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El sesgo en la forma de presentar a las FARC en los medios no es nuevo en absoluto, pero éste cobra mayor importancia y mayor énfasis a la hora de comenzar las investigaciones de la Comisión histórica del conflicto y sus víctimas, comisión de expertos encargada de esclarecer, las causas, orígenes, mecanismos, motivaciones, intereses y efectos de la guerra, y cuyas conclusiones, con seguridad, deberán distar mucho de la imagen simplificada y falseada que le han querido hacer tragar a la gente, empleando todos los medios a disposición del Estado y de la clase dominante en general.
 
Es un hecho conocido y aceptado que los grandes medios de comunicaciones tergiversan la verdad y orientan la mal llamada opinión pública hacia los intereses de la clase en el poder. Aunque de esto muchos seamos conscientes, no es siempre fácil sustraerse de la manipulación emocional que pretende condicionar nuestras reacciones de forma inconsciente, para lograr el rechazo o la aceptación de situaciones o grupos sociales.
 
Noam Chomsky lo explica con estas palabras: “La manipulación y la utilización sectaria de la información deforman la opinión pública y anulan la capacidad del ciudadano para decidir libre y responsablemente. Si la información y la propaganda resultan armas de gran eficacia en manos de regímenes totalitarios, no dejan de serlo en los sistemas democráticos; y quien domina la información, domina en cierta forma la cultura, la ideología y, por tanto, controla también en gran medida a la sociedad”.
 
Cómo explicar de otro modo, que Uribe Vélez, tomando solo uno de los peores ejemplos, vuelva a ocupar un cargo público, en lugar de podrirse en una mazmorra, en pago de todos los crímenes atroces que ordenó y cometió. La falsa democracia colombiana en gran medida, aparte de la corrupción, el clientelismo, la venalidad, etc., se mantiene a punta de miedo y de un muy perfeccionado sistema de control que incluye la manipulación mental de toda la población. Las novelas, noticias, canciones, y demás, son artífices de un instrumento maquiavélico que permite mover y conmover a la mal llamada “opinión publica”, según el canto de sirena estatal. Este instrumento solo tiene tres cuerdas: el amor, el odio y el miedo, que se interpretan en gamas de sentimientos como alegría o tristeza, temor o seguridad, empatía o repudio, impotencia o rebeldía. La técnica es simple y bien conocida por los publicistas que saben perfectamente que, generalmente, las emociones venden más que los argumentos.

La matriz actual de opinión quiere consolidar en el imaginario colectivo a una guerrilla engañosa que pone en peligro a “la sociedad”, es decir a todos y cada uno de los colombianos y colombianas; una banda “Terrorista”, o sea que pone en práctica de forma sistemática los peores horrores con el único fin de atemorizar a la población; una estructura “criminal de guerra”, perpetradora de “crímenes contra la humanidad”. Estas últimas categorías son las que más se vienen perfilando en los noticieros y en la propaganda, con el objetivo de provocar una correspondencia manipulada entre ese supuesto comportamiento criminal de la guerrilla, con las prohibiciones precisas del derecho internacional humanitario, aplicables en el conflicto. Con sesgo y estigmatización contrainsurgente, se retoman estas mismas categorías en la llamada “justicia transicional” que el gobierno pretende imponer y aplicar unilateralmente.
 
De eso se trata: repetir noticias, supuestamente objetivas, pero presentadas para provocar las mismas emociones negativas, siempre asociadas al mismo “actor”, las FARC, para obtener que “el público” reaccione con rabia y odio, solo al escuchar las siglas antes dichas, y de paso acumular acusaciones para un juicio virtual mediático. Entonces, no estamos ya en la esfera de la razón, sino de emociones no siempre conscientes que son particularmente difíciles de revertir, aun con la verdad, ya que responden a una estimulación mental condicionada. El proceso es similar al experimento de los perros de Pavlov.

Las mentiras o el sesgo pueden ser descubiertos y refutados, pero si ya la gente está sensibilizada, ningún razonamiento objetivo será capaz de disociar del hecho, el sentimiento negativo, y el daño quedará hecho. En otras palabras, no importa si es verdad, lo importante es que la gente lo sienta.

Por medio de hábiles mentiras,
repetidas hasta la saciedad, 
es posible hacer creer a la gente
que el cielo es el infierno y el infierno el cielo… 
Cuanto más grande sea la mentira,
más la creen (…) 
Me valgo de la emoción para la mayoría
y reservo la razón para la minoría”. 

Adolf Hitler

Veamos en concreto como opera la manipulación: el anuncio de la muerte de un niño despierta en la gran mayoría de nosotros, sentimientos de tristeza e injusticia. Si además sabemos algo más de su historia, su nombre, sus juegos, nos identificamos más fácilmente con el dolor de los familiares; pues, después de todo podría pasarnos también a nosotros... Ahora, si nos dicen que el niño fue asesinado, la empatía se transforma en rabia o en odio; y si a las pocas horas, el mismo “asesino” es acusado de destruir el material de una gran empresa, por asociación, recordamos al niño. Ahora, si el daño contamina el medio ambiente, aun cuando no siempre nos preocupe demasiado el tema, resurge el rechazo; pero si se agrega que dicha contaminación está afectando a las mujeres lactantes y a los niños de la región, en particular, pasa el asesino a ser un monstruo repudiable, como en efecto debe serlo si de verdad es un asesino.

Pero resulta que en la guerra muchas veces se presentan dolorosos efectos no deseados que se salen del control de los contendientes, pero que no llevan intencionalidad ni dolo. Allí esta la perversión de las estrategias mediaticas del régimen, cuando somete cualquier hecho doloroso a la mas fría manipulación para presentarlo como propósito en si de la insurgencia, cuando nunca lo es.

Los agentes y voceros del Estado se rasgan las vestiduras, aparentando dolor por quienes perecen en estas circunstancias, pero nada dicen, por ejemplo, por los miles de niños que anualmente mueren de hambre como consecuencia de las políticas económicas criminales que se desarrollan para llenar el bolsillo de los poderosos.
 
La práctica cotidiana de demonización de la guerrilla va de la mano de otra práctica, en la que las noticias que involucran en alguna medida la responsabilidad del Estado, son tratadas en forma impersonal: se habla, por ejemplo, de “falsos positivos”, eufemismo que esconde asesinatos atroces bien premeditados y el drama de miles de familias que quedan victimizadas; se habla de niños “desnutridos”, mediante simples cifras sin rostros ni nombres, como si fuera una fatalidad natural; se habla de “bajas” enemigas, o “neutralizados”, deshumanizando y cosificando al insurgente, y así..., un largo etc.

Este bombardeo informativo permanente, día tras día, meses tras meses, lleva el propósito evidente de acondicionar tanto la mente y conciencia colectiva, que ya nadie se pregunte si es verdad, si lo hizo, si realmente así pasó...

Y si además, opuesto a los muy, pero muy malos guerrilleros, vemos a los soldados, presentados como héroes que pasan la noche cuidando el cuerpo de una niña o salvando la vida de “inocentes políticos secuestrados”, con la mano en el corazón y una lágrima en el ojo... nos vemos ya envuelto en una espiral de amor, odio y miedo que no nos deja razonar sobre el bien fundado de la represión o de las políticas económicas, presentadas con falaces progresos inexorables. Ademas nos conlleva a rechazar toda propuesta de cambio formulada por cualquiera que esté, de cerca o lejos, asociado con los “terroristas”.

Retornamos ahora el instrumento emocional estudiado por Nicolás Maquiavelo (El Príncipe, 1513), podemos ver, de forma esquemática, como el amor, en tanto a sentimiento positivo de seguridad y bienestar, se obtiene cuando el Estado logra hacerse percibir como “figura paternal”, protector y cuidador. Para esto, las medidas asistencialistas y las obras visibles que representan un progreso social, aun cuando solo existen en la propaganda, cumplen con dar la sensación de bienestar o esperanza de éste. Pero si no se logra el suficiente conformismo, entonces se vuelve necesaria aumentar la protección, y para esto se necesita un peligro del qué protegerse. Es cuando el miedo se vuelve instrumento de control, creando un supuesta amenaza comunista, por ejemplo, o terrorista, en su versión moderna... Este cohesiona la población detrás del padre protector, mediante el odio al enemigo. Así de simple es la receta de Maquiavelo, aunque no infalible, aplicada con la pretensión de instaurar un statu quo de dominación inamovible.

Sin embargo, Nosotros, las guerrilleras y guerrilleros de las FARC-EP, seguimos creyendo en la fuerza de la verdad y de la razón. Somos conscientes, por supuesto, que la verdad es compleja y tenemos la disposición de asumir responsabilidades con nuestro pueblo, pero también sabemos que el día en que los colombianos, todos y todas, podamos ver la verdad en su conjunto, no parcializada, ni filtrada; es decir, derrotando distorsiones, en la continuidad de su historia, sabrán entonces con seguridad que los monstruos no somos nosotros y que si en la dinámica de la guerra los errores nos han amargado el camino a veces, por encima de todo está nuestro amor al pueblo, un amor lleno de ideales y sueños en los que jamás cabrían las intenciones malévolas que nos atribuye la contraparte con sus altoparlantes mediáticos.

Entonces, es necesario seguir luchando en el plano también de las ideas, persistir en los argumentos de la razón así sintamos que nos enfrentamos a una pared de emociones adversas infranqueables. Si Colombia quiere empezar, realmente, a abrirle los ojos a la verdad debe exigir que no se le pongan más trabas a la Comisión histórica del conflicto y sus víctimas, y que podamos avanzar con el primer paso hacia la verdad, la paz y la reconciliación.

 

 

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