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(Escrito en honor a los camaradas Roldán, Mosser, Ramón, Néstor, María Eugenia y Diana, caídos en combate en la vereda Arenosa, municipio de Aracataca, Magdalena. un 24 de abril de 2008)

Marcaron con sus pasos el futuro,

con sus huellas hicieron caminos de dignidad,

la Nevada los conoce de memoria,

nunca olvidará su imprescindibilidad

de hidalgos consagrados al servicio del pueblo,

a la causa del porvenir,

Otro noviembre más

que no estoy junto a ti,

el día de tu cumpleaños

brindo en tu honor,

y en mi ideario imaginario,

te veo como filigrana

igual a cuando te conocí

una mañana del noventa y dos

en aquel paraje del Chocó.

No hay silencio
aunque con balas
quieran destruir al hombre,
las ideas y su nombre.

Este mi poema

es un poema de vida

que aún no he terminado,

y aunque yo no lo termine,

habrá otros que lo culminen

ese día que la semilla germine,

cuando se recoja el trigo

y se haga pan para el pueblo,

sólo entonces y es cuando entonces

se dará punto final.


Pero la memoria de Dwanawindwe, quien ya había retornado del kaadukwa de Dulyiskawa a su pequeña kankurwa montañera, cualquiera fuera el camino que tomara, tropezando entre dudas y atisbos de recuerdos inciertos, se precipitaba hacia cosas indeterminadas que seguramente ya había escuchado de niño en la caverna. Todo le era como reverberación de pensamientos que convergían en un punto común que hacía eco en su mente: Matuna, Matuna…

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