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Con mucha alegría he leído el contenido de su carta, con motivo de los acontecimientos y reacciones suscitadas a raíz del foro convocado por la Universidad del Atlántico el pasado 18 de abril, donde fue invitado como expositor nuestro camarada Seuxis Hernandez (Jesus Santrich), como hijo de esta Alma Mater.

 Llama la atención, aunque no nos sorprende, que algunos sectores políticos del país, sigan viendo la historia a través del retrovisor y la nostalgia de una guerra que tantos dolores y heridas ha causado a Colombia. Fue esa misma intolerancia y espíritu excluyente el que motivó el alzamiento armado y la confrontación militar que se prolongó por más de medio siglo y que hoy nos esforzamos a dar fin, luego de unas accidentadas conversaciones entre el gobierno y las FARC, que afortunadamente concluyeron en un acuerdo de paz que ofrece, a ésta y a las futuras generaciones, la posibilidad de construir una patria donde quepamos todos, independientemente de nuestra manera de pensar.

 Sin dudas el Acuerdo de Paz no es aun “la paz estable y duradera” que anhelamos la mayoría de los colombianos, pero indiscutiblemente es el mejor instrumento para avanzar con paso firme hacia la reconciliación de la familia colombiana. El acuerdo de La habana tiene en su letra y espíritu, grandes aportes que bien aprovechados, darán inicio a las trasformaciones sociales, políticas y económicas, que nos permitan soñar con un país más equitativo e incluyente; un país donde las diferencias políticas e ideológicas no se diriman a tiros, ni con la eliminación física del opositor; un país donde los derechos del capital no primen sobre el bienestar de las comunidades; donde las ganancias de las multinacionales no estén por encima de la vida, el medio ambiente y los derechos humanos.

 En buena hora, la Universidad abre las puertas al debate político tomando como punto de partida un tratado de paz que ha tenido en cuenta la historia colombiana y universal, la cultura, el derecho interno y lo más avanzado del derecho internacional, para sentar las bases de la construcción consensuada de un nuevo tipo de democracia. Con estos gestos e iniciativas, la universidad, como centro del pensamiento y la cultura, demuestra su compromiso con la nueva historia que empezamos a construir.

 Con optimismo y orgullo he podido presenciar desde la distancia, que ese templo del saber, La Universidad del Atlántico, siguiendo hoy “la tradición de compromiso con la sociedad que ha tenido la educación superior en nuestro país, se la jugó con la construcción de la paz y la reconciliación de los colombianos, con el lanzamiento del programa Uniatlántico compromiso con la paz”.

 En esta universidad me hice demócrata y revolucionario; De allí partí hacia las montañas a integrar las filas del ejército de Manuel Marulanda tras el sueño de la justicia social, cuando vi agotadas las condiciones y garantías para el ejercicio de la política. Confieso que nunca abandoné la esperanza de retornar y honrar la memoria de los que como Alfredo Castro, Luis Meza, Reynaldo Serna, Lisandro Vargas, Dreiver Melo, Raúl Beter, entre otros, fueron abatidos a tiros por las mismas manos que hoy claman la continuación de esta guerra que ha dejado un saldo lamentable de vidas cegadas y esperanzas truncadas.

 El destino de Colombia está en las manos de esta generación de estudiantes, docentes, trabajadores, campesinos, indígenas, afrodescendientes, artistas, hombres y mujeres que aman la paz. No dejaremos que nos arrebaten la esperanza. Somos más los que queremos la paz.

 Desde mi condición de integrante de las FARC en proceso de reincorporación a la vida civil, e hijo de esta alma mater, convoco a todos los estamentos universitarios y en especial a sus autoridades académicas y administrativas, a continuar el debate libre y franco alrededor de los problemas más apremiantes del país, con miras a sanar las heridas que ha dejado la guerra, convencido que la universidad tienen un papel protagónico que jugar en “la construcción de la paz estable y duradera” que se selló en los acuerdos de la Habana, entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP.

 

 

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