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En unas jornadas decisivas, previas a la esperada firma de la paz entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más antigua de América mantiene su presencia armada en aquellos lugares donde el abandono del Estado se hace más notable.


Allá donde comienzan los Andes, en la Sierra del Perijá, camina la guerrilla de las FARC. Lo hacen de día, de noche, cruzando ríos, cimas y quebradas, siempre atentos a los aviones, que son, en combinación con los dispositivos de localización terrestre, aquello que más duramente les ha golpeado en sus cincuenta y dos años de guerra irregular. «La cosa funciona así: La inteligencia militar sabe que estamos acampados por aquí arriba. Abajo, en el caserío donde hacemos el mercado, un agente mete un gps en uno de los bulticos de arroz que compramos y, cuando pasan unos días y ya saben que el costal ha llegado al campamento, lo localizan vía satélite y nos bombardean. Casi siempre en la noche, cuando estamos durmiendo». Edilberto es joven, pero sabe de lo que habla. Tiene 22 años y lleva diez en la guerrilla. Fue un niño soldado «por culpa del Estado, que junto a los paracos mataron a toda mi familia. Huérfano y pobre en el monte, me acogieron los camaradas». Ahora es arriero, como lo fue su padre, y se encarga de las mulas, que es sin duda el animal más querido y usado en la historia de las revoluciones latinoamericanas. «Es muy raro que se caigan o tropiecen. Cargan lo que ninguna otra bestia puede, y no exigen mucho cuidado». Aunque, se afana en aclarar, esto no significa privarlas de un trato adecuado: «Pues en la guerrilla maltratarlas está penado». De toda la recua que carga con la comida y munición de este Bloque Caribe (también llamado Martín Caballero) Candela es de las más dóciles. Metió y sacó de la sierra al comandante Iván Márquez cuando comenzó la fase exploratoria entre la organización marxista-leninista y el Gobierno neoliberal de Juan Manuel Santos. «También ha cargado con los camaradas enfermos y aquellos heridos en combate que toca sacarlos», afirma muy serio Edilberto mientras ensilla a Candela.

A las zonas de Colombia donde se vive el conflicto no se llega, sino se entra; y de ellas uno no se marcha, sino que sale. El matiz es importante, pues todo el conflicto gira sobre el control territorial. «Aquí la guerra es por el territorio y su tenencia. ¿Comprende? Donde pones los pies, y quién controla ese piso te quita o da la vida», explica Edilberto, mientras oculta su Colt de 9mm en la cintura. Paramilitares en nómina de empresas transnacionales, narcos y terratenientes; el Ejército al servicio de la oligarquía bipartidista; las propias FARC nacidas del campesinado, y otros insurrectos de izquierda, como el ELN, todos se disputan la tierra. «La diferencia es que nosotros luchamos para repartirla entre todos los colombianos, y ellos para mantenerla en manos de una pequeña minoría. Esa es la realidad que nos hará grandes de cara a la Historia», señala a lomos de una mula un hombre de edad avanzada que hace de enlace «entre la guerrilla del puro monte y la milicia fariana», la cual, como él mismo indica, «se mueve en la clandestinidad urbana».

El campamento se encuentra a la vera de un río, como casi todos los campamentos guerrilleros. Este sirve de lavandería, de vía de comunicación, de bañera, bebedero y refrigerador. En sus orillas, bien diseminados, la guerrilla oculta sus cambuches, que son rudimentarios camastros de ramas secas cubiertos por un toldillo de plástico negro. La vida aquí se inicia a las 4.50 de la mañana. La tropa se despierta sola, pero, por si acaso, aquel que termina la última guardia pasa por los cambuches lanzando un silbido doble a modo de diana. En la bruma matutina, aún sin luz natural, los cuerpos de la insurgencia se inclinan sobre los recodos del río iluminados por el haz de sus linternas. Uno se lava los dientes, otra la cara, un poco mas arriba del monte alguien orina. «Aquí la intimidad no es habitual», afirma Wendy, una guerrillera que reconoce haber necesitado tiempo para adaptarse a la dureza de la vida en la insurgencia. «En las primeras semanas crees que nunca podrás con las marchas interminables y el peso del equipo, o con los zancudos y la presión del enemigo, pero llegado un momento, lo superas. Ya eres una camarada más», admite satisfecha.

Tras una formación y revista, cada cual va atendiendo sus tareas. Tomar posiciones en las trochas que dan acceso al campamento, cortar leña para cocinar, traer gasoil para el generador, secar el rocío de la caleta donde guardan la munición, y por supuesto, preparar el desayuno, compuesto de arepas de maíz, café solo –al que en Colombia llaman tinto– y un rancho de yuca, banano o patacón. «De ser posible, cada comida y cada dormida ha de ser plena. Ya lo dijo el Ché: En la vida guerrillera nunca sabes cuándo será la próxima vez que puedas repetirlas». Habla Alirio Córdoba, «el comandante responsable de masas del Bloque Caribe», quien lleva en la guerrilla desde su etapa universitaria, «que fue cuando la guerrilla firmó la paz y dejó las armas para formar la Unión Patriótica, un partido legal y democrático, literalmente exterminado por el Estado, dejando un saldo de más de 5.000 muertos, entre alcaldes, candidatos presidenciales, congresistas y concejales».

Muy deshabitada, pero bien comunicada por estar rodeada de pequeñas carreteras terciarias y ser frontera con Venezuela, esta sierra se plantea hoy en La Habana como uno de los escenarios idóneos para la concentración de la guerrilla como paso previo a abandonar la organización en su forma armada. Pero mandos relevantes como Alirio Córdoba sienten ese paso aún lejano: «En este momento, si el Ejército se acercase aquí habría problemas, pero más adelante, con todo acordado en Cuba, veríamos la forma de relacionarnos con la fuerza pública que anda en la zona». Tanto para los miembros de la comisión negociadora, como para el último guerrillero raso, la cuestión del desarme va necesariamente unida a la desactivación del paramilitarismo, asunto que más les preocupa de cara al llamado «postconflicto». Basta preguntarles sobre cuáles serán las garantías de «desmonte paramilitar» que proporcionará el Gobierno, para percibir la inquietud en su mirada. «No las conocemos, aunque sí que es una de la mayores preocupaciones que tiene la guerrillerada de cara a la vida civil, pues a la lucha legal no le tenemos miedo. Haremos lo de siempre, pero sin armas. A lo que sí tenemos miedo es que nos masacren las voces como ya pasó antes», se pregunta frente al fuego de la cocina el comandante Fabio Borges, miembro del Estado Mayor y «guerrillero del corazón», como le gusta presentarse.

Campamentos, minas y transnacionales. Pero no solo la insurgencia tiene miedo al desarme y la consecuente vulnerabilidad en la que harán vida civil junto a sus enemigos, sino que, del mismo modo, las comunidades de los territorios en los que la guerrilla se ha estado moviendo seguirán estigmatizadas y totalmente expuestas al creciente paramilitarismo. Para Fabio Borges, «esa amenaza es muy grande e implica a amplios sectores de la sociedad que no tienen nada que ver con las guerrillas. De seguir activas, las fuerzas oscuras que asesinan a sindicalistas, lideresas campesinas o defensores de los derechos humanos no tendrán a nadie que los enfrente». Sin embargo, y aún preocupados por lo que pueda suceder respecto a este punto, la posible concentración en la Serranía del Perijá les sería positiva, pues otras opciones implicarían un desplazamiento que probablemente las dejaría lejos de los megaproyectos, que «son un factor de inestabilidad íntimamente ligado al fenómeno paramilitar que nosotros vigilamos. Esto el Gobierno lo sabe, y en la mesa aún no han respondido a nuestra pregunta de cómo va a ser la futura relación de Colombia con las empresas transnacionales que vienen a explotar los recursos del país», denuncia Alirio Córdoba.

A pocos kilómetros del campamento se encuentra la mina a cielo abierto más grande del mundo: El Cerrejón. Unas 70.000 hectáreas propiedad de negocios transnacionales con nombres como Broken Hill, Glencore o Anglo American. La única vía férrea operativa de todo Colombia está dedicada exclusivamente a sacar el carbón de El Cerrejón hasta un puerto, que ironías del destino, se llama Bolívar, nombre del libertador que quiso emancipar del colonialismo a Sudamérica. Según explica Alirio Córdoba, «para hacerse con el territorio y sus recursos naturales, las transnacionales han empleado dos fórmulas. En un primer momento, con Uribe, el Ejército y sobre todo los paramilitares, hacían masacres para que el campesinado abandonase la tierra. Eso llegó a ser tan obvio, que generó varias denuncias internacionales, así que hoy con Santos operan por otros medios. Por ejemplo, utilizando testaferros y falsos reclamantes que expropian la tierra con artimañas legales». Producto de estas diferentes políticas de «tierra quemada» (que desde los años sesenta se han cobrado más de 200.000 víctimas) los suburbios urbanos de Colombia se han ido convirtiendo en océanos de chabolas donde los campesinos afros e indígenas desplazados malviven ajenos a una nueva Ley de Restitución de Tierras que apenas reconoce un tercio de todas las que se robaron. «La gente no sabe que, por la ambición de unos pocos, en Colombia tenemos seis millones de desplazados internos, y sin ir más lejos, aquí cerca hay muchos ejemplos», lamenta el comandante Fabio.

Las historias del campesinado que ha colonizado el Perijá tras ser desplazados por el paramilitarismo son pavorosas e incluyen mutilaciones con motosierras, asesinatos de familias enteras y, sobre todo, la técnica nazi de «noche y niebla» (desapariciones forzadas que ya se han cobrado 57.000 víctimas) aprendida de los instructores estadounidenses que arribaron al país por primera vez en los años sesenta. «¿Quién tiene nuestra tierra ahora? ¿Quién la trabaja?», se pregunta desde el anonimato uno de los campesinos que vive indocumentado en la sierra y teme el retorno a su vereda en el departamento del César. «No, hermano, regresar aún no. El que financiaba a los paramilitares hoy es alcalde, o empresario, o está huido, o pagó cárcel y vuelve a estar libre manejando billete». Con el destierro masivo producido en Colombia no solo se ha visto destruido el tejido social que vertebraba el mundo rural, sino que, además, la agricultura sostenible y respetuosa con la biodiversidad ha sido sustituida por monocultivos del llamado «negocio verde», o por la minería que contamina y arrolla a las diferentes culturas ancestrales, que aquí son muchas y están ampliamente representadas en la guerrilla, como es el caso de los kankuamos, los yukpa, o los wayuu; estos últimos muy afectados por minas como la de El Cerrejón. «Tanto es así, que este año unos señores extranjeros han forzado al presidente Santos a reconocer que los peladitos wayuu se están muriendo de hambre y desatención médica muy cerca de donde estamos ahora. ¿Luchar contra esto es ser terrorista?», se pregunta un joven guerrillero kankuamo armado con un fusil de asalto y luciendo las prendas típicas de su etnia.

Tras una larga marcha, en la que es fácil cruzarse con guerrilleros del ELN que van y vienen de sus campamentos –«la convivencia con ellos es buena. Mejor que nunca», comenta con reservas el comandante Fabio– llega la hora del baño, momento en el que hombres y mujeres hacen juntos la colada y se asean en el río con la ropa interior puesta. Conversan, bromean, juegan; la interacción es sana y amistosa. En la guerrilla el buen humor está muy presente, aunque paradójicamente, si algo caracteriza a las FARC es su sentido de la disciplina militar, rasgo por el que algunos sectores de la población civil los han acusado de autoritarios, cuando no de sanguinarios. «En las FARC hemos sido suficientemente autocríticos», afirma con rostro serio Alirio Córdoba. «Donde hemos tenido que reconocer responsabilidades, lo hemos hecho. Y si bien vendrán nuevas necesidades en este sentido, lo volveremos hacer de frente. El acuerdo de justicia implica verdad, y a la verdad no le tenemos miedo. Lo vemos como parte del camino; eso sí, esperamos lo mismo del Estado». Masacres como la de la Chinita o desastres como el de Bojayá no han sido la norma, pero sí acciones funestas que la guerrilla trata de redimir mediante la verdad, la justicia transicional (para la que Santos ha creado un mecanismo constitucional blindado) y alguna forma de reparación aún por llevar a la realidad. Así sumados, son pasos decisivos en la construcción de la paz, especialmente si se tiene en cuenta que, en esta guerra, la inmensa mayoría de los crímenes no han sido cometidos por las guerrillas de izquierda, sino por las diferentes expresiones del Estado, incluyendo su brazo paramilitar. «¡Es que la paz es una abstracción muy personal!», reflexiona en tono grave Fabio Borges. «Por eso es fundamental partir de que todos somos iguales, y de que puedes tener tu idea de paz, pero respetando la mía. Así, se deben facilitar concesiones populares que han sido históricamente negadas. La paz pasa por que los que concentran el poder cedan parte de sus privilegios, y que estos sean redistribuidos equitativamente».

Calma relativa. Con la oscuridad de la tarde y el cansancio a cuestas, la jornada se cierra a las 18.15 asistiendo a una actividad cultural. La «pedagogía de paz» ha sido el tema más recurrente del último año, sin embargo esta noche, la propuesta es ver un documental sobre los crímenes de Estado. Con todo listo para presentar la película, se escucha en la lejanía el zumbido de un reactor, e instintivamente, un muchacho exclama, «¡avión!» y apaga la luz, mientras otro corre a hacer lo mismo con el generador. Los bombardeos aéreos comienzan a ser parte de la historia militar colombiana, pero la guerra no ha concluido y en el monte nadie se fía plenamente de este proceso inconcluso en el que aún ni siquiera se ha firmado un cese bilateral del fuego. Según reconoce Fabio Borges, «de forma excepcional, en algunas regiones se han producido algunos pequeños intercambios de disparos. Casi siempre por encontronazos inesperados. Por lo general, nos mantenemos en nuestras posiciones y el Ejército, en las suyas. Tratamos de que todo esté en calma y no entorpecer el trabajo de los camaradas en La Habana». En este esfuerzo por mantener viva la llama del entendimiento, más allá de la legislatura de Santos, el aporte de algunas instituciones será decisivo para poder llevar a la práctica los acuerdos que se alcancen. En este sentido, Fabio Borges asegura que «los medios de comunicación han jugado un papel funesto. La Iglesia no se ha enfrentado a lo que debía, ha mirado hacia otro lado cuando se la ha necesitado. Los militares no han sido patriotas, sino que han defendido la venta de la patria, y los ricos de Colombia han hecho cálculos. Si ven que esta paz les renta, van adelante, y si ven que no les sale, la pararán. ‘¿Cuánto cuesta la paz?’, le han preguntado a Santos. Y así andan entre ellos calculando, porque esta gente, créeme, ve todo como un negocio».

En el debate generado tras la proyección del documental, la presencia femenina se hace notar. Alrededor de un tercio de las personas que combaten en las FARC son mujeres, pero eso no significa que estén proporcionalmente representadas en lo alto de la cadena de mandos. La veterana Marinelly Hernández no forma parte del Estado Mayor, aunque sí es un referente moral a ojos de sus compañeros. Capturada por el Ejército y encarcelada en el año 2008, fue llevada ante un tribunal que quiso meterla en prisión de por vida. «Si ustedes me combaten y juzgan en términos de guerra, es porque efectivamente estamos en guerra», manifestó al tribunal. «Y por eso, no reconozco su poder. Si alguien ha de condenarme por mis actos, lo hará la única autoridad que reconozco. Soy una combatiente revolucionaria». Condenada a 75 años, logró zafarse de la cárcel, donde según datos del Gobierno, unos 3.300 miembros de la guerrilla esperan o cumplen condena por rebeldía, incluyendo a Tulio Murillo Ávila, compañero sentimental de Marinelly y padre del hijo que esconde la guerrillera. «Después de todo lo que he pasado, quiero tener a mi familia protegida. Precisamente por ser guerrillera, los paramilitares machetearon a mi padre y luego el Ejército hizo desaparecer a mi hermano». Tulio Murillo, su compañero, ha sido portavoz del colectivo de presos de las FARC. Por ello ha sufrido la represión carcelaria con especial crudeza: «Un mundo de torturas físicas y psicológicas que solo conocen las familias y quienes están dentro», según denuncia Marinelly (y corrobora la actualidad con la reciente aparición de cien cuerpos triturados en las tuberías del penal La Modelo). Pero no todo son sombras para aquellos hombres y mujeres privados de libertad, y hoy, las dos partes involucradas en los diálogos de La Habana han facilitado la incorporación de algunos prisioneros de guerra al proceso de paz. Un ejemplo de ello es el propio Tulio Murillo, quien fue incluido en el grupo de víctimas como representante de los guerrilleros que pagan cárcel. «Son el contrapunto a las historias de los secuestrados», dijo recientemente un tertuliano en la radio.

Llegando casi a las ocho, Alirio Córdoba apura un tinto suave antes de recogerse en el cambuche donde, «se intenta leer un rato si es que uno no cae rendido». El comandante Fabio se cepilla los dientes con una camiseta que lleva impresa la bandera de Estados Unidos. «Ni me había fijado en ese detalle», confiesa entre sonrisas como si no guardara rencor al Estado que, de muchas maneras, los ha combatido. Utilizando su linterna, Marinelly, la rebelde de ojos tristísimos, ya ha recorrido una vez más su «tesoro», que son las cartas y fotografías de sus familiares envueltas en un sobre de plástico. Y al fondo del todo, el joven Edilberto y su compañera –«con la que uno puede convivir formalmente, pero no debe tener hijos»–, duermen juntos entre un montón de utensilios. «¡Guerrilla, ar!», exclama el oficial de guardia frente a una escuadra de combatientes en la que es fácil distinguir a Wendy con su Galil al hombro. Somnolientos, realizan un breve repaso de lo acontecido, se asignan los turnos de cada relevo y, finalmente, rompen filas para desaparecer selva adentro. Así, la guerrilla más antigua de América se acuesta sabiendo que pronto amanecerá con el acuerdo que ponga punto final a sus 52 años de lucha revolucionaria por el camino de las armas.

26 junio 2016.-

En unas jornadas decisivas, previas a la esperada firma de la paz entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más antigua de América mantiene su presencia armada en aquellos lugares donde el abandono del Estado se hace más notable.
 Allá donde comienzan los Andes, en la Sierra del Perijá, camina la guerrilla de las FARC. Lo hacen de día, de noche, cruzando ríos, cimas y quebradas, siempre atentos a los aviones, que son, en combinación con los dispositivos de localización terrestre, aquello que más duramente les ha golpeado en sus cincuenta y dos años de guerra irregular. «La cosa funciona así: La inteligencia militar sabe que estamos acampados por aquí arriba. Abajo, en el caserío donde hacemos el mercado, un agente mete un gps en uno de los bulticos de arroz que compramos y, cuando pasan unos días y ya saben que el costal ha llegado al campamento, lo localizan vía satélite y nos bombardean. Casi siempre en la noche, cuando estamos durmiendo». Edilberto es joven, pero sabe de lo que habla. Tiene 22 años y lleva diez en la guerrilla. Fue un niño soldado «por culpa del Estado, que junto a los paracos mataron a toda mi familia. Huérfano y pobre en el monte, me acogieron los camaradas». Ahora es arriero, como lo fue su padre, y se encarga de las mulas, que es sin duda el animal más querido y usado en la historia de las revoluciones latinoamericanas. «Es muy raro que se caigan o tropiecen. Cargan lo que ninguna otra bestia puede, y no exigen mucho cuidado». Aunque, se afana en aclarar, esto no significa privarlas de un trato adecuado: «Pues en la guerrilla maltratarlas está penado». De toda la recua que carga con la comida y munición de este Bloque Caribe (también llamado Martín Caballero) Candela es de las más dóciles. Metió y sacó de la sierra al comandante Iván Márquez cuando comenzó la fase exploratoria entre la organización marxista-leninista y el Gobierno neoliberal de Juan Manuel Santos. «También ha cargado con los camaradas enfermos y aquellos heridos en combate que toca sacarlos», afirma muy serio Edilberto mientras ensilla a Candela.

A las zonas de Colombia donde se vive el conflicto no se llega, sino se entra; y de ellas uno no se marcha, sino que sale. El matiz es importante, pues todo el conflicto gira sobre el control territorial. «Aquí la guerra es por el territorio y su tenencia. ¿Comprende? Donde pones los pies, y quién controla ese piso te quita o da la vida», explica Edilberto, mientras oculta su Colt de 9mm en la cintura. Paramilitares en nómina de empresas transnacionales, narcos y terratenientes; el Ejército al servicio de la oligarquía bipartidista; las propias FARC nacidas del campesinado, y otros insurrectos de izquierda, como el ELN, todos se disputan la tierra. «La diferencia es que nosotros luchamos para repartirla entre todos los colombianos, y ellos para mantenerla en manos de una pequeña minoría. Esa es la realidad que nos hará grandes de cara a la Historia», señala a lomos de una mula un hombre de edad avanzada que hace de enlace «entre la guerrilla del puro monte y la milicia fariana», la cual, como él mismo indica, «se mueve en la clandestinidad urbana».

El campamento se encuentra a la vera de un río, como casi todos los campamentos guerrilleros. Este sirve de lavandería, de vía de comunicación, de bañera, bebedero y refrigerador. En sus orillas, bien diseminados, la guerrilla oculta sus cambuches, que son rudimentarios camastros de ramas secas cubiertos por un toldillo de plástico negro. La vida aquí se inicia a las 4.50 de la mañana. La tropa se despierta sola, pero, por si acaso, aquel que termina la última guardia pasa por los cambuches lanzando un silbido doble a modo de diana. En la bruma matutina, aún sin luz natural, los cuerpos de la insurgencia se inclinan sobre los recodos del río iluminados por el haz de sus linternas. Uno se lava los dientes, otra la cara, un poco mas arriba del monte alguien orina. «Aquí la intimidad no es habitual», afirma Wendy, una guerrillera que reconoce haber necesitado tiempo para adaptarse a la dureza de la vida en la insurgencia. «En las primeras semanas crees que nunca podrás con las marchas interminables y el peso del equipo, o con los zancudos y la presión del enemigo, pero llegado un momento, lo superas. Ya eres una camarada más», admite satisfecha.

Tras una formación y revista, cada cual va atendiendo sus tareas. Tomar posiciones en las trochas que dan acceso al campamento, cortar leña para cocinar, traer gasoil para el generador, secar el rocío de la caleta donde guardan la munición, y por supuesto, preparar el desayuno, compuesto de arepas de maíz, café solo –al que en Colombia llaman tinto– y un rancho de yuca, banano o patacón. «De ser posible, cada comida y cada dormida ha de ser plena. Ya lo dijo el Ché: En la vida guerrillera nunca sabes cuándo será la próxima vez que puedas repetirlas». Habla Alirio Córdoba, «el comandante responsable de masas del Bloque Caribe», quien lleva en la guerrilla desde su etapa universitaria, «que fue cuando la guerrilla firmó la paz y dejó las armas para formar la Unión Patriótica, un partido legal y democrático, literalmente exterminado por el Estado, dejando un saldo de más de 5.000 muertos, entre alcaldes, candidatos presidenciales, congresistas y concejales».

Muy deshabitada, pero bien comunicada por estar rodeada de pequeñas carreteras terciarias y ser frontera con Venezuela, esta sierra se plantea hoy en La Habana como uno de los escenarios idóneos para la concentración de la guerrilla como paso previo a abandonar la organización en su forma armada. Pero mandos relevantes como Alirio Córdoba sienten ese paso aún lejano: «En este momento, si el Ejército se acercase aquí habría problemas, pero más adelante, con todo acordado en Cuba, veríamos la forma de relacionarnos con la fuerza pública que anda en la zona». Tanto para los miembros de la comisión negociadora, como para el último guerrillero raso, la cuestión del desarme va necesariamente unida a la desactivación del paramilitarismo, asunto que más les preocupa de cara al llamado «postconflicto». Basta preguntarles sobre cuáles serán las garantías de «desmonte paramilitar» que proporcionará el Gobierno, para percibir la inquietud en su mirada. «No las conocemos, aunque sí que es una de la mayores preocupaciones que tiene la guerrillerada de cara a la vida civil, pues a la lucha legal no le tenemos miedo. Haremos lo de siempre, pero sin armas. A lo que sí tenemos miedo es que nos masacren las voces como ya pasó antes», se pregunta frente al fuego de la cocina el comandante Fabio Borges, miembro del Estado Mayor y «guerrillero del corazón», como le gusta presentarse.

Campamentos, minas y transnacionales. Pero no solo la insurgencia tiene miedo al desarme y la consecuente vulnerabilidad en la que harán vida civil junto a sus enemigos, sino que, del mismo modo, las comunidades de los territorios en los que la guerrilla se ha estado moviendo seguirán estigmatizadas y totalmente expuestas al creciente paramilitarismo. Para Fabio Borges, «esa amenaza es muy grande e implica a amplios sectores de la sociedad que no tienen nada que ver con las guerrillas. De seguir activas, las fuerzas oscuras que asesinan a sindicalistas, lideresas campesinas o defensores de los derechos humanos no tendrán a nadie que los enfrente». Sin embargo, y aún preocupados por lo que pueda suceder respecto a este punto, la posible concentración en la Serranía del Perijá les sería positiva, pues otras opciones implicarían un desplazamiento que probablemente las dejaría lejos de los megaproyectos, que «son un factor de inestabilidad íntimamente ligado al fenómeno paramilitar que nosotros vigilamos. Esto el Gobierno lo sabe, y en la mesa aún no han respondido a nuestra pregunta de cómo va a ser la futura relación de Colombia con las empresas transnacionales que vienen a explotar los recursos del país», denuncia Alirio Córdoba.

A pocos kilómetros del campamento se encuentra la mina a cielo abierto más grande del mundo: El Cerrejón. Unas 70.000 hectáreas propiedad de negocios transnacionales con nombres como Broken Hill, Glencore o Anglo American. La única vía férrea operativa de todo Colombia está dedicada exclusivamente a sacar el carbón de El Cerrejón hasta un puerto, que ironías del destino, se llama Bolívar, nombre del libertador que quiso emancipar del colonialismo a Sudamérica. Según explica Alirio Córdoba, «para hacerse con el territorio y sus recursos naturales, las transnacionales han empleado dos fórmulas. En un primer momento, con Uribe, el Ejército y sobre todo los paramilitares, hacían masacres para que el campesinado abandonase la tierra. Eso llegó a ser tan obvio, que generó varias denuncias internacionales, así que hoy con Santos operan por otros medios. Por ejemplo, utilizando testaferros y falsos reclamantes que expropian la tierra con artimañas legales». Producto de estas diferentes políticas de «tierra quemada» (que desde los años sesenta se han cobrado más de 200.000 víctimas) los suburbios urbanos de Colombia se han ido convirtiendo en océanos de chabolas donde los campesinos afros e indígenas desplazados malviven ajenos a una nueva Ley de Restitución de Tierras que apenas reconoce un tercio de todas las que se robaron. «La gente no sabe que, por la ambición de unos pocos, en Colombia tenemos seis millones de desplazados internos, y sin ir más lejos, aquí cerca hay muchos ejemplos», lamenta el comandante Fabio.

Las historias del campesinado que ha colonizado el Perijá tras ser desplazados por el paramilitarismo son pavorosas e incluyen mutilaciones con motosierras, asesinatos de familias enteras y, sobre todo, la técnica nazi de «noche y niebla» (desapariciones forzadas que ya se han cobrado 57.000 víctimas) aprendida de los instructores estadounidenses que arribaron al país por primera vez en los años sesenta. «¿Quién tiene nuestra tierra ahora? ¿Quién la trabaja?», se pregunta desde el anonimato uno de los campesinos que vive indocumentado en la sierra y teme el retorno a su vereda en el departamento del César. «No, hermano, regresar aún no. El que financiaba a los paramilitares hoy es alcalde, o empresario, o está huido, o pagó cárcel y vuelve a estar libre manejando billete». Con el destierro masivo producido en Colombia no solo se ha visto destruido el tejido social que vertebraba el mundo rural, sino que, además, la agricultura sostenible y respetuosa con la biodiversidad ha sido sustituida por monocultivos del llamado «negocio verde», o por la minería que contamina y arrolla a las diferentes culturas ancestrales, que aquí son muchas y están ampliamente representadas en la guerrilla, como es el caso de los kankuamos, los yukpa, o los wayuu; estos últimos muy afectados por minas como la de El Cerrejón. «Tanto es así, que este año unos señores extranjeros han forzado al presidente Santos a reconocer que los peladitos wayuu se están muriendo de hambre y desatención médica muy cerca de donde estamos ahora. ¿Luchar contra esto es ser terrorista?», se pregunta un joven guerrillero kankuamo armado con un fusil de asalto y luciendo las prendas típicas de su etnia.

Tras una larga marcha, en la que es fácil cruzarse con guerrilleros del ELN que van y vienen de sus campamentos –«la convivencia con ellos es buena. Mejor que nunca», comenta con reservas el comandante Fabio– llega la hora del baño, momento en el que hombres y mujeres hacen juntos la colada y se asean en el río con la ropa interior puesta. Conversan, bromean, juegan; la interacción es sana y amistosa. En la guerrilla el buen humor está muy presente, aunque paradójicamente, si algo caracteriza a las FARC es su sentido de la disciplina militar, rasgo por el que algunos sectores de la población civil los han acusado de autoritarios, cuando no de sanguinarios. «En las FARC hemos sido suficientemente autocríticos», afirma con rostro serio Alirio Córdoba. «Donde hemos tenido que reconocer responsabilidades, lo hemos hecho. Y si bien vendrán nuevas necesidades en este sentido, lo volveremos hacer de frente. El acuerdo de justicia implica verdad, y a la verdad no le tenemos miedo. Lo vemos como parte del camino; eso sí, esperamos lo mismo del Estado». Masacres como la de la Chinita o desastres como el de Bojayá no han sido la norma, pero sí acciones funestas que la guerrilla trata de redimir mediante la verdad, la justicia transicional (para la que Santos ha creado un mecanismo constitucional blindado) y alguna forma de reparación aún por llevar a la realidad. Así sumados, son pasos decisivos en la construcción de la paz, especialmente si se tiene en cuenta que, en esta guerra, la inmensa mayoría de los crímenes no han sido cometidos por las guerrillas de izquierda, sino por las diferentes expresiones del Estado, incluyendo su brazo paramilitar. «¡Es que la paz es una abstracción muy personal!», reflexiona en tono grave Fabio Borges. «Por eso es fundamental partir de que todos somos iguales, y de que puedes tener tu idea de paz, pero respetando la mía. Así, se deben facilitar concesiones populares que han sido históricamente negadas. La paz pasa por que los que concentran el poder cedan parte de sus privilegios, y que estos sean redistribuidos equitativamente».

Calma relativa. Con la oscuridad de la tarde y el cansancio a cuestas, la jornada se cierra a las 18.15 asistiendo a una actividad cultural. La «pedagogía de paz» ha sido el tema más recurrente del último año, sin embargo esta noche, la propuesta es ver un documental sobre los crímenes de Estado. Con todo listo para presentar la película, se escucha en la lejanía el zumbido de un reactor, e instintivamente, un muchacho exclama, «¡avión!» y apaga la luz, mientras otro corre a hacer lo mismo con el generador. Los bombardeos aéreos comienzan a ser parte de la historia militar colombiana, pero la guerra no ha concluido y en el monte nadie se fía plenamente de este proceso inconcluso en el que aún ni siquiera se ha firmado un cese bilateral del fuego. Según reconoce Fabio Borges, «de forma excepcional, en algunas regiones se han producido algunos pequeños intercambios de disparos. Casi siempre por encontronazos inesperados. Por lo general, nos mantenemos en nuestras posiciones y el Ejército, en las suyas. Tratamos de que todo esté en calma y no entorpecer el trabajo de los camaradas en La Habana». En este esfuerzo por mantener viva la llama del entendimiento, más allá de la legislatura de Santos, el aporte de algunas instituciones será decisivo para poder llevar a la práctica los acuerdos que se alcancen. En este sentido, Fabio Borges asegura que «los medios de comunicación han jugado un papel funesto. La Iglesia no se ha enfrentado a lo que debía, ha mirado hacia otro lado cuando se la ha necesitado. Los militares no han sido patriotas, sino que han defendido la venta de la patria, y los ricos de Colombia han hecho cálculos. Si ven que esta paz les renta, van adelante, y si ven que no les sale, la pararán. ‘¿Cuánto cuesta la paz?’, le han preguntado a Santos. Y así andan entre ellos calculando, porque esta gente, créeme, ve todo como un negocio».

En el debate generado tras la proyección del documental, la presencia femenina se hace notar. Alrededor de un tercio de las personas que combaten en las FARC son mujeres, pero eso no significa que estén proporcionalmente representadas en lo alto de la cadena de mandos. La veterana Marinelly Hernández no forma parte del Estado Mayor, aunque sí es un referente moral a ojos de sus compañeros. Capturada por el Ejército y encarcelada en el año 2008, fue llevada ante un tribunal que quiso meterla en prisión de por vida. «Si ustedes me combaten y juzgan en términos de guerra, es porque efectivamente estamos en guerra», manifestó al tribunal. «Y por eso, no reconozco su poder. Si alguien ha de condenarme por mis actos, lo hará la única autoridad que reconozco. Soy una combatiente revolucionaria». Condenada a 75 años, logró zafarse de la cárcel, donde según datos del Gobierno, unos 3.300 miembros de la guerrilla esperan o cumplen condena por rebeldía, incluyendo a Tulio Murillo Ávila, compañero sentimental de Marinelly y padre del hijo que esconde la guerrillera. «Después de todo lo que he pasado, quiero tener a mi familia protegida. Precisamente por ser guerrillera, los paramilitares machetearon a mi padre y luego el Ejército hizo desaparecer a mi hermano». Tulio Murillo, su compañero, ha sido portavoz del colectivo de presos de las FARC. Por ello ha sufrido la represión carcelaria con especial crudeza: «Un mundo de torturas físicas y psicológicas que solo conocen las familias y quienes están dentro», según denuncia Marinelly (y corrobora la actualidad con la reciente aparición de cien cuerpos triturados en las tuberías del penal La Modelo). Pero no todo son sombras para aquellos hombres y mujeres privados de libertad, y hoy, las dos partes involucradas en los diálogos de La Habana han facilitado la incorporación de algunos prisioneros de guerra al proceso de paz. Un ejemplo de ello es el propio Tulio Murillo, quien fue incluido en el grupo de víctimas como representante de los guerrilleros que pagan cárcel. «Son el contrapunto a las historias de los secuestrados», dijo recientemente un tertuliano en la radio.

Llegando casi a las ocho, Alirio Córdoba apura un tinto suave antes de recogerse en el cambuche donde, «se intenta leer un rato si es que uno no cae rendido». El comandante Fabio se cepilla los dientes con una camiseta que lleva impresa la bandera de Estados Unidos. «Ni me había fijado en ese detalle», confiesa entre sonrisas como si no guardara rencor al Estado que, de muchas maneras, los ha combatido. Utilizando su linterna, Marinelly, la rebelde de ojos tristísimos, ya ha recorrido una vez más su «tesoro», que son las cartas y fotografías de sus familiares envueltas en un sobre de plástico. Y al fondo del todo, el joven Edilberto y su compañera –«con la que uno puede convivir formalmente, pero no debe tener hijos»–, duermen juntos entre un montón de utensilios. «¡Guerrilla, ar!», exclama el oficial de guardia frente a una escuadra de combatientes en la que es fácil distinguir a Wendy con su Galil al hombro. Somnolientos, realizan un breve repaso de lo acontecido, se asignan los turnos de cada relevo y, finalmente, rompen filas para desaparecer selva adentro. Así, la guerrilla más antigua de América se acuesta sabiendo que pronto amanecerá con el acuerdo que ponga punto final a sus 52 años de lucha revolucionaria por el camino de las armas.

26 junio 2016.-

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