Siendo la paz la oriflama estelar de la campaña electoral, se observa con preocupación en algunos candidatos una ignorancia supina sobre el estado real de las conversaciones y los avances del proceso de paz. Sea quien sea el Presidente no tendrá un reto más importante que el de rubricar la paz, el fin de conflicto, sobre bases sólidas proporcionadas por cambios que impliquen democracia verdadera y el buen vivir para la gente del común, cambios que ha esperado toda la vida.

Colombia está hasta la coronilla de JJ. Rendones, de Chica y de los “Comba”; de millones de dólares mal habidos impulsando campañas presidenciales; de la “yidispolítica”, de las chuzadas de lo que fuera el DAS, la inteligencia militar o la CIA directamente. Es “guerra sucia”, grita un bando; no, es un crimen, riposta el otro; que el derechista Hoyos, que el “pirata informático”, que demandas por calumnia; agua sucia para acá, agua sucia para allá de una minoría plutocrática a otra, mientras los colombianos con ojos de perplejidad, contemplan la degradación de la política y la actitud desvergonzada, irrespetuosa, de unas élites mafiosas que capturaron el Estado para sus propios beneficios, con el trasfondo de un sistema electoral totalmente deslegitimado.

La política en Colombia tiene que cambiar para bien de todos, y sobre todo, para sentar las bases de la paz con justicia social, democracia verdadera y soberanía, lo cual solo puede ser andando el camino de la Constituyente.

“Basta ya” es el grito que brota de millones de gargantas y puños crispados. Hemos sido mal gobernados, engañados, reprimidos con violencia, castigados con el látigo inhumano de las ganancias capitalistas, y la entrega de nuestras riquezas a las trasnacionales en actitud impune de lesa patria. Todo se está privatizando y el Estado ha olvidado sus obligaciones de garantizarle buen vivir al pueblo. Nos tratan con desprecio, nos humillan…

Las organizaciones sociales y populares, hoy movilizadas en toda la geografía nacional reclamando a unos sordos contumaces sus derechos, están llegando a un momento en que no tienen ya otra opción que la de unirse en un gran frente político, en una alternativa multitudinaria que convoque a los de abajo, a las capas medias, a la juventud y a las mujeres, a los indígenas y a los afro, a todos, para colocar en el Palacio de Nariño, la fuerza de las mayorías, la voluntad nacional y la razón, el sentido común y la dignidad; es decir, el protagonismo del soberano, para que una vez por todas, los usurpadores, esa minoría oligárquica que desde 1830 se tomó el gobierno para enriquecerse y defender sus intereses egoístas, cese en su depredación.

Como en los tiempos de Gaitán, Colombia sigue clamando la restauración moral de la República y el cambio ya; no esa demagogia barata que solo produce cambios para que todo siga igual. El pueblo tiene derecho a ser gobierno. Que gobierne el pueblo.