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En el camino hacia la paz, se lastimó un poco.

Alguien dijo alguna vez que uno no hace la guerra porque odia a quien tiene enfrente, sino porque ama a quienes tiene detrás. Y si bien creo que eso es cierto, también sé que cuando la guerra comienza, el odio entra, no importa si se le llama o no. Sin pedir permiso, el odio entra. En nuestro caso, afortunadamente nunca le permitimos entrar en nuestro corazón y por esa razón, no ha sido difícil dar el paso que dimos.

Hace más de un año decidimos en Colombia dejar atrás la guerra e intentar avanzar hacia la democracia, con sus miles de fragilidades. Es una forma de amar a la paz, a la convivencia, aún imperfecta, que es mil veces preferible a cualquiera de las formas de la guerra.

Los colombianos decidimos debatir, comprender, abrazar, rechazar, y hacerlo con energía, con vehemencia y pasión, pero sin violencia. Así de incómodo, así de difícil de entender, para quienes se alimentan del odio, es lo que decidimos. Esta paz nos ha costado vidas, pero que ya ha comenzado y no se detendrá si seguimos atentos, despiertos y decididos a no permitir que el odio entre en nuestros corazones.

Mi corazón es feliz con esta idea y aunque casi me mata el otro día, sé bien que mi corazón es feliz así, lo sé porque me lo hizo sentir. Se manifestó al respecto hace unos días, con mucha claridad y con tanta intensidad, que terminé en una clínica. Su mensaje fue claro, me dijo que me tengo que cuidar para seguir luchando con amor y por el amor que nace de él.

Ese es un mensaje también para quienes viven con el odio en el vientre.

¡Viva Colombia!

¡Viva la lucha pacífica por el bien del común!

¡Viva el corazón de la paz que seguirá latiendo!

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