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Pese a que la Refrendación es uno de los últimos puntos en la Agenda de debate en los Diálogos de La Habana, desde muy temprano surgieron planteamientos antagónicos entre los representantes del gobierno y los comandantes guerrilleros. Esto se debe, a que la forma en que se decida ratificar lo acordado, brinda las posibilidades, o no, para una verdadera reforma de la pseudo-democracia que vivimos en Colombia desde hace más de 200 años. Si de lo que se trata es cambiar todo para no cambiar nada, haciendo un tipo de simulacro democrático, en el que se mantenga inalterada la explotación y dominación propias del sistema capitalista, la mejor forma de cerrar los acuerdos de paz es la realización de un referendo. Esta propuesta, como muchas otras se ha querido imponer a través del control jurídico del Estado, dejando en evidencia sus verdaderas intenciones, que no son otras que la de reproducir más de los mismo, al mejor estilo del gatopardo.

Por otro lado, en la Mesa de Diálogos por parte de las FARC-EP se ha presentado la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente de carácter popular, iniciativa que ha recibido el apoyo de amplios sectores y organizaciones sociales, pues se reconoce que este mecanismo de participación es la única alternativa actual a través de la cual no sólo se garantiza una participación real del pueblo en el fin de la guerra, sino que también, a través de la participación del constituyente primario, se sientan las bases jurídicas y políticas que realmente rompan con la autocracia sobre la cual se sostiene el Estado Oligárquico.

Es decir que la Asamblea Nacional Constituyente direccionada por el pueblo puede garantizar dos objetivos fundamentales; por un lado la verdadera participación popular, y por el otro, la reestructuración que se debe hacer al Estado colombiano para alcanzar una paz con justicia social, que va mucho más allá que al silenciamiento de los fusiles.

Sin embargo la cuestión no es tan simple como a primera vista se nos puede presentar, pues los sectores más reaccionarios de la política nacional, encabezados por el Centro Democrático, entran con fuerza, no sólo a impedir que se pueda refrendar lo acordado en la Mesa de la Habana, sino que se plantean como objetivo final, la restauración de todo el aparato paramilitar compacto y unificado, para garantizar la retoma del poder por parte de Uribe Vélez y sus secuaces.

El uribismo tiene clara su estrategia frente a las dos opciones (Asamblea Nacional Constituyente y el Referendo), y aunque la primera le apetece más que la segunda, las dos alternativas le brindan diferentes posibilidades al interior de su proyección política. Teniendo en cuenta que a través de una Constituyente se configuran las bases sólidas para un determinado proyecto de país, antes de las elecciones presidenciales y parlamentarias del 2014, el Centro Democrático expresaba a cuatro vientos la necesidad de la Asamblea Constituyente, pues a su modo de ver, era necesario reestructurar el Estado para crear una plataforma jurídico-política que profundizara las mediadas del modelo neoliberal, y sobre todo, le cerrara las posibilidades a las organizaciones y movimientos sociales, entre ellos las guerrillas, que han inaugurado un ciclo político que generan estrategias de enfrentar el neoliberalismo, de cara a la construcción de una Nueva Colombia. Para el uribismo la Asamblea Nacional Constituyente equivale a un nuevo Pacto de Ralito, sólo que ahora con un carácter constitucional. 

Los planes del Centro Democrático sobre la Asamblea Nacional Constituyente se deben empezar a redefinir en el momento en que no consiguen los resultados esperados con la candidatura de Zuluaga en la presidencia, y los representantes a la cámara y el senado; la fuerza que consiguen institucionalizar en el legislativo, a pesar de ser de gran relevancia, no les alcanzaría para comportarse como poder hegemónico al interior de Estado, por lo cual empiezan a trabajar en el plan B, que consiste en generar una oposición reaccionaria al referendo propuesto por el gobierno de Santos.

Pero no sólo es la insuficiencia de la fuerza del uribismo al interior del parlamento y en sus bases sociales lo que hace que se evalúen la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente hegemonizada por los sectores reaccionarios; pues se debe tener en cuenta la jugada política del presidente Santos, quien realizó toda su campaña de reelección bajo el discurso de la paz, a la cual se unieron diversos sectores sociales, que aunque con lecturas distantes, concuerdan en que la salida a la guerra debe estar enmarcada en acuerdos políticos.

Juan Manuel Santos logró agrupar amplios sectores sociales con la idea de firmar la paz; al interior de estos sectores se encuentran los intereses de la llamada burguesía industrial, minero-energética y agro-exportadora, que vislumbran en los diálogos de La Habana la posibilidad de implementar todo su modelo explotador una vez la guerrilla haya entregado las armas; mientras que por otro lado, los sectoresdemocráticos y de izquierda que se sumaron a la campaña de Santos como medida de contención hacia el uribismo, reconocen en los diálogos de La Habana la posibilidad real de reformas necesarias y la democratización social, política y económica en el país.

En una misma campaña se enfrentaron intereses antagónicos que no se resolverán en las urnas, sino en la lucha cotidiana de las organizaciones y las masas.Bajo este panorama las cartas políticas quedan abiertas: El uribismo intentan recuperar fuerzas para impulsar una Asamblea Nacional Constituyente de orden reaccionario que le permita volver al control del gobierno y profundizar el Estado Oligárquico; de no ser posible, su estrategia será utilizar el referendo como una campaña política anti-Santos, anti-movimiento social y anti-FARC, para lo cual contará con toda la vieja estructura del control paramilitar, determinados sectores de las fuerzas armadas y algunos medios de comunicación. Las posibilidades del uribismo para tumbar el referendo y votar en contra de los acuerdos de la Habana, será apoyada por sectores poderosos de la economía nacional y los grupos políticos que siempre han estado bajo su orientación. Los objetivos son claros, impedir los acuerdos de paz (jugando la carta contra el referendo) y reinstalarse en el poder para profundizar el Estado terrorista (a través de la Asamblea Nacional Constituyente reaccionaria); en ambos casos la guerra estará presente, no sólo reproduciéndose, sino haciéndose más intensa.

La propuesta de la paz no es una sola, pues bajo esta misma bandera se encuentran proyectos diferenciados de país, tal y como lo mencionamos anteriormente. El Santismo le apuesta a una paz en la que las guerrillas entregan las armas y se reincorporan a la vida civil, sin hacer ningún tipo de reforma estructural del Estado. La modernización de la economía bajo los principios de la explotación capitalista estará encargada de generar más ganancias a los sectores burgueses del capital nacional y extranjero, a costa de las penurias de la gran mayoría del pueblo trabajador. Para estos objetivos la refrendación de los acuerdos de la Habana debería realizarse a través de un referendo, pues a través de este mecanismo de participación, simplemente se toman algunas decisiones de poco impacto que no alteran las estructuras centrales del Estado ni del modo de producción.

Aquí el santismo tendrá que enfrentarse a su antiguo líder, ahora en cabeza del Centro Democrático, pero también se tendrá que enfrentar con el movimiento social que, bajo la propuesta de una Asamblea Nacional Constituyente de orden popular, pretende reformar el Estado y democratizar el país. Así entonces, las organizaciones sociales democráticas y de izquierda que consideran necesario enfrentar el poder del capital, desde ya empiezan a construir poder popular, de cara a la contienda política que será entablada en las elecciones del 2015 y 2018, así como a la posible Asamblea Nacional Constituyente con la que se deben cerrar los diálogos de La Habana. Estos sectores tienen claro que con las herramientas del actual modelo político y económico no será posible construir una paz estable y duradera, sino que será necesario abrir caminos de emancipación a través de profundas reformas sociales en beneficio de las grandes mayorías.

El crecimiento de las protestas y organizaciones sociales, con la característica potencializadora de plataformas de unidad electoral y política, amplían las posibilidades de que el pueblo pueda llegar con fuerza a disputar la hegemonía contra el santismo y el uribismo. Los criterios de unidad que poco a poco van estableciendo las organizaciones del pueblo han permitido vislumbrar opciones importantes aunque insuficientes si se reducen a la contienda electoral; es por ello que le apuestan a la construcción de una Nueva Colombia, que sólo será posible con el concurso de las grandes mayorías conscientes y organizadas enfrentando las fuerzas de la oligarquía y la burguesía. La claridad estratégica que debe marcar la diferencia, tal y como se viene demostrando en la acción política, es que los procesos de unidad, si bien reconocen la importancia de la contienda electoral, proyectan un trabajo político más amplio en el que se va construyendo una nueva patria con el ejercicio permanente por parte de los explotados, los dominados y excluidos.

El 2015 estará marcado por grandes contradicciones entre sectores sociales diferenciados que agitan la dinámica política nacional. Los acuerdos que se vayan alcanzando en la mesa de diálogos de La Habana, los posibles  acuerdos con el ELN, las elecciones locales, el enfrentamiento entre los partidos, al igual que los combates trazados por los movimientos sociales, necesariamente deben ir creando un contexto más claro para el reconocimiento y actuación en el la lucha de clases. Este panorama encontrará grandes límites o posibilidades a la hora de acordar el fin de la guerra; por eso el pueblo colombiano debe tener claro que se encuentra en medio de diversas propuestas, algunas de ellas antagónicas, y para alcanzar los resultados más favorables para las grandes mayorías, serna necesario profundizar el ejercicio político democrático e incluyente tanto en el campo como en la ciudad.

El movimiento popular debe responder con determinación contra el proyecto de paz de Santos, donde se proponen algunas reformas superficiales manteniendo la dinámica capitalista, al igual que la restauración e intensificación del Estado Oligárquico y terrorista (orientado por el uribismo). La única alternativa real de profundas transformaciones en beneficio del pueblo debe ser, y está siendo construida de forma articulada entre las organizaciones populares y la insurgencia, con el ideal de construir una Nueva  Colombia democrática, libre y soberana.

 

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