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Él era hijo de Jesús del Río y Dora Canales, dos españoles bondadosos, luchadores antifascistas, que le dieron desde su humildad la crianza amorosa que lo moldeó como un joven profundamente humanista y sensible con las penas ajenas.

Sin duda, tenía mucha hechura Caraqueña, mucha sustancia de venezolano y de Bravo Pueblo; pero su mezcla de elementos caribes amalgamados con las más puras esencias de solidaridad, lo convirtieron en un hombre de todas partes; en un hombre formado con la espiritualidad nuestramericana y del internacionalismo proletario en el sentido más universal de su significado; es decir, aquel que le daba la confianza para creer en la ingente fuerza liberadora de la humanidad sufriente que piensa y de la humanidad pensante que sufre como propia la opresión ajena, y que por eso se levanta y lucha por la construcción de un mundo sin explotadores, tal como Paul lo hizo durante toda su vida, ya desde las armas o ya desde la flama de su verbo indoblegable.

Él también era y seguirá siendo, como la permanencia de su nombre de agua que fluye y da vida, el valiente Máximo Canales. Con ese nombre militó desde la edad de 19 años, en las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), enfrentando como guerrillero, al régimen de Rómulo Betancourt.

Por sus ideas y su lucha revolucionaria en favor de los oprimidos, estuvo prisionero en la cárcel Modelo de Caracas, en la Penitenciaria de Trujillo y en el Cuartel San Carlos, donde mostró su temple de inclaudicable, tanto como lo hizo en sus tiempos de combatiente internacionalista en el Frente Sur del FSLN en Nicaragua, donde también combatió contra la dictadura de Anastasio Somoza.

Toda su actividad revolucionaria estuvo acompañada con la constante del arte, desplegando caricaturas, pinturas y poesías desde su corazón hechizado por la magia de lo real maravilloso, propia de los soñadores y forjadores de mundos diferentes a aquellos de desigualdad, miseria y sumisión.

“Con alguna palabra hay que hablar después de este silencio”, nos dijo Paúl en alguno de los versos insurgentes, para dejar en la conciencia de la gente el eco vivo de la verdad de “los de abajo”, de los que nunca son escuchados porque claman justicia a los ensordecidos por el poder del capital. Y a aquella construcción poética ponía el fondo marcial de la ametralladora, cuando tose “su feroz canción de patria”, solo para recordarnos que “Algo tienen que ver las perspectivas de hoy con su FAL montado y el dedo en el gatillo, listo a detonar la alborada de sus sueños”.

Paul del Rio, hermano y amigo, puño de pueblo levantado hacia el decoro, seguirá siendo fuego moral y munición en el combate de los pueblos por su libertad y dignidad.

¡Gloria eterna a Paúl del Río!

DELEGACIÓN DE PAZ DE LAS FARC-EP 

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