hijos de la isla son puertorriqueños y no estadounidenses de última categoría, a los que sólo acude el imperio para reclutar soldados que envían como carne de cañón a sus guerras de colonización.
Lolita es la viva historia de la indignación frente a todo lo que fue el reclutamiento de jóvenes puertorriqueños para la Segunda Guerra Mundial. Es el grito de indignación por la forma insolente como los Estados Unidos, durante esa confrontación bélica, convirtieron la isla en base para su Ejército y su Armada. Es grito de oposición contra la construcción de bases navales en el puerto de San Juan y en la isla de Culebra. Es la voz del decoro contra la utilización de Vieques como polígono de tiro de la aviación imperial yanqui.
Ella es el sentimiento patriótico que clama por la total independencia y soberanía de Puerto Rico y no por falaces autonomías, o por espurias asociaciones, o mendicantes y sumisos vínculos con la poderosa nación del norte que les sojuzga, oprime e invade impúdicamente.
Estaba próxima a cumplir 90 años de edad cuando en la madrugada del domingo primero de agosto le llegó la hora de la eternidad. Sus seres queridos la habían internado en un hospital de su isla amada porque la aquejaban problemas cardiovasculares y cardiorespiratorios propios de su edad senil. Esta primera semana de agosto nos ha dejado sin su presencia física; se fue durante la aurora acompañada seguramente por la luminiscencia esperanzadora de sus bellos sueños de libertad.
Para quienes le rendimos honores queda latente, vigoroso, su ejemplo de combatividad irreductible; pues su vida es una historia de lucha asumida desde la adolescencia con una determinación infinita de llegar hasta el final.
Lolita, esa heroína de Nuestra América es, entonces, latencia de los sentimientos que vienen enraizados desde los sueños de Eugenio María de Hostos, que se opuso rotundamente al anexionismo inaugurado por McKinley en 1898 con el truco del atentado contra el acorazado Maine, embarcación que los mismos yanquis –según años después se demostró-, hicieron estallar en el puerto cubano de La Habana el 15 de febrero, provocando la muerte de 260 miembros de la tripulación. Este fue el pretexto de los yanquis para el inicio de la Guerra Hispano-estadounidense, que les sirvió para acabar con la guerra revolucionaria en Cuba y apoderarse de la mayor de las Antillas, de Filipinas y Puerto Rico.
Extraordinaria mujer era y seguirá siendo Lolita Lebrón; con Pedro Alvisus Campo, con Blanca Canales, con Oscar Collazos y tantos otros dirigentes que lucharon incesantes por la independencia; y, cómo no, además con Filiberto Ojeda, el apóstol que lideró a ese ejército popular boricua conocido como Los Macheteros, y que fuera asesinado por el FBI, se erigen en portentosos símbolos de la lucha independentista mantenida durante el siglo de sometimiento colonial, que bajo la denominación más reciente y engañosa de Estado Libre y Asociado, han clavado los Estados Unidos como una daga en el pecho de las Antillas.
En contraste con la resignación de perros que le exigen a los puertorriqueños, los boricuas dignos sostienen los ideales de libertad y soberanía, ligados al sueño común latino-caribeño, que no es otro que el de marchar por los caminos que trazaron los próceres y luchadoras de la primera independencia; el sueño, digamos, de decoro y unidad indoamericana que palpitaba en la mentalidad de independencia, soberanía, justicia y democracia como esencia de la América Nuestra visionada por Bolívar y Martí.
Lolita Lebrón nació en 1919; estaba próxima a cumplir noventa años de una vida, que por su entrega denodada a las causas más altruistas en favor de sus compatriotas, se puede describir como gloriosa, en la medida en que esta hermana de Patria Grande, para quienes no admitimos que Puerto Rico se pierda en las garras del águila imperial, es el ejemplo que no cesa con la muerte.
Lolita, de extracción humilde, hija de campesinos, nació en Lares y vivió su infancia en medio de la miseria material, pero también en medio del cariño y sacrificio amoroso de su familia. Como Martí, vivió también dentro del monstruo y le conoció sus entrañas: ella padeció como obrera textil en Nueva York, todos los sufrimientos y vejámenes de la segregación y la explotación de que son víctimas las mayorías de latinos en Estados Unidos. Aunque su pobreza no le permitió estudiar sino trabajar para sobrevivir, deambulando de fábrica en fábrica, vendiendo su mano de obra sin lograr estabilidad laboral sencillamente porque su altivez le impedía someterse a las humillaciones de los patronos, poco a poco se fue formando en la universidad de la vida, hasta vincularse, siendo joven y rebelde, al Partido Nacionalista de Puerto Rico, que con Alvisus Campo a la cabeza dirigía la lucha por la independencia; causa que ella admiraba sin duda
Durante los tiempos en que se preparaba la Rebelión de Jayuya, se produjeron también actividades propagandísticas armadas de resistencia en el propio territorio estadounidense, como la que dirigió el bizarro Oscar Collazos en 1950 y la protagonizada por la audaz Lolita Lebrón en la Cámara del Congreso yanqui en marzo de 1954. El comando armado del que hacía parte Lolita estaba integrado también por los patriotas Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa, quienes tomaron la fecha del primero del mencionado mes para realizar un operativo independentista en Estados Unidos, precisamente porque para la misma fecha del año 1917 ( 37 años atrás), el imperio había implantado la ley que imponía la ciudadanía gringa a los puertorriqueños, sólo con el infame propósito fundamental de reclutar a centenares de muchachos para enviarlos como carne de cañón hacia los campos de combate de la Primera Guerra mundial en Europa
Lolita, quien para la época tenía 35 años de edad, había pedido estar no sólo en la organización de la acción, sino también participar directamente en ella sin importar las consecuencias. Era una determinación de patria o muerte. Con ese coraje, al tomar el recinto de la Cámara parlamentaria, alzó la bandera de su patria y el grito ¡Viva Puerto Rico Libre!, mientras sus compañeros, y luego ella, hacían disparos al aire. No tenían la intención de matar a nadie; no obstante, por la confusión generada, varios legisladores resultaron heridos. El comando fue apresado y todos condenados a la pena de muerte que después Harry Truman conmutó por la de cadena perpetua, hasta cuando 25 años más tarde se produjo la libertad como consecuencia de un indulto proferido por el Presidente Cárter en 1979. Uno de los rebeldes, Andrés Figueroa Cordero, no pudo disfrutar de la nueva etapa de lucha que emprendieron sus compañeros porque murió en prisión.
Sin duda, la intrépida acción en la Cámara yanqui repercutió profundamente en el mundo entero, en tanto los revolucionarios puertorriqueños lograron poner en primer plano la denuncia de la situación colonial en que los Estados Unidos tenían inmersa la isla caribeña, y avivó enormemente, el sentimiento de identidad nacional y de independencia de los boricuas.
Así nos fueron enseñando estos valientes, el sentido de la abnegación por la patria, así nos fueron diciendo que no pueden seguir siendo los hijos de Borinquén la carne de cañón que los yanquis envían a sus guerras intervencionista y re-colonizadoras; que no pueden ser ciudadanos de última categoría por su condición de latinos que, valga resaltarlo, es lo que les identifica y cimienta el orgullo nacional.
Desde 1898 en que EUA impuso la anexión, lo que ha entregado el imperio es improperio y deshonra; pero aquella acción de la valerosa joven Lolita y de sus compañeros, y de todo el conjunto de acciones que caracterizaron la resistencia, son la voz más sentida que sale del alma de los verdaderos boricuas con dignidad de patria.
Cuando después de 25 años de presidio Lolita Lebrón, junto a sus compañeros volvió a su amada isla, el pueblo, jubiloso, los recibió en multitud. Ella, firme en sus convicciones, continuó al lado de los suyos la lucha por la independencia, pero especialmente se involucró en las campañas para sacar a los yanquis de la isla de Vieques, que durante varios años había sido tomada como polígono para las prácticas bombarderas de su fuerza aérea. En esta lucha también resultó apresada, pero fue finalmente liberada y la campaña por sacar a los marines de Vieques se convirtió en triunfo para los puertorriqueños.
Recordemos que cuando la intervención brutal yanqui anexó a Puerto Rico, estableció consecutivos gobernantes gringos que ejercieron el control colonial hasta después de la II Guerra Mundial que fue cuando, en apariencia, cesó esa grosera presencia directa de las autoridades yanquis. Pero en la mentalidad de los dignos resistentes como Lolita, cualquier cambio cosmético del gobernante reemplazando al yanqui por el cipayo, o cualquier mejora económica y urbana, no eran sino una dádiva insulsa para que se admitiera mansamente la sumisión, lo cual no estaban ni estarian dispuestos a admitir jamás.
Poco a poco, después de los años cuarenta del siglo pasado, Estados Unidos instauró el poder de los consorcios, forzando el monocultivo de la caña de azúcar que destruyó o debilitó otras formas económicas, y estableció técnicas monopólicas azucareras con el subsiguiente empobrecimiento de la población jíbara, a la que no dejaron otra opción de sobrevivencia que la de desplazarse a los Estados Unidos y someterse a las normas. Discriminaciones, usos y costumbres de un país que los trata como perros; un país donde no se los aceptaba como población de primera línea sino como parias; eran, en el mejor de los casos, la mano de obra barata y más explotada a la que acudían los capitalistas gringos.
Eso se complementó negativamente con la imposición de la cultura yanqui, y la des-latinoamericanización de una amplia franja de boricuas.
Más allá de la formal imposición de la condición de Estado Libre y Asociado que maduró hacia 1952, dando paso a gobernadores puertorriqueños, pero cipayos, se fue forjando en la realidad, un control político, cultural, social…, que es lo que prevalece en el fondo del régimen vigente al que Lolita se opuso siempre, abogando por la total independencia.
Esta posición perseverante ha servido para evitar que los anexionistas logren mayoría; pero aunque la lucha por la independencia desafortunadamente ha ido asfixiándose, no ha sido ni será vencida mientras perduren siembras fecundas como la de Lolita Lebrón. En ello consiste precisamente el mayor valor heroico presente en la memoria de Alvisus Campo y Blanca Canales, en la persistencia indoblegable de los Macheteros de Filiberto Ojeda, y de toda una constelación de guerreros que han avivado el fuego de la lucha. Ellos y ellas, su lucha por la identidad, la cultura propia y la justicia, constituyen el sagrado emblema espacial y temporal donde puede caber el destino de felicidad que merece Puerto Rico libre.
El nombre de Lolita no se puede mencionar sin ligarlo al de Pedro Alvisus Campo. Pedro había venido del Partido Nacionalista fundado durante el primer tercio del siglo XX, como uno de los instrumentos políticos para la lucha por la independencia. Nació en 1893 y como luego lo haría Lolita, desde muy joven se vinculó a la lucha revolucionaria, radical, por la independencia, lo cual le costó por lo menos 20 años de cárcel en distintos períodos.
La lucha que había decidido abrazar, enfrentaba directamente el anexionismo que los yanquis habían definido respecto a Puerto Rico.
No era algo simple enfrentar el poder criminal de los yanquis y sus cipayos en la isla. Hechos como la masacre en 1937 en Ponce, demostraban hasta donde podían llegar los Estados Unidos para mantener la isla como colonia. Recordemos brevemente que para marzo de aquel año infausto, había sido convocada una marcha pacífica precisamente en contra del anexionismo y del apresamiento de que había sido objeto un año antes Alvisus Campo, por conspirar contra el poder de los Estados Unidos. Aun habiendo dado permiso el alcalde para hacer la actividad política, al enterarse el gobernador (un general gringo), decidió prohibirla, pero asumiendo el pérfido procedimiento de preparar primero una vil represión policial, montando con los cipayos puestos de francotiradores con fusiles en todos los flancos por donde estaría el grueso de los participantes. Al momento en que los manifestantes entonaron el himno de Puerto Rico que, con la bandera, estaban prohibidos por los yanquis, comenzó el fuego cruzado desde todos los lados sobre la multitud congregada, durante 15 minutos aproximadamente. Al final, el saldo conocido es de 20 muertos y 100 heridos, incluyendo mujeres y niños.
Esta cruel masacre que el gobernador pretendió justificar diciendo que los manifestantes estaban armados, fue una canallada tan escandalosa que el gobierno yanqui se vio obligado a formar una comisión investigadora que demostró que la gente estaba en estado de indefensión total. Se trató de un vil crimen para aterrorizar a los puertorriqueños que abogaban por la independencia. En sí, con ella se colocó la característica fundamental de violencia con que los gringos sostendrían la invasión.
Al volver en 1947 de su sitio de reclusión en Atlanta, donde permaneció durante 10 años, en medio de un tétrico ambiente de represión sostenida, que incluso implantó por ley desde 1948 la prohibición de hablar de independencia, Alvisus Campo fortalece la resistencia con acciones que durante los años 50 dan notoriedad a la causa liberadora. Memorable es la rebelión popular de Jayuya, acontecida en octubre 30 de 1950, y donde Alvisus Campo y sus copartidarios centraron sus mayores esfuerzos, sin descuidar los levantamientos en otros lugares como Mayagüez y Ponce.
En esta rebelión de Jayuya se destaca como insigne dirigente del independentismo la animosa revolucionaria Blanca Canales. Con 44 años de edad, desde joven se había vinculado también al proyecto que conducía Alvisus Campo. Las huestes por ella dirigidas toman Jayuya, que era su pueblo natal, y logran controlar las fuerzas policiales en un enfrentamiento armado en el que también subordinaron a las autoridades y la alcaldía, lugar donde enarbolaron la bandera de Puerto Rico libre. Durante tres días controlaron el poder en Jayuya, pero finalmente los yanquis bombardearon y ametrallaron la localidad para someter a los dignos patriotas borinqueños mediante el terror y la muerte.
Blanca Canales fue condenada a 25 años de prisión, hasta los años setenta, época en que también por indulto salió en libertad. Sin claudicar continuó la lucha hasta 1996, año en que murió a la misma edad de Lolita Lebrón, con quien pasó parte de su presidio en Estados Unidos. ¡Qué ejemplo de dignidad!
Alvisus Campo también fue encarcelado y nuevamente condenado a prisión hasta 1954, tiempo en que gracias a la presión internacional fue liberado; pero el imperio no perdona; entonces lo acusaron del acción protagonizada por Lolita Lebrón en 1954 y fue condenado a permanecer en prisión durante otra década, hasta el 64.
Por varios años, siendo mandatario cipayo de la isla Luis Muñoz Marín (gobernador de Puerto Rico en cuatro mandatos consecutivos), Pedro Alvisus Campo fue torturado en la cárcel y disminuido en su estado de salud mediante vejámenes y radiaciones experimentales. Cuando su estado físico era evidentemente lamentable, gracias a las crecientes denuncias internacionales que exigían su libertad, este titán de la independencia puertorriqueña, fue remitido a un hospital para que sobrellevara los padecimientos que al final lo condujeron a la muerte en 1965. Sin duda, podemos decir que el ingente combatiente boricua fue asesinado, pero su semilla continuó floreciendo en las gentes que como Lolita Lebrón constituyen hoy la llama ardiente, fulgurante, que alumbra el camino de la definitiva independencia para la América Nuestra.
¡Gloria eterna quienes han entregado su vida a la causa de Puerto Rico Libre!
¡Gloria eterna a la inolvidable y heroica Lolita Lebrón!

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