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En un país sin integrar, con escasas vías de comunicación, cuya topografía y geografía desconocían sus propios habitantes; donde el patio de las casas estaba retirado de la construcción, el nombre aquel del sitio a atacar sonaba remoto, distante… muy lejano.
 
Pero no se trataba de extrañas Repúblicas operando sin dios y sin ley dentro del territorio nacional, como sostenía el gobierno. Sus habitantes nada tenían que ver con marcianos, eran campesinos pobres desplazados  por la violencia liberal- conservadora de los años 50s, que en  busca de refugio seguro para sus vidas y familias,  fundaron  pequeños y pacíficos asentamientos, en el caso de Marquetalia, de no más de 500 personas, en las alturas casi inaccesibles de la cordillera central, en el Departamento del Tolima, al sur occidente de Colombia.
 
Fatigados de tanta violencia, odios, olvido gubernamental y explotación, estos labriegos tomaron la decisión de buscar su propia felicidad: trabajar en colectivo, lo cual les permitía descuajar la impenetrable montaña, hacer potreros y crear fincas. Se dieron propias normas de convivencia, la propiedad social primaba sobre la individual. Las utilidades producto del trabajo se distribuían equitativamente, resolvían en asamblea los problemas internos y se brindaban auto-seguridad.
 
Pero no solo realizaban lo anterior. Se atrevieron a exigirle al Estado la construcción de una carretera, un escuelita para los niños, un centro de salud y algunos puentes sobre caudalosos y embravecidos ríos; todo por un costo aproximado de 500 millones de pesos de la época. Como el gobierno solo miraba el carácter “subversivo” de la comunidad, esta justa petición resultó inaceptable.
 
Esta organización para  auto- subsistencia llamó la atención de los gobiernos de los EE.UU y Colombia. Veían ese experimento como la extensión de la Revolución Cubana a la parte continental de Nuestra América. Eso no se podía permitir. El ejemplo era funesto para Colombia y el resto de  países azotados por el abandono estatal, el hambre, la miseria, las enfermedades y la desigualdad.
 
El gobierno se negó a dialogar con ellos. El ataque militar sobre el área flotaba en el ambiente. Un sector importante de la iglesia católica, prestigiosas personalidades nacionales y algunos intelectuales europeos  brindaron sus buenos oficios para evitar un desenlace violento y buscar solución al problema
 
La ceguera política, la soberbia, el desprecio por los pobres y el sometimiento a la geopolítica de los Estados Unidos se impusieron sobre la sensatez. 16.000 soldados emprendieron la cruzada de rescatar Marquetalia del dominio comunista y según ellos, devolverla a la soberanía nacional.
 
Así iniciaron los Estados Unidos, con el Plan, Latin American Security Operation, Laso, y el gobierno colombiano, esta injusta guerra de agresión contra nuestro pueblo. Cientos de miles de muertos, huérfanos, desplazados, lisiados, torturados, desaparecidos; inmensas riquezas materiales y culturales destruidas, daños psicológicos irreparables y un país polarizado, es el saldo de horror para las mayorías hasta el presente.
 
Nuestro pueblo jamás se sometió. Respondió a la agresión con las armas que tenía a mano. La solidaridad de los obreros y citadinos no demoró en llegar.
 
Manuel Marulanda Vélez y Jacobo Arenas destellan en la organización y ejecución brillante de la guerra de resistencia de Marquetalia. Ante la imposibilidad de detener la agresión que prosigues y la necesidad de defender los intereses populares, los Marquetalianos fundan las FARC.
 
Producto de un minucioso análisis de la realidad colombiana, los forjadores de las FARC, adoptaron la táctica de la combinación de todas las formas de lucha de masas para la toma del poder y dotan al movimiento insurgente con un programa revolucionario.
 
La guerra de guerrillas que libra el pueblo colombiano es justa y por las particularidades del régimen político colombiano, tiene plena vigencia.
 
A pesar de ello las FARC-EP intenta, como en Casa Verde, Caracas, Tlaxcala y el Caguán terminarla por la vía del diálogo y la concertación en el entendido que las banderas de la paz perteneces al pueblo del que hacemos parte indivisible.
 
Se requiere voluntad política de las partes; la compresión de la imposibilidad inmediata de una solución militar del problema; la necesidad de no postergar por más tiempo las profundas  reformas democráticas en lo económico, político, social, judicial, ecológico, militar y cultural… reclamadas por la sociedad como camino certero hacía la reconciliación, a plasmar en una nueva Carta Magna, como producto de una Asamblea Nacional Constituyente por la Paz.
 
Más allá de La Mesa de La Habana hay un pueblo combativo, valiente, propositivo, no es inerme ni un mero espectador. El efecto del terrorismo de Estado se siente, la organización y las luchas populares se resintieron, pero no fueron derrotadas, su resurgimiento, su ánimo combativo actual es el verdadero determinante del proceso.
 
Su participación en Foros, seminarios y en otras formas nutre con propuestas a La Mesa. Trabajadas por la Delegación de Paz de las FARC-EP se convirtieron en las 250 propuestas mínimas entregadas en los diálogos, su esencia las convierte en herramienta de emancipación para el pueblo y sus organizaciones, así nada ni nadie podrá impedir a las indómitas mayorías imponerlas como contribución a la reconciliación y la paz.

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