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“Una lagrima dejaste en el rancho viejo
Rodando en el rostro de una buena mujer
Que te vio partir sin esperar tu regreso
Porque el guerrillero no promete volver”
(De una canción de Cristian Pérez)

Esa buena mujer que vio partir a su hijo a las montañas, tras las huellas de  Manuel Marulanda y de Jacobo Arenas, era mi madre;  pero pudo ser la madre de cualquier joven en un país como el nuestro, donde los niveles de pobreza que origina la desigual repartición de las riquezas de la nación, así como la falta de garantías para el ejercicio de la política, han sido causas del alzamiento armado.

Mi madre era hija de una maestra de escuela y de ella heredó el talento de educar. Desde niño me inculcó la necesidad e importancia del estudio y el respeto a los demás; la coherencia entre el pensar y el hacer y el amor a la patria. Por eso, aunque le produjo tristeza y nostalgia mi decisión de hacerme guerrillero, siempre la respetó, porque la sabía inspirada en los más puros sentimientos de justicia y amor al pueblo.

No pude acudir a su lecho de enferma, ni verla morir, que es tal vez el más sagrado deseo de un hijo; tampoco pude hacerle siquiera una llamada, hacerlo era poner en riesgo la familia, ya que en un conflicto tan degradado como el colombiano, se hizo práctica el delito de sangre. Son los sacrificios que un revolucionario debe estar en condiciones de hacer. Ella murió pensando en cada paso que su hijo insurgente daba en la montaña.

A ella, que me trajo al mundo y moldeó con cariño mis sentimientos; a todas las madres de Colombia y del mundo; a ellas que son capaces de sacrificarlo todo, hasta la vida, por el  fruto de sus vientres, rindo homenaje en este día tan especial.

¡Feliz día madres! espero que les llegue este mensaje.

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