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En este día de marchas manipuladas ha fracasado el objetivo militarista polarizador de la sociedad, que el régimen se ha trazado. La campaña especialmente pertinaz contra las FARC-EP, no tuvo acogida por las mayorías empobrecidas de Colombia que no desean más confrontación y desangre, sino la paz.
Ni siquiera el grueso fundamental de quienes salieron a la calle a expresar sus sentimientos de solidaridad con los prisioneros de guerra que permanecen en manos insurgentes se dejaron contagiar del arrebato bélico que tras su falso discurso humanitario transpira ese verdugo goebbeliano del micrófono que es Erwin Hoyos, odre de odios irracionales y mercenario feroz de la guerra mediática, a quien con los más sórdidos y bajos propósitos remuneran los dueños del poder.

 

 

¿Cuál es el sentido de la lucha contra el secuestro que tiene este sujeto y sus similares? ¿Cuál es el sentido de la defensa de los derechos humanos de este cerebro de la mentira para el que no existen las innúmeras fosas comunes? Los millares de compatriotas asesinados por el régimen que defiende con tanto ahínco junto a similares tipo Darío Arismendi y sus adláteres de la difamación asalariada, les son invisibles.


¿No saben acaso que el secuestro es un fenómeno en Colombia del que mayoritariamente participa la delincuencia común, en gran medida con el involucramiento de la fuerza pública, y que un capturado en combate es un prisionero de guerra? ¿No logran asimilar que quienes caen en nuestras manos como retenidos, siendo dirigentes políticos de derecha, es porque instigan la guerra que nos desangra? Con seguridad ellos tienen más responsabilidad en el conflicto que los mismos soldados que actúan con sus fusiles por órdenes de sus comandantes.


Sus vocinglerías no las elevan nunca a favor de los desplazados, por ejemplo, ni para convocar la indignación contra los victimarios de este fenómeno que está claramente en la órbita del régimen. No se les ocurre por un instante exigir del gobierno que esclarezca el paradero de millares de luchadores populares a los que ha desaparecido el régimen durante décadas de represión.  No elevan por un instante sus voces para mostrar indignación contra las miles de fosas comunes diseminadas a lo largo y ancho de la patria, por cuenta de unas fuerzas militares y paramilitares que atienden claramente a una política macabra de terrorismo de Estado, cuya filosofía se diseña en Washington. Nada dicen por los más de 8 mil presos políticos, que en deplorables condiciones de hacinamiento, atestan las cárceles de Colombia viviendo un día a día, en el que estos y los presos sociales sufren inenarrables violaciones a sus derechos más elementales…


Pero bien, no podemos esperar que estas hienas jueguen un papel diferente al de babosear el micrófono cumpliendo lo que les ordenan sus amos imperiales. A nosotros mismos nos corresponde concitar la solidaridad de los medios alternativos e insistir en la necesidad del canje como paso que puede coadyuvar a un entendimiento que conduzca a la paz. Debemos recordar a los practicantes de ese extraño “humanitarismo” que solamente mira para un solo lado, que los padecimientos del cautiverio que ocasiona el conflicto, no sólo pesa sobre los soldados y policías que han caído como prisioneros de guerra  mientras defienden los intereses del régimen oligárquico, sino que también pesa sobre los valientes integrantes de la insurgencia que están presos por luchar por la justicia social y los intereses más sentidos de los desposeídos. Unos y otros tienen dolientes, y de ninguna manera nuestros guerrilleros y guerrilleras, nuestros camaradas en general, pueden seguir siendo invisibilizados sólo porque así lo han decidido los verdugos de este pueblo digno que está cansado ya de las injusticias y los engaños.


Pero en este día 6 de diciembre, además de referirme a esta cruda realidad que recoge el desenlace indeseado que tuvo la intransigencia canalla del gobierno, como si hubiese sido un crimen aleve de la guerrilla, que por más de una década cuidó la vida de estos prisioneros, quería traer a memoria una de las tantas masacres perpetradas por los gobernantes sumisos a Washington. De ella no se acordó el  “señor” Hoyos, ni el “señor”  Arismendi, ni los otros babosos que se arrastran con su verbo falsario hacia donde les muestran un puñado de dólares. Esa masacre, que requiere de la memoria de todos para tener claro a qué tipo de bestias nos enfrentamos, es la masacre de las bananeras de 1928, perpetrada por un régimen que desde entonces ha estado infestado de criminalidad hasta la médula de su osamenta militarista, que se mueve como macabra marioneta al ritmo de los designios de la Casa Blanca.


Entonces, no es por nada que se ha traído la voz indignada de uno de los Buendía, a titular esta nota. Advertimos con ello, que estamos envueltos en la misma tempestad de indolencia gubernamental de siempre y ¡más!


Con el realismo que parece fantasía y fábula, pero por lo exageradamente terrible del derramamiento de sangre en que está anegada la historia de nuestra patria, la narrativa colombiana detalla con crudeza imperecedera, uno de los innumerables capítulos de la criminalidad del régimen oligárquico que aún nos imponen desde el norte para saquearnos y avasallarnos:

Cuenta García Márquez en Cien Años de Soledad, que hacia 1928, después de tantas tentativas de los trabajadores de las bananeras por hacer efectivo su sencillo pliego de peticiones que pretendía acabar con la misma precarización que hoy vive el proletariado colombiano, y después de sufrir todas las patrañas de los abogados y de las trabas de la institucionalidad, “cansados de aquel delirio hermenéutico, los trabajadores repudiaron a las autoridades de Macondo y subieron con sus quejas a los tribunales supremos”. Pero allí “los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca ni tendría jamás trabajadores a su servicio, sino que los reclutaba ocasionalmente y con carácter temporal…”


Y es que en nuestro país, en este Macondo de gobernantes indolentes, terminó el siglo XX y llevamos dos décadas del XXI, sin que para ellos exista el desplazamiento forzado que su terror ha generado; nunca ha habido desaparecidos, ninguna masacre, ni hambre, ni miseria…, ni nada negativo surgido de su avaricia sombría.


En este Macondo de gobernantes ilusionistas desvergonzados, no se han cometido crímenes de Estado ni las injusticias que dieron origen al levantamiento insurgente, como tampoco Juan Manuel Santos es responsable de los falsos positivos ni de la entrega de la soberanía a las trasnacionales que depredan nuestras riquezas naturales.


Parafraseando al Gabo, se sigue desbaratando la patraña del jamón de Virginia, las píldoras milagrosas y los excusados pascuales. En fin, cuando se acaban las excusas vanas, se sigue estableciendo por fallo de tribunal, o por imposición de arrogancia presidencial, mediante proclamas que se repiten con estridencias mediáticas solemnes, la inexistencia del desempleo creciente y de las relaciones laborales en condiciones de precariedad para los trabajadores. Y la existencia del terrorismo de Estado es sólo una invención de la narco-guerrilla.


Y…, tengámoslo claro, como en la época de José Arcadio Segundo, el ejército sigue encargado de “restablecer el orden Público”. Pero lo cierto es que también como en aquella época, hablando bien en serio, tal como lo sospechaba oportunamente nuestro ascendiente macondiano, eso sigue siendo un anuncio de muerte; y ésta, la muerte, el encargo de una jauría que con estolidez soporta “como fuerza al servicio de las trasnacionales, el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el falso sentido del honor”, contra los de abajo.


El resto de la historia está suficientemente sufrida en la propia carne que han lacerado los militares y sus hordas paramilitares; siguen los decretos número 4 de los jefes de la guerra ordenando la represión; siguen los Abadía Méndez y los Cortés Vargas, criminalizando la inconformidad ciudadana y aniquilando al que se oponga al apátrida sistema de injusticia social que han impuesto durante décadas.


Y como en la Plaza de Macondo, nos siguen diciendo que nos quedan cinco minutos para que hagamos la retirada sumisa y vergonzosa del legítimo enfado e indignación. Pero no, el pueblo insiste en rechiflar a los esbirros que amenazan con seguir su orgía de sangre para favorecer al imperio y sus secuaces locales. Así entonces, aunque suenen los clarines que vuelvan a anunciar el principio del plazo mil veces agotado, mil veces ejecutado con millares de fosas y crímenes, se avanza mil veces resucitando el decoro y la decisión de alcanzar la definitiva independencia.


Y claro, señor Santos, como en aquel 6 de diciembre de 1928 lo hizo Abadía Méndez contra los trabajadores de la United Fruit Company en Ciénaga (Magdalena), colocando al país en la vergonzosa condición de república bananera, hoy usted siguiendo la pestilente tradición de quienes le han antecedido en el poder, también pone a Colombia frente a las pretensiones neocoloniales gringas y europeas, a gatas por el camino neoliberal y suplicando que nos desangren con el TLC.¡ Hasta donde tanta abyección!


Ya ustedes han desbocado el fuego, y aquí sí ha habido muchos muertos inocentes que no iremos a olvidar. Así que, tome en cuenta mientras le miente al país con su falso discurso de paz, que esta vez, el tropel colosal no irá en retirada mientras los cuerpos de los inocentes caen bajo la metralla de los que apuntan sus fusiles contra el pueblo. Esta vez, el tropel solo irá creciendo hacia delante.


Según su torcido criterio de tahúr, que apuesta los intereses de la patria en los casinos del neoliberalismo, nadie debe seguir protestando contra tanta bajeza, pues usted tiene la licencia para matar que el imperio entrega a sus filibusteros. Un minuto más, entonces, y usted abrirá el fuego de su maquinaria de guerra que nunca ha dejado de disparar. Pero sepa que estamos embriagados por la tensión de Macondo, por la maravillosa profundidad del silencio cansado de los oprimidos; y si es el caso, repítalo con nosotros señor canalla, nada hará retroceder a esta muchedumbre pasmada por la fascinación de la muerte. Así que ¡Cabrones!, les regalamos el minuto que falta.

 

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