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E. H. Gombrich poco a poco en su escrito lleva al lector a meditar sobre la relación que existe entre el arte, los artistas y el espectador. Y en ese tránsito va haciendo algunas conclusiones como que “la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema”, por ejemplo. O que varían mucho los gustos y criterios acerca de la belleza, etc.


Entonces, dice el citado autor que la palabra arte “puede significar muchas cosas distintas, en épocas y lugares diversos”. Y llama a advertir que el Arte, “escrita la palabra con A mayúscula, no existe, pues el Arte con A mayúscula tiene por esencia que ser un fantasma y un ídolo”.
¿Qué es lo que a uno u otro observador le gusta ver en los cuadros?

¿Qué es lo que el artista desea que veamos?

¿Querríamos encontrar en una pintura o dibujo el retrato de la realidad o algo más?

¿Puede haber enlace entre lo bello y lo terrible, entre lo estético y lo terrorífico?

¿Un criterio sobre la belleza es lo que debe primar en una obra para ser considerada artística?

¿Cuál es ese criterio?

¿Ó, acaso lo que buscamos es un determinado tipo de expresión?

¿Ó es esa determinada expresión de una situación o personaje en el escenario del cuadro lo que nos termina conmoviendo o impactando sin que para ello se hubiese estado predispuesto?

Una obra de arte puede implicar diversas situaciones, expresar y generar disímiles sentimientos a partir de la comprensión de lo en ella plasmado, o hasta por los enigmas que de la obra se deriven como consecuencia de su complejidad, etc.

En el caso de la obra de Inti Maleywa, que ahora se expone como conjunto de siete series diversas, en la galería virtual de la página WEB de los Bloques Iván Ríos y Martín Caballero de las FARC.EP, está claro por lo que ella misma nos ha expresado en otras ocasiones, que “su” creatividad no la entiende como resultado de la genialidad individual sino como hechura de ella con su entorno. Es el colectivo en el que se desenvuelve, del que se nutre y con el que se inspira como el sujeto colectivo de la creación, sin que ello implique la plasmación del color por manos múltiples sino el convite de los sueños, los anhelos, los sacrificios y los sentimientos del “nosotros” insurgente.

En efecto, y lo creo con certeza, los trazos de Inti dibujan y colorean con el tinte solidario y amoroso, valeroso y combativo de la guerrilla fariana; desde la reflexión más profunda que encierran la convicciones revolucionarias hasta el transparente cristal de la cotidianidad guerrillera que Inti vive intensamente, ya prestando el servicio de la guardia, cocinando para sus compañeras y compañeros, aseando su fusil, estudiando los documentos políticos, organizando a los campesinos de las áreas por donde marcha con su equipo de guerra al hombro, portando sus cosas de combate como sus cartulinas y lápices de colores mágicos.

¿Es, entonces ella una artista aficionada, que por entretenimiento o placer y gusto solamente dispone de su “tiempo libre” para pintar? No, no hay tiempo libre para Inti; no hay segundo que no lo dedique al trabajo revolucionario, y dentro de ese trabajo revolucionaria están los momentos que toma para plasmar lo que advierte como los sentimientos más profundos de los combatientes bolivarianos de la Colombia comunera. Con lluvia o con sol, en un breve alto de camino; sentada en un tronco o en una roca; sudorosa y cansada ella…, nuestra Inti Maleywa, preciosa guerrillera que se estremece con los sufrimientos y alegrías de su pueblo, es Sol de los oprimidos Inti y creación de vida Maleywa. Nombre de verba quechua y wayuu, que expresa la búsqueda acuciosa de la identidad nuestramericana descifrándose, además, no propiamente como alguien que ha decidido ser artista. No; ella es guerrillera y naturalmente expresa la voz de su alma con los ocres o los verdes, con los amarillos y los azules…, con el prisma de su alma encendida, vertiendo el arcoíris de su fe en la Patria Nueva, a pesar de los sufrimientos que los oligarcas desbocan sobre las masas oprimidas del orbe.

Inti limita su producción a formatos de papel o cartulina que no exceden el tamaño de un metro por un metro. Y aunque perfectamente suele dibujar con cualquier ramita de algún árbol, un paisaje enorme en la playa de un río, o en cualquier explanada de tierra, la movilidad que implica la vida guerrillera le impiden cargar con caballetes y materiales de tamaños mayores al que por ahora utiliza en su trabajo. También aunque maneja diversas técnicas, renuncia a muchos de los procedimientos y texturas que quisiera, porque en la práctica, son los lápices su artillería más portátil que bien puede llevar junto a sus municiones y enseres personales. Sin duda, en su caso más que en cualquier otro, el medio y las vicisitudes de la guerra, condicionan en gran medida su estilo de trabajo. Pero, al mismo tiempo, su enorme sensibilidad social y la condición de revolucionarios de ella y sus camaradas, marca el acento principal de la temática que desarrolla, sin encadenarse a cánones de perspectiva occidentalista o renacentista. Libre de estipendios y comprometida plenamente con su causa, su mayor glorificación es la de la lucha por los demás. Es sólo al servicio del pueblo que está dedicada su obra, con plena libertad de elección en sus conceptos ampliamente colmados de originalidad.

Quienes le conocemos, valoramos en Inti su estoico carácter y abnegación; valerosa mujer es ella, alzada en armas desde sus convicciones justas e irreductibles que expresa digna en la trinchera bolivariana, con el fuego rebelde anti-oligárquico como con las tonalidades, matices, claros y oscuros de sus emancipantes colores insurgentes.

Es ostensible la maestría, la destreza técnica, la habilidad de embrujo, la coherencia y el dramatismo que expresa cada cuadro y el conjunto de la obra de Inti Maleywa. Al lado de la enorme carga emocional saltan a la vista los pigmentos de una racionalidad llena de sensatez y sabiduría respecto a lo que es el conflicto político y social que sufre Colombia. Hay conocimiento de causa y compromiso evidente en favor del pueblo victimizado, al contemplar este conjunto de series que Inti ha titulado La Resistencia, y que configura una situación compleja en la que si utilizamos la categoría de “bellas artes” para denominar el marco que arropa al conjunto, tendríamos que decir que muchos de los sucesos están plenamente empapados de aspectos tortuosos y desagradables, por decir lo menos, en tanto se conjuga la plástica de lo terrible. Pero esa es nuestra realidad y en ella destella, a pesar que la muerte sea protagonista cimera de gran parte del conjunto, la justa vindicta contra los victimarios y se traza el sendero luminoso de la lucha y la esperanza multiplicadas con la presencia de la unidad continental en el horizonte delineado por la historia. En la línea del tiempo se recogen imágenes vivificantes de hombres y mujeres de la talla de Manuelita Sáenz, Bolívar, Martí y toda una constelación de héroes del pueblo que han dejado el ejemplo del combate que hace vislumbrar como posible la emancipación de los de abajo.
Nadie desde la selva y como guerrillera, había mostrado con la plástica, entre los destellos de la Patria grande soñada por El Libertador, la realidad de la Colombia profunda en resistencia contra la opresión imperial. Inti lo viene haciendo con la misma convicción de Gombrich, en cuanto a que no existe Arte, con mayúscula. Mucho menos podría imaginarse transitando el absurdo “idilio” falaz del “arte por el arte”. Inti es guerrillera y su expresión pictórica es también acción revolucionaria, práctica de su sensibilidad estética como parte inseparable de su cotidianidad de combatiente, que sufre la realidad terrible de la Colombia explotada, haciendo conciencia de que una praxis estética militante no puede desligarse jamás de la vida de los sufrientes.

Entonces, ¿qué sería lo bello en su obra, cuando como conjunto refleja el terrorismo de Estado que padecen sus compatriotas?

Los paisajes, el campo, la sangre, la floración de lo bucólico, pero también la vida que palpita en la manigua, los pequeños insectos y gusanos, los líquenes y bejucos, los gusanos, grillos y mariposas…; todo ello haciendo fulgir la sobrevivencia en esa cruzada realista y cruda de la patria herida por la iniquidad de los explotadores.

No es del caso, aquí, frente a la franqueza pictórica de Inti, frente a su modesta sencillez que sólo pretende plasmar su infinita solidaridad combativa, entrecruzando su fusil con sus pinceles, sus balas justicieras con sus tintes de sangre y esperanza, meternos en los laberintos de las teorías estéticas para preguntarnos si es la percepción sensible la que captará la belleza de sus combinaciones cromáticas, o los horripilantes padecimientos del pueblo que denuncia con sus lápices.
Más que “sentimiento estético” es la sensibilidad humana la que dará las claves para la máxima compenetración con la interioridad hermosa de ésta combatiente que actúa embebida de altruismo e indeclinable determinación de lucha.
La estética en esta obra, se macera ineluctablemente con los sufrimientos del pueblo, de donde emerge con el brillo de luz que da la esperanza en la lucha. Así son los colores de Inti Maleywa, teñidos de la dialéctica que se encierra en este mundo en el que la tragedia hace su debut sin lograr jamás obnubilar las gamas del optimismo en el futuro, que encienden sus tonos hasta el tornasol de la victoria.

¿Qué contemplar en su obra: más el color, más la forma, el tema, la expresión…?
Lo uno no debe excluir a lo otro, mucho menos frente a la evidencia diaria de la inmensidad de la naturaleza, el hogar del guerrillero que de manera pródiga entrega inspiración incesante como razones y más razones entrega el sufrimiento de nuestro pueblo para seguir adelante. Y en este caso, inaugurando una marcha muy especial, no común, consistente en crear una obra partiendo del imaginario colectivo, de su motivación, su indagación, su fiel interpretación y síntesis, hasta llegar a la formulación de una práctica insurgente que combina de manera muy natural la plástica pictórica y el combate; subsumiendo en la praxis guerrillera la estética original, sin purismos formalistas.
Realista y marcadamente sub-realista es al mismo tiempo la obra de Inti Maleywa, en el sentido de que si bien expresa la crudeza cierta del conflicto social que padece Colombia por cuenta del imperialismo y sus lacayos locales, al momento de auscultar en la representación nos encontramos con trazos fuertes, de colores muy firmes, decididamente marcados y mezclados sin dubitación…, que se desbordan en creatividad y en subjetividad que pone a danzar la imaginación, haciendo de hojas peces, de raíces rostros, de bosques danzas, de cabelleras ríos…, de la realidad magia y maravilla sin enigmas ni ambigüedades. A veces trasportándonos a los contrastes vivaces y azulados de Cacaxtla, mostrando también, me parece, atención por la trascendencia del ser humano, pero ya no en el sentido de mostrar inconformidad con la sola existencia terrenal sino con la existencia en condiciones de explotación e imperancia del terror de los explotadores. La trascendencia sería, así, hacia un estadio de liberación. Y valga decirlo, todo mezclado preponderantemente también con alegorías que resaltan el amor a la tierra, al bosque, a las aguas, al viento, a la vida en libertad y decoro.
Paisaje, naturaleza, historia, batalla, fantasía, alegoría, símbolo, dramatismo…, síntesis de esto y más dentro de una práctica libre del trazo y el color, con un lenguaje propio que expresa el sentimiento colectivo y el deber de compromiso con el cambio revolucionario, es lo que evidencia la obra de Inti.
No obstante, la seña del influjo precolombino se devela no solo en el nombre de nuestra guerrillera, sino además en su manifiesta admiración por la obra de Rivera y Siqueiros, entre otros monstruos del muralismo. Por ello decir que la originalidad de Inti deriva de sus raíces afincadas en el pasado más nuestro de la América prehispánica no es exagerado. De alguna manera salta a la vista la negación del eurocentrismo y el impacto de las coloraciones de Cacaxtla, como ya hemos dicho, o las de Bonampak en Chiapas, fluyendo ahora en nuevas escenas de la guerra, en la recapitulación del dramatismo que encierra el dolor y las victorias, o los giros estéticos que vuelan en los plumajes fantásticos de los pájaros, o en las formas a veces inverosímiles que surgen de cada insecto, de cada nube, de cada gota de aguo, de cada trazo o escorzo hechizado de Inti Maleylwa, que obviamente, como diría J. G. Herder en el plano de la llamada sociología del arte, y dentro de esa línea que sostiene que el conocimiento de la sociedad es condición necesaria para interpretar toda obra de arte, ya que ésta es un reflejo de un proceso social general: ella y el artista, dice, “llevan las cadenas del siglo”. Pero, eso sí, en el caso de Inti Maleywa, para romperlas a favor de la libertad y el comunismo.

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