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Con la pregunta ¿cuánto resiste el aguante? No me refiero propiamente a la resignación de este pueblo ‘sufrido y aguantador’ ante el apretón económico a quemarropa del actual gobierno, que le cobra a los cada vez más pobres el costo principal de una guerra por la seguridad de los ricos y potentados.


Utilizo esta pregunta para responderla, a propósito de una igual de redundante utilizada por un concejal de Bogotá en el ‘resúmen analítico’ de 2002 de la revista Semana, en un artículo titulado ‘¿Cuánto aguanta la resistencia?’-en el Diccionario Clave, resistencia significa: capacidad de aguantar- . Trata el concejal Florez de reducir el caso colombiano a los llamados ‘movimientos por la paz’ insinuando la bondad de su conversión para que se definan como servidores incondicionales del Estado.

Por eso el tema que traigo es la resistencia en Colombia, cuyo contenido e historia quieren torcer algunos soñadores o malintencionados quienes creen –o quieren hacer creer- que un estado descompuesto, dependiente, terrorista e injusto, puede ‘aguantar’ y acompañarse con un pueblo que es precisamente la víctima sufrida de la corrupción, la dependencia, el terrorismo y la injusticia. En Colombia por el contrario, hay una fuerte resistencia contra ese Estado.

En nuestro país -en el presente y en la historia reciente- encontramos a muchos movimientos resistentes: las marchas campesinas y cocaleras, los paros cívicos, los bloqueos populares reclamando servicios y otros derechos, los movimientos estudiantiles, los presos políticos, las luchas de los desplazados a manos del paramilitarismo de estado, la izquierda reducida a tiros y ahora a la ilegalidad, los intelectuales que no se venden, el sindicalismo también mermado violentamente, las justas peleas de los vendedores ambulantes y otras muchas formas.

Todas estas expresiones de lucha se mantienen, muy a pesar de tanto engaño, de tan agresivo velo fabricado por los grandes medios. Y surge desde hace 40 años una resistencia mayor y más fuerte, en gran medida provocada por la actitud violenta y cerril de la oligarquía: el terror practicado por los dominantes ha obligado a los resistentes a usar y apoyar las armas.

El más auténtico movimiento de resistencia civil que existe en Colombia, se expresa hoy en el acompañamiento popular a la insurgencia armada. El movimiento insurgente es mucho más que un ejército guerrillero. No hubiera sobrevivido ni se hubiera fortalecido en medio de las ofensivas crecientes, con ultimátum incluido por todos los últimos gobiernos, si no contara con respaldo sólido de una parte importante del pueblo. Eso lo hace aguantador e invencible.

El Movimiento tiene cuadros dirigentes con experiencia de país y dispuestos a no morir servidos en bandeja de plata al terrorismo del Estado. Cuenta con Propuestas claras, tapadas con ansia y celo inocultable por todos los voceros del establecimiento. Saben de nuestra convicción acerca de la necesidad de un nuevo poder por la justicia social y la dignidad, y siguen preguntando en nombre de “todo el país” -léase, de ellos-: ¿qué es lo que quieren las guerrillas?”

Eso es lo que desespera a los dominantes de acá y del norte. Por eso el afán de presionar con Pastrana una desmovilización barata.

Por eso también, ante la actitud digna del movimiento, la agresiva campaña de propaganda -sin argumentos- en contra de las FARC-EP.

La máxima expresión de ese desespero oligárquico la representa su opción por el fascismo y la guerra total con Uribe. Lo impusieron con toda clase de trampas, presiones violentas y especialmente con una campaña de mensajes subliminales mostrando el odio de los poderosos como si fuera patrimonio de todos los colombianos.

El pueblo colombiano va aprendiendo. No puede ser eterno comer cuento a los mismos que se turnan. Cuando saque la lección más profunda, temblarán las “manos firmes” y se sabrá de los corazones. Este movimiento de resistencia se cualificará, se podrá unir, multiplicar y preparar para el asalto al poder.

 

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