• 1

Era el último minuto del segundo tiempo de juego...; dicen que la patada que le dio el terrible paraco al que llamaban Comandante 35 iba con tal fuerza que habría podido meter al arquero en el fondo de la malla. Entonces, con euforia, los de uno y otro equipo en el juego de aquella macabra tarde sangrienta dieron un grito de ¡gol! para festejar en conjunto la jugada del “jefe”. Pero el cañonazo pegó en el travesaño...

Cuentos Breves desde la montaña.

Aquel intenso dolor que la desgarraba se fue desvaneciendo entre los inenarrables sentimientos  de amor y de alegría que se multiplicaron hasta el infinito cuando escuchó su llanto.

 

Cuentos Breves desde la Montaña.

Pudo ser, y es casi seguro que si lo fue, una siembra de su maestro; aquel cuyo epílogo se desenvolvió fabricando las potenciales luces que guardan los pabilos.

Una de las tantas veces entre las más tempranas en que lo dijo  fue jurándolo en el Aventino. Pero cuando pasó por Grafton Streer  en Londres, cinco años después quizás, con su mente bastante abonada para cualquier siembra de grandeza, es inimaginable que aquel otro fabricante de utopías necesarias no hubiese sido quien le afianzara la idea de hacer la labranza de la Colombeia.

 

Cuentos breves desde la montaña
Ensimismados parecían estar observando el silencio de los muertos. Sentían como si un frío oscuro los abrazara de repente. Esas horas de luto que se alargan como siglos; ese sigilo de la esperanza que anuncia lo tan anhelado que aún no llega...
(A propósito de la agonía política del führer de Salgar)
Nadie recuerda cuantas veces escondió su mirada extraviada tras las gafas oscuras que usaba cuando iba a lanzar ráfagas de improperios  y la reiterada orden perentoria de ir por ellos y perseguirlos hasta acabarlos. Es más, lo había prometido, lo había jurado muchas veces: los acabaría. Y hasta se había puesto plazos que culminaban una y mil veces sin los resultados por él deseados.

Videos